Inicio / Al descubierto / MAY 31 2020 / 1 mes antes

“A Armenia la llevo en el alma”, monseñor Fabio Duque Jaramillo

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Autor : Héctor Javier Barrera Palacio

“A Armenia la llevo en el alma”, monseñor Fabio Duque Jaramillo

Monseñor Fabio Duque Jaramillo tiene 5 encuentros diarios por redes sociales con sus feligreses durante esta cuarentena.

Reveló que la pandemia tiene en crisis económica a las parroquias de la región donde es la máxima autoridad católica. 

Aunque nació y vivió hasta los 12 años en Armenia y fue obispo de esta ciudad durante 9 años, monseñor Fabio Duque Jaramillo ha sentido en carne propia lo que augura un viejo refrán: ‘nadie es profeta en su tierra’. 

Así lo expresó el 12 de agosto de 2012 en la eucaristía en la que unos 800 feligreses y 80 sacerdotes de la capital quindiana lo despidieron en el templo Sagrado Corazón de Jesús, porque el 11 de junio de ese mismo año, el papa Benedicto XVI lo nombró obispo de la diócesis de Garzón, Huila, un territorio que era tan ajeno para él que se fue unos días antes de su posesión para conocerlo un poco. “Nunca pensé en estar allá”, manifestó el purpurado. Sin embargo, este 29 de septiembre cumplirá 8 años de ocupar esa dignidad en una población mayoritariamente campesina. 

Ese nombramiento le produjo tantos sentimientos encontrados, que hasta se le salieron las lágrimas en plena homilía. Aceptaba con humildad la misión que le encomendaba la máxima autoridad de la Iglesia Católica, porque entendía que allí estaba su destino, que era la voluntad de Dios, pero sus afectos, según él, seguían y siguen estando en la 'Ciudad Milagro'. Monseñor Duque Jaramillo dialogó con LA CRÓNICA sobre su vida y sus experiencias en el mundo sacerdotal.

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¿Qué recuerdos conserva de su infancia en Armenia? 

Nací en la casa de mi abuelo, donde viví con mis padres. Eso fue en la carrera 16 con calle 21, al frente de lo que hoy es el Banco de la República. Después nos fuimos a vivir a la carrera 15 entre calles 14 y 15. Más adelante estuvimos al frente del colegio de las Capuchinas en la calle 13, entre carreras 12 y 13. Salí de Armenia a los 12 años, cuando me fui para el Seminario Menor de los Franciscanos en Cali. Después de eso, mis padres se fueron a vivir a Bogotá. Yo era el segundo de una familia de 6 hijos. Estudié en el San Luis Rey desde primero de primaria, cuando lo fundaron, hasta que me fui al seminario. Creo que lo más valioso fue que logré contar con el amor de mis padres, que hoy en día es muy escaso, en especial el amor de la madre. Aunque no nos mimaban mucho, siempre estaban a nuestro lado cuando teníamos dificultades para consolarnos y ayudarnos con amor, que no era muchas veces diciendo sí, sino muchas veces teniendo que decirnos no.
 
¿Extraña a Armenia? 

Siempre deseé regresar a Armenia, me fui de mi tierra, pero en el fondo siempre me preguntaba, ¿cuándo me mandarán a trabajar allá? Eso no se había dado hasta que en 2003 se le ocurrió al papa Juan Pablo II mandarme como obispo de la capital quindiana, entonces regresé durante 9 años. No es que ahora no añore regresar, sino que el hecho de haber estado todo ese tiempo podría crear cierta situación incómoda. Por eso, no me hago la ilusión de volver, pero a mi tierra la llevo en el alma, soy quindiano y me siento como tal. 

¿Fue un momento duro para usted cuando le tocó despedirse como obispo de Armenia? 

Fue un momento duro, yo sabía que tenía que hacer la voluntad de Dios y sabía que si el papa me había nombrado para Garzón, allá tenía que estar. Por un lado, tenía la seguridad de que el sentido de mi vida estaba en ese municipio huilense, pero por otro lado tenía mis afectos en Armenia. Reconozco que hubo tensiones y dificultades durante mi episcopado en la capital quindiana, pero nunca me sentí mal allá, es más, no pedí que me cambiaran de ciudad, por lo que me llegó muy de sorpresa el cambio y efectivamente sufrí, pero lo asimilé bien y gracias a Dios no me deprimí. Tengo que reconocer que gracias a Dios me he acomodado muy bien en Garzón y estoy muy contento. 

¿Cómo ha sido su experiencia de obispo en la diócesis de Garzón? 

No conocía este territorio y nunca me imaginé que pudiera venir a trabajar acá. Como franciscano que soy, no teníamos casa en ese departamento, por lo que no veía mucha esperanza de venir a trabajar acá. No conocía absolutamente nada de este departamento. Un día antes de que me nombraran yo sabía que eso se iba a dar. Esa noche me fui a dormir a donde los franciscanos de Ibagué y de ahí me madrugué a conocer la región en la que me habían nombrado. Es una gente muy buena, muy sencilla, muy acogedora, campesinos. Venía un poco preocupado porque fui formado más bien para la educación en las universidades y acá también tengo que enseñar, pero yo había sido formado como para otro ambiente, pero me ha ido muy bien y estoy muy contento. Ahora estoy en cuarentena y es una tristeza porque me pasaba recorriendo todos los pueblos, claro que en Armenia también lo hacía, iba por todas partes y en las visitas pastorales dedicaba una semana entera a cada pueblo. Acá estoy en esas y gracias a Dios estoy contento. 

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¿La pandemia tiene en crisis monetaria a las parroquias de Garzón? 

Acá me he dado cuenta de que es más lo que se habla de que la iglesia es muy rica, porque para finales de marzo yo ya tenía 14 parroquias que no se sostenían, para finales de mayo, voy en 36. Esta semana tengo que hacer la reunión para ver cómo están las otras, porque se hace la proyección de que en 2 meses más, 54 templos no se sostienen y si esto dura más ni la diócesis ni las parroquias se van a poder sostener. Estamos viviendo es al día. Los que ahora han abierto vamos a ver qué resultados tienen en unos 20 días. 

¿Qué mensaje le gustaría enviarle en estos momentos a sus coterráneos de Quindío? 

Quiero enviarles un mensaje de ánimo y de acercarse mucho a una experiencia profunda de fe, porque tenemos muchos problemas como departamento y solos no los podemos enfrentar, tiene que ser si estamos cimentados en Dios. 



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