Inicio / Región / MAY 17 2020 / 1 mes antes

Covid-19: daño colateral, y no es ficción

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Autor : Diego Arias Serna

Covid-19: daño colateral, y no es ficción

La pandemia dejó aún más al descubierto la miseria que azota a pueblos y ciudades, la cual se multiplicará, oscureciendo el panorama de millones de colombianos y sin que vean un mejor porvenir.

La educación, además de ser un elemento clave para el desarrollo de las personas, también lo es para el de las sociedades; por ello es uno de los factores esenciales en el índice de desarrollo humano.

Muchos padres de familia, estudiantes y trabajadores —varios de ellos también papás y educandos— no sólo sienten el temor del virus, sino, además, las dificultades para seguir recibiendo un emolumento o poder seguir sosteniendo los costos escolares, lo cual complemente la otra plaga que afecta a los colombianos como es la salud, por el tratamiento que los gobernantes le han dado y empeorada por la forma inhumana como está siendo tratado el personal médico y paramédico por ciudadanos irresponsables e intolerantes. 

Del discurso que se escucha por partes de quienes dirigen el destino del país, pareciera que el problema del incremento del desempleo, la pérdida de poder adquisitivo y el aumento de la pauperización de la población, fuera por culpa de la COVID-19. Tampoco la deserción escolar y la pérdida de calidad de la educación llegaron con la pandemia. Todas esas situaciones se empezaron a agudizar cuando llegó “el gran ‘milagro’ económico que traerían el neoliberalismo y el libre mercado”. 

Sus defensores afirmaban que la competencia generaría puestos de trabajo y la riqueza fluiría para todos; pero la realidad ha sido otra. No solo aquí sino en todo el mundo, ha aumentado la pobreza; apenas unos pocos se enriquecen de manera vulgar. Así lo afirmó Joseph E. Stiglitz, Premio Nobel de Economía 2001, en su libro: “El precio de la desigualdad” publicado en 2012: El 1% de la población tiene lo que el 99 % necesita.   

Stiglitz explicó: “(…) la actual desigual de Estados Unidos, y la de muchos otros países, no surgió espontáneamente a partir de unas abstractas fuerzas del mercado, sino que ha sido determinada y reforzada por la política. La política es el campo de batalla para las disputas sobre cómo se reparten la tarta económica del país. Es una batalla que ha venido ganado el 1 %”.

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Instituciones educativas sin agua potable

Si la economía está mal manejada, favoreciendo a unos pocos, ¿qué se puede pensar de la educación? Unas pocas cifras lo dicen todo. A la Universidad Nacional –la principal entre las públicas– según datos que entregó en diciembre de 2012 el rector de entonces Ignacio Mantilla, en los últimos 3 años apenas un 23 % de los aspirantes eran egresados de colegios públicos. En 2018, en Colombia había 220.124 maestros, de los cuales 190.101 eran docentes y 30.023 directivos docentes. Cerca de 25.000 personas laboraban en el área administrativa.

¿Por qué tantos directivos docentes y administrativos? ¿Acaso se sigue alimentando un Estado policivo y burocrático? Esa burocracia sí sabe del abandono de las instituciones educativas. En estos días, un dirigente sindical del magisterio vallecaucano, Juan Carlos Rengifo, llamó la atención sobre el olvido y el atraso en que se encuentran las instalaciones locativas en ese departamento. “Si en muchas escuelas y colegios no hay ni siquiera agua potable ni lavamanos qué va a garantizar el Estado la bioseguridad y la asepsia que se requiere para frenar el avance del coronavirus (…)”. 

