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Economía cafetera: de la bonanza a la crisis

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Autor : Karol Moreno García y Carlos Wilmar López

Economía cafetera: de la bonanza a la crisis

Esta primer entrega se centra en los testimonios de los protagonistas del renglón productivo que relatan la historia en el periodo 1960 - 2000.

A partir de esta serie de informes especiales, LA CRÓNICA convocará voces expertas, acudirá a cifras y analizará los datos históricos para comprender cuál es el escenario que el departamento de Quindío y, en especial la ciudad de Armenia, deberá sortear en el desafío más grande de su vida administrativa: la crisis económica poscoronavirus.  

Los 6 meses en que la incipiente actividad productiva estuvo paralizada por culpa de la COVID-19 asestaron el golpe definitivo a una urbe que se tambaleaba entre el desgobierno, la corrupción y la carencia de políticas institucionales a largo plazo.  

Como consecuencia, se están acentuando los problemas sociales que, durante todo el siglo XXI, han llevado a que el departamento más pequeño de Colombia esté siempre entre los primeros lugares de las estadísticas más inquietantes: desempleo, consumo de drogas, suicidio y pobreza vergonzante.  

Todo ello ha sembrado en el colectivo la desazón de que no hay un mañana, de que las oportunidades están afuera y que Quindío está condenado a una mentalidad liliputiense, donde las casas políticas, en ese deseo insaciable de perpetuarse en el poder, se dedicaron a planificar el territorio para atender lo inmediato, pero no lo importante. Donde en aras de la autocomplacencia y las lisonjas de los 'amigos' del momento, el político de turno prefiere combatir el síntoma, pero no las causas de la enfermedad.

Para entender esta realidad es necesario analizar todo el contexto histórico, en este primer capítulo se verá cómo fue que esa pequeña villa, fundada por colonos, tuvo su primer esplendor gracias a la llegada del ferrocarril. También busca aproximarse al momento en que el cultivo del café se convirtió en el eje de la economía, aportando al desarrollo y forjando ese milagro de ciudad que era Armenia en los años 70, cuando el dinero se veía y una clase media prosperaba. Reflexionar, además, sobre cómo fue que esa bonanza redujo los bosques nativos a su mínima expresión, en el afán de extender los cafetales, incrementar la productividad y aprovechar el momento.  

Este primer informe estará centrado en la economía cafetera, desde el testimonio de los protagonistas, aquellos que sobreviven a la época y aportaron para la construcción de toda una cultura que, a la postre, se convirtió en referente mundial gracias al reconocimiento del Paisaje Cultural Cafetero como patrimonio de la humanidad gracias a la Unesco. Sin embargo, esta entrega culminará en los albores de la década de 2000, cuando el departamento estaba en pleno proceso de reconstrucción y una decisión del Estado cambió para siempre el modelo del negocio cafetero, obligando a cientos de familias campesinas a adaptarse a las reglas de un juego en el que nunca habían participado.  

En el segundo capítulo se abordarán los efectos del terremoto del 25 de enero de 1999 a mayor profundidad, el papel del Fondo para la Reconstrucción del Eje Cafetero, Forec, la desaprovechada ley Quimbaya y cómo fue que la industria de la construcción se perfiló para ser un nuevo dinamizador de la economía, junto con la apuesta por convertir al departamento en el primer destino turístico del interior del país. Mientras que desde el punto de vista social se reflexionará acerca del papel de un nuevo quindiano, cuya mentalidad dio un giro total con base en las nuevas realidades como los subsidios del gobierno.

El tercer capítulo se enfocará en la actualidad del aparato productivo, en la crisis derivada de la corrupción de los últimos 20 años, la pertinencia en la formación y cómo el campo, el sector primario de la economía, fue relegado a su mínima expresión.

Finalmente, en la cuarta entrega, por medio de la mirada de los responsables de la economía, se analizarán los planes trazados para superar esta crisis y cuál debe ser el aporte de cada sector para que el esfuerzo colectivo rinda frutos, ya que, después de todo, la crisis, como se ha evidenciado a lo largo de la historia de esta tierra, es tan solo una oportunidad más.

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Etapa 1889 -1960 de la fundación a la prosperidad

Desde su fundación, en 1889, la ciudad de Armenia tuvo el cultivo del café como su principal actividad económica. Igual que los colonos que llegaron a toda la región en el sur del Río Chinchiná, los nuevos residentes, en su gran mayoría procedentes de Antioquia, se dieron cuenta de que era un producto muy rentable, que se podía vender de inmediato. Sin embargo, fue solo hasta casi 4 décadas después cuando recibió su primer impulso.

Así lo señala el economista quindiano Gonzalo Alberto Valencia Barrera, actual vicepresidente de la Academia de Historia del Quindío, AHQ. “El café adquirió su mayor esplendor, a partir del año 1927, cuando llegó a Armenia el ferrocarril del Pacífico, viniendo de Zarzal, eso le permitió comunicarse muy rápidamente con el puerto de Buenaventura y poder sacar por allí toda la producción de café que se quería vender al exterior, dándole un progreso inusitado”.

