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Opinión / AGOSTO 29 DE 2019

Yo soy el otro

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El hombre, en su relación de finitud con el mundo, está condenado a las formas. A los límites que le dan contorno a las figuras y se le presentan en todas las cosas, especialmente, en sí mismo. 

Cuando reconoce su silueta, su propia forma, puede mirar el mundo exterior, diferenciándose así de lo que lo rodea. Y se regocija de que su forma no sea la forma de la silla ni tampoco de la mesa, de que exista una diferencia abismal entre la finitud del mueble y su finitud.

 Pero entonces aparece una silueta extraña frente al hombre. Una cola que se mueve suntuosamente, unas orejas puntiagudas que responden ágilmente al estímulo, unos bigotes que sobresalen de la mitad de la cabeza: es un cuadrúpedo de extremidades peludas. Y otra figura enigmática también se le presenta, esta con mayor zozobra porque comparte su anatomía: es un bípedo, pero sus caderas son más pronunciadas, su pecho está lleno y su cintura es más angosta. ¿Qué hace el hombre ante esa diferencia, que no es como la silla ni como la mesa, sino que bordea los límites que había establecido?, ¿que juega seductoramente a parecérsele por un instante y, luego, a ser la ilusión de algo completamente distinto? 

Su incomprensión lo lleva a denominar las formas, como lo hace Ish antes de la creación de Ishshah en el Génesis, cuando Dios le pide nombrar a los animales, porque solo lo mortal necesita dar y recibir un nombre, y con el nombre, límites; así es como el hombre convierte a las misteriosas formas en objetos, incompatibles con su propia naturaleza, criaturas de un orden que desconoce y que denomina lo 'otro', pero esa etiqueta es, a su vez, expresión inevitable del orden que conoce y del que no puede escapar, el humano. Que el gato y la mujer sean un 'otro', y no la silla, responde a que suscitan algo en el que observa, es ese jugueteo a ser idénticos que el sujeto niega, aterrado por la posibilidad de encontrarse a sí mismo en la mirada abismal del gato, en la mirada abismal de la mujer. 

La literatura, y quizá toda forma de arte, pero especialmente la literatura, ofrece una oportunidad única: permite sostener la mirada del 'otro'. Funciona como un visor, que por su naturaleza de dispositivo óptico inevitablemente establece límites, pero cubierto por el filtro de la ficción y el lenguaje hace posible la visión del abismo, que de otra manera sería insoportable. Pero implica un sacrificio, y, por tanto, un sacrificado. Un hombre que sin visor ni filtro se adentre en las profundidades de la mirada abismal del 'otro', aun cuando pierda sus ojos, para luego enseñarlo mediante la palabra. No se me ocurre mejor ejemplo que Edipo rey. 

Ha caído una peste sobre Tebas. La tierra se ha mancillado por la impunidad en que permanece el asesinato de Layo, el rey que antecedió a Edipo, y para salvar al pueblo tebano, Edipo debe encontrar al asesino. A pesar de no ser el hijo de Layo, se ha ganado el título de rey al resolver el acertijo de la Esfinge, un demonio con rostro de mujer, cuerpo de león y alas. En su infinita ignorancia y terquedad, Edipo maldice al asesino y lo condena al exilio, aún sin conocerlo, pero el destino lo conduce a un descubrimiento fatal: él es el asesino. 

 

Juanita Porras Sepúlveda


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