Si eso pasa en esa región colombiana, que no es de las atrasadas, ¿cuáles serán esas condiciones de salubridad en zonas tradicionalmente olvidadas o sub-administradas, además con la corrupción latente? No solo es la infraestructura la que está en pésimas condiciones, lo académico también va mal, como lo indican los resultados de las pruebas Pisa del 2018. Y este mapa que indica esas manchas, viene desde el siglo XX. Lo lamentable es que esas condiciones van a empeorar con la pandemia, que con la educación virtual se afectará aun más     

Sobran ejemplos de países que le han apostado a la educación, convencidos de que es la mejor inversión y la vía que lleva a la prosperidad, como es el caso de los escandinavos: Singapur, Corea del Sur, Nueva Zelandia y otros pocos más. En Colombia, por el contrario, se han interesado más en fortalecer las fuerzas armadas, quizás para defenderse de una invasión de EE. UU. porque de la corrupción no hay necesidad de protegerse; hacen parte de ella.   


La pandemia visibilizó aún más la miseria

La miseria tampoco está llegando con la pandemia, aunque los tecnócratas del gobierno son expertos en ajustar cifras, y es, tal vez –a su juicio– el único país del globo, donde antes de esta crisis venía aumentado la clase media, y hasta quienes vivían en el rebusque, venían mejorado su “estado de bienestar”. Así que, a su criterio, la situación que estamos padeciendo, poco los afectará. Sin embargo, hay que decir que la miseria y su amiga cercana la pobreza, han acompañado la República de Colombia desde el siglo XIX.

Sobre este tema, en su texto: “Lo que le falta a Colombia”, publicado en 2004, el escritor William Ospina nos enseñó: “Las castas sensatas de otras naciones comprendieron que permitir la generalización de la miseria es avivar un peligro extremo. La pobreza no es problema de los pobres, es problema de toda la sociedad, y bien dijo Bernard Shaw hace muchas décadas que permitir que haya miseria es permitir que la sociedad entera se corrompa”.

Advierte que “esa insensibilidad, ese egoísmo, esa falta de compromiso con los demás no nos lo cobraran en el infierno, nos lo están cobrando aquí en la tierra. Por permitir que haya miserables, seres desamparados que crecen en el hambre, en la indignidad y en la incertidumbre, todo lo demás va arruinándose. No es que en este país los pobres no puedan vivir, es que ya tampoco los ricos pueden hacerlo. Permitir que haya extrema pobreza es hacer que crezcan las verjas en torno a las residencias, que se multipliquen las cerraduras, que sea necesario un ejército de vigilantes privados; es hacer que ya los hijos no puedan ir tranquilos al colegio, que no puedan salir confiadamente al parque”.

A su juicio, “la clamorosa estupidez de los dueños del país ha hecho finalmente que tampoco ellos puedan ser los dueños del país, que las calles sean tierra de nadie, que todos nos sintamos sentados sobre un polvorín. Ahora por fin, quienes se lucraron siempre de las miserias nacionales, los que aun de la pobreza de los otros hicieron su negocio, comienzan a sentir que “algo hiede en Dinamarca” y se apresuran a buscar, como siempre, al culpable. Tardarán en comprender, como Edipo, quien es el responsable de las pestes de Tebas”. 


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Un pensamiento crítico en el aula, fundamental

Sí, esa es la radiografía del país de los siglo XIX, XX e inicios del XXI, ¿nos podemos imaginar lo que vendrá después de la pandemia con la pérdida de empleo que ya se está presentando, y aumentará con los meses venideros; con la reducción de los ingresos de las pocas personas que van a quedar con empleo, con el incremento del rebusque –porque la gente no se deja morir de hambre– además, se necesita blanquear el dinero de la mafia, y el negocio informal es un ‘buen’ camino?

La educación, por supuesto que no mejorará. Será peor, porque la tecnología será la protagonista. No quieren entender que es un medio que puede ayudar, pero que la clave de la enseñanza sigue siendo el desarrollo del pensamiento crítico. La información está ahora accesible para todos en la red, pero no es conocimiento, este requiere del acto de pensar, reflexionar, comparar con otras fuentes y muy pocos lo hacen y ahí es donde aparece en el escenario el profesor, quien fomenta que el estudiante piense por sí mismo y se haga preguntas.               

 

Profesor-investigador Universidad del Quindío
[email protected] / [email protected]



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