Desde ese entonces, transportadoras, trilladoras, casas comerciales se instalaron en la ciudad. “Desafortunadamente esto se vino abajo por la violencia política de los años 50 y 60. El primer fenómeno clave para el desarrollo de la región fue el haber acabado con el problema de violencia política porque por 20 años fue un territorio de violencia y eso frustra cualquier iniciativa de desarrollo y progreso, pero también cuando se vino la paz fue la oportunidad de crecer como tal y coincidió con la creación del departamento y la bonanza cafetera. Eso permitió que toda la inversión privada y pública estuviese en pleno vigor, tuviera un progreso muy fuerte”.  

Los 60. Armenia, un centro logístico de trilla

El departamento de Quindío se crea en el año 1966 y comienza una nueva era de esplendor económico, gracias al café.  

Así lo ratifica Álvaro Tobón Jaramillo, cafetero y administrador de empresas quien fue testigo de cómo Armenia, en la década de los 60, se había convertido en el centro logístico de trilla de Colombia —había cerca de 14 trilladoras —. A la ciudad llegaba la materia prima, se procesaba y se enviaba por tren al puerto de Buenaventura para la exportación.  

“A nosotros se nos olvida que la trilla es un factor de agregación de valor. La única ventaja comparativa de Quindío, medida a nivel global, es el café, y en ese momento los ingresos por exportaciones eran del 90 %”.

Manuel López Botero, hijo de Ancízar López López, quien fue dirigente cafetero y además el primer gobernador de Quindío, narró que cuando a su papá le dieron las llaves del departamento tras su creación, no había presupuesto ni nada. “La primera plata que le entró fue de la Federación Nacional de Cafeteros, FNC. Así era de importante el café en esa época, tenía recursos hasta para darle vida a un departamento”.  

Tobón Jaramillo advirtió que en los 60 el caficultor tenía cada año un precio fijo por 6 u 8 meses y era rentable, nadie se preocupaba de nada. “Se sembraba arábigo y bourbon —a la sombra— sin fertilizantes ni abonos y los árboles eran grandes —3.000 por cuadra—, entonces no zoqueaban sino que podaban y duraban más de 30 años”.  

En 1967 se firmó el acuerdo internacional, en él se fijan las cuotas de exportación —recursos que entregaba el Estado a quienes hicieran envíos desde Colombia—. “Como el café colombiano era tan poquito —8 millones de sacos—, la federación se dio el lujo de llamar a los grandes tostadores y decirles: les puedo vender tanto. Además les asignó cuotas a los compradores internacionales y a los 15 exportadores pequeños de la época, la FNC exportaba cerca del 50 %”. 

Los 70. La primera bonanza cafetera

El café ratificó, con el paso de los años, su relevancia dentro de la economía, no solo de Quindío, sino en todo el país. Esta fue la década de las ‘vacas gordas’.  

El vicepresidente de la Academia de Historia del Quindío, Gonzalo Alberto Valencia Barrera, cuenta cómo con las regalías obtenidas por la bonanza, el comité de cafeteros comienza a invertir en la hechura de una infraestructura de apoyo a la actividad “que era una infraestructura de caminos, de vías terciarias, de energía eléctrica, de saneamiento ambiental, de educación, de bienestar en general, de acondicionamiento de toda una economía regional al servicio del café y eso hizo que esta región adquiriera una mayor prestancia y una mayor presencia en el escenario nacional”.

Manuel López Botero destacó que en aquella época Colombia exportaba el café excelso, mientras que la pasilla y ripios resultantes de la trilla se dejaban para el consumo interno y ahí fue donde empezaron a surgir las grandes tostadoras nacionales. También había tostadoras departamentales y municipales, en Armenia, por ejemplo, estaba Café Luz. “Ahí fue donde nos acostumbraron a tomar mal café”.  

En este periodo la forma de sembrar empieza a cambiar, porque con el pacto de cuotas se tenía en cuenta la producción y los inventarios retenidos para dar la participación en el mundo. El país llegó a tener el 17 % de la cuota de exportación y hoy cuenta con el 8 %. “Colombia venía con 8.000.000 de sacos y con los recursos de 1974 a 1976 se aumentó la producción a 12.000.000 de sacos hasta 1976. Esa fue la primera bonanza cafetera y la gente cada año compraba un carro nuevo, salía a pasear o invertía en el cafetal”.  

Para lograr esa bonanza se tumbó el café arábigo y se pasó a variedad caturra, ya no tenían 3.000 árboles por cuadra sino 10.000 árboles por hectárea, se tumbaron todos los guamos que daban sombra para dar paso a la caficultura de libre exposición que es lo que se llama café tecnificado y empezaron a utilizarse los abonos.  

El investigador del Banco de la República anotó que la bonanza de los años 70 demostró que el café era un cultivo muy rentable. “Llegamos a tener 61.000 hectáreas y en 1989 teníamos un poquito menos, pero gran parte con caficultura tecnificada”.

