Inicio / Cultura / MAY 01 2020 / 2 meses antes

Campesino caficultor, en vía de extinción

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Autor : Valeria Urán Sierra

Campesino caficultor, en vía de extinción

Fotografía:Deivy Zuluaga

Cuando usted llega a una finca cafetera, ¿qué ve? Seguro un rancho viejo, matas sembradas en ollas, dos o tres perros ladrando y una pila de leña. ¡O simplemente no ve nada! ¿Se pregunta cómo se vive allí? Pocas veces, ¿cierto? Nuestra vida transcurre ajena a la finca, al matorral, a la siembra. Solo sabemos tomar café por la mañana y en la tarde. ¿Eso nos hace parte de una cultura cafetera? 

Muchos tuvimos un abuelo campesino y hemos hecho del café un rito cotidiano. La burocracia, con su embeleco, nos llega con el run run de que hay una cosa llamada Paisaje Cultural Cafetero, PCC. –Por ahí es que es– el alcalde le dice a los campesinos. –A enamorar al caficultor del cuento– el gobernador le dice a sus alcaldes. Sabemos que existe todo este rollo porque llegan gentes lejanas, ajenas, a visitarnos y luego se hacen vecinos, o porque reconocemos que sí, que esta es tierra cafetera. Pero más allá de ello, solo unos cuantos conocen bien cómo funciona la cosa.   

En 2011, la Unesco reconoció que el departamento del Quindío, Caldas, Risaralda y parte del Valle del Cauca, tenían un no sé qué, un algo que no se mide exclusivamente en lo tangible y lo palpable: un tipo de cultura –la forma suya y mía de ser–, declarado como patrimonio inmaterial de la humanidad. Y entonces, ¿esto qué quiere decir? Que en virtud de la “profunda identidad cultural que se ha desarrollado alrededor del café (…) y  al conjunto de tradiciones y manifestaciones culturales que están ligadas directamente a la caficultura desde hace más de cien años”1, esta región merece la preservación de su idiosincrasia. 

Tal declaratoria es el reconocimiento de la labor que el campesino caficultor realiza junto con su familia. También a los lazos comunitarios que ha construido en su vereda, a la intensidad en la mano de obra. Dicha práctica consolidó unas maneras particulares: cómo se siembra el colino, se recoge el grano de la mata, se despulpa, se lava y se seca al sol. La tostión y la molienda. Esta cultura consiguió una estrecha relación entre conservación de la tradición y desarrollo de técnicas de producción propia, acompañada de huertas caseras, pollos de engorde, gallinas ponedoras y otras especies menores, para la subsistencia de las economías familiares. 

También se configuró un paisaje: montañas tupidas de cafetos y una casa en medio de su espesura, pueblos que fueron creciendo y desarrollándose con el dinero que traía la cosecha, la arquitectura entorno al bareque y los caminos veredales. Todo eso lo hemos visto alguna vez, y lo reconocemos, ¿no?

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Sin embargo, el sembrado del café disminuye en el Quindío: los campesinos ya no encuentran las mismas garantías en su siembra, obligados a apostar por otros cultivos, antes que vender su tierra. Diego Agredo, campesino de Buenavista y caficultor; señala que “para nadie es un secreto que los ingresos del café están muy por debajo de los costos de producción, y esa realidad es la que lleva realmente a desplazar el cultivo, y cuando se desplaza el cultivo, se desplazan todas las prácticas entorno a él”. A fin de cuentas las declaratorias no aseguran la vida del caficultor en el campo. 

En ese sentido, el secretario departamental de Agricultura, Julio César Cortes, ha dicho a la opinión pública que “tras las mesas de trabajo para la construcción del Plan de Desarrollo para los próximos cuatro años, se priorizará la recuperación del cultivo de café. Son dos las alternativas: uno, un proyecto de Fortalecimiento, Innovación y Productividad Agrario, donde participarán 800 familias; y segundo, un proyecto que está liderando el Comité Departamental de Cafeteros que se denomina Desarrollo experimental para la competitividad del sector cafetero del departamento del Quindío en el que serán beneficiadas 900 familias”. 

Es posible entonces que se adelanten medidas para poner un alto a la disminución en la siembra, pero, más allá de la rentabilidad, ¿será que acaso nos estamos olvidando de lo más importante aquí?: la cultura cafetera. Cualquiera que tenga la capacidad para acceder a tierra puede sembrar y cultivar, pero no por eso se preservarán las prácticas culturales y campesinas. 

Dignory Soto, caficultora de toda la vida, integrante de la Asociación Café Mujer en Córdoba; aclara: “aquí no se ha hecho mucho por la preservación de la cultura, es más, en este momento me atrevería a decir que la mayoría de las fincas están en manos de terceros. Esto hace que se pierda la cultura cafetera, y ¿cómo se pierde? bueno, pues desaparecen las practicas familiares, todos  trabajaban en la huerta, la cocina, en el cultivo. Ahora le gente siembra cítricos, aguacate, pastos y piscinas, ósea, chalets para el turista”. 

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Y que lo confirme el Secretario de Agricultura, “no solo se apostará por la recuperación del cultivo, sino también  por darle valores agregados, y también por la siembra del plátano”. Más aún, añade, “se priorizarán 9 de las 20 cadenas productivas entre esas el café y el plátano, sumando banano, aguacate, cítricos, frutales de clima frío, cacao, hortalizas, y porcicultura”. Nos preocupa la pérdida de la cultura, sin oponernos al crecimiento económico.  Pero la apuesta va por otro lado. 

“Hay una vereda con la que colindamos (…) es uno de los predios más grandes del municipio, toda la hacienda es una sola vereda. Desplazó a todas las familias campesinas que vivían allí, que vivieron del café. La finca migró a cítricos: limón, mandarina, naranja. Por eso desde hace mucho he planteado que el campesino caficultor, es una especie en vía de extinción” señaló Agredo. 

¿Será cierto? un campesino pierde la tierra, y así la posibilidad de continuar su vida en el campo  puede ser insostenible. Vender significa marcharse con la cultura. Y tras su ausencia llegan terceros con el capital para transformar el patrimonio en souvenirs o turismo. 

La voz de un campesino cafetero. (Escuchar en otra ventana)

 

 



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