“Este fue el gran acierto económico y el gran desastre ambiental de Colombia. Pasamos de producir 100 arrobas por hectárea a producir 250 arrobas por hectárea que necesitan el agua para ser beneficiadas y tumbamos los árboles que cuidan el agua”, manifestó Álvaro Tobón Jaramillo.

Explicó que en ese momento el café estaba a USD$3.25 por libra —hoy está a USD$1.10— y el caficultor en ese momento recibía 87 centavos, los USD$2.38 restantes quedaban en el Fondo Nacional del Café como ahorro cafetero. 

El caficultor Elías Mejía rememoró que 8 años antes de que empezara la bonanza cafetera había heredado una finca desde la que pudo ser testigo de cómo en Quindío se duplicó el precio de las tierras y cómo a principios de 1976 el precio de la carga de café en Colombia era de $3.500 y en diciembre de ese mismo año era de $7.000. “Con una carga de café se pagaban 4 salarios mínimos mensuales legales vigentes, hoy se puede pagar 1.5 salarios mínimos. Esa fue la verdadera bonanza”.    

Esa época de prosperidad en Colombia fue producto de un mal momento para Brasil. Elías Mejía contó que en 1975 el país carioca vivió la ‘helada negra’ que acabó con todos los cultivos en algunas zonas cafeteras muy importantes y eso hizo que el grano escaseara y los inventarios que tenían los tostadores se rebajaran en 25.000.000 de sacos. “En ese momento el café tuvo un precio histórico de USD$3.70 la libra, por lo que se dispararon acá los precios”.

Los 80 y 90. De la segunda bonanza al final del pacto de cuotas

La caficultura llega a esta década con modelos consolidados, cultivos tecnificados, producción duplicada, ingresos por exportaciones triplicados, fomento y créditos dirigidos exclusivamente a cultivos tecnificados. El departamento estaba listo para aprovechar esa fiebre por el apreciado grano colombiano y así ocurre, por lo menos durante la primera parte del decenio.

En 1985, los cafeteros viven la segunda bonanza, de nuevo Quindío vive un esplendor con precios, pero esto rápidamente se convierte en un espejismo, porque aparece la primera gran crisis del sector. El pacto cafetero se rompe y los precios internacionales se vienen abajo, la economía cafetera entra, de la noche a la mañana, a la cultura del mercado libre, donde el cafetero no estaba habituado a interactuar.

“Por consiguiente, muchos caficultores se arruinaron, no pudieron acostumbrarse a esa dinámica de competitividad. La FNC pensó que el mercado protegido iba a regresar muy prontamente y al día de hoy, llevamos 31 años, no ha llegado. Hemos perdido mucho tiempo en acostumbrarnos a ese mercado libre, lo que ha pasado en Quindío ha sido una disminución paulatina del área cultivada, o sea que pasamos de 61.000 hectáreas en los años 70 a 18.000 en el año 2020”, agregó el investigador Valencia Barrera.

Por si fuera poco, con el año 1999 llega el terremoto, una parte de la ciudad queda semidestruida por el sismo y provoca una transformación urbana repentina y acelerada que obliga a repensar la dinámica económica.  

El desastre trató de paliarse con un proceso de reconstrucción que benefició la construcción de vivienda, la recuperación de la infraestructura, pero poco tuvo en cuenta lo social. Llega mucha gente de afuera pensando en conseguir vivienda y esto engrosa los cinturones de miseria.  

“Se crearon unas ciudadelas en Quimbaya, Montenegro, Circasia, La Tebaida, Calarcá y en Armenia, eso favoreció mucho la polarización social y toda la problemática que se ha venido generando desde entonces. El nivel de desempleo creció mucho, al desaparecer el café como actividad primaria, que empleaba mucha mano de obra, también se fue extinguiendo esa posibilidad de contratar esa mano de obra”.

 Muchos quindianos quedaron cesantes, viéndose obligados a irse de la región, otros se quedaron a engrosar los niveles de desempleo no calificado.

Ver también: Quindío espera recolectar más de 170.000 sacos de café en el segundo semestre

Los 2000. Fin de estabilización del precio interno  

En el año 2002, la comisión de ajuste para la institucionalidad cafetera hizo un informe acertado donde se planteó la necesidad de crear un fondo de estabilización del precio del café.  

Según narró Álvaro Tobón Jaramillo, el 1 de enero de 2003 se realizó una reforma tributaria con la ley 788, que acabó con la estabilización del precio interno y el caficultor empezó a preocuparse por el valor del dólar. “Nunca le dieron al caficultor instrucción de cómo administrar ese riesgo que antes administraba la federación. Nos pusieron a depender de la bolsa”.  

Acotó: “Aquí se acabó Armenia y veníamos, en ese momento, del terremoto, con el que llegaron recursos para darle casa a la gente que sabía vivir en inquilinatos, que no estaba acostumbrada a pagar predial. No hubo ningún plan real de desarrollo y lo único que nos sostenía era el café y nos llegaron con esta noticia”. 

Hitos de la caficultura en Colombia por décadas

 



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