Inicio / Región / MAY 03 2020 / 2 meses antes

La casa de Edelmira en el silencio de la calle turística de Filandia

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Autor : Roberto Restrepo Ramírez

La casa de Edelmira en el silencio de la calle turística de Filandia

La casa de Mina no es, ni debe ser un monumento. Debe seguir calentando con ternura a los nuevos habitantes.

Ya no vive nadie en ella. Silenciosa está la casa. Doña Edelmira Brito, la habitante más longeva de la Calle del Tiempo Detenido de Filandia, ha muerto. Desapareció en medio de la crisis de esta pandemia y su funeral fue lacónico, sin el acompañamiento de tanta gente de este pueblo que la estimaba. No soportó la soledad y tampoco el silencio de estos días.

Su casa, una de las más antiguas de ese sector histórico, ha quedado confinada en el desierto actual de la calle turística. La recordamos tímidamente asomada en la ventana de esta casa, la única que conserva la estructura interna de sus habitaciones con calor de hogar y la escalera con escalones muy delgados, que subíamos con emoción, cuando teníamos la oportunidad de ingresar a este templo familiar del bahareque y la madera centenaria.

Mira, o Mirita, como la llamábamos con cariño, era la última de una generación, los Brito, que dejó historia en Filandia. Había emparentado con un miembro de los Arias, familiar él de cantantes y escritores locales. Amelia y Arturo Brito, sus hermanos, ya desaparecidos, habían vivido en las casas contiguas de esta calle que todo el mundo menciona con cariño. Y es que no es posible aludir a la existencia física de estas casas sin referirse a sus moradores, quienes también ayudaron a construir las “historias de casas” como historias de vida.

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Cada mueble, cada delicada decoración, cada sencilla ornamentación del segundo piso de esta casa está en su lugar, por decisión de la familia, mientras pasa la cuarentena y los lejanos sobrinos y allegados regresan para darle vida a la memoria de los objetos que tanto representaron para los vivos. En especial, recuerdo 2 elementos, los gobelinos, colocados durante años en el primer descanso de la escalera de entrada, a su derecha, y que Mirita protegía con una cubierta plastificada.

Los gobelinos son tapices antiguos, tejidos en seda y en lana, que tienen imágenes fabulosas y que decoraban las paredes y los sillones de los interiores de estas casas tradicionales. Los 2 gobelinos de Mira son de recordación inolvidable en sus motivos: un pavo real y perros con apariencia humana en actitud de juego. Este último es muy conocido en el imaginario de la cultura popular. Llegaron a estas casas haciendo parte de las mercaderías importadas que traían los arrieros en sus viajes por las montañas, y eran adquiridas como bienes de prestigio.

Si es notable el significado de este, y de otros objetos de ornato, qué decir de los pisos lustrosos de madera, de la silla mecedora torneada de la madre de doña Edelmira y del detalle de mampostería y talla artesanal de su puerta del comedor, en cuyo interior se conserva la loza doméstica y fina en su bifé de madera.

Mientras estos objetos y rasgos arquitectónicos que se evocan nos trasladan al viaje de la memoria, no se puede olvidar la admirable permanencia física del patio de tierra en la parte trasera de la casa. El solar, como comúnmente se le reconoce, fue, o es todavía la prolongación del inmueble hacia el paisaje y la naturaleza pródiga, o es también el sendero de la huerta y el jardín.

El resto de la casa es un mosaico de singularidades. 3 corredores, en cuyas chambranas y postes se soportan las materas que contienen las matas de flores y de novios. El primer corredor emerge de la propia escalera de entrada, en su parte central. Los 2 corredores restantes se miran de frente a frente. En uno de ellos, el comedor se destaca, en el otro, más corto, dos habitaciones se proyectan hacia el sector norte de la casa. Los cuadros sencillos adornan sus paredes blanquecinas de bahareque. Un espejo ovalado, al lado derecho de la puerta del comedor, se destaca por su sencillez.

La ceremonia impregna sus habitaciones principales, que están en el sector occidental, en el propio frente de la casa hacia la calle turística. El ambiente es cordial. Un cuadro de la Virgen del Carmen, infaltante en la disposición de la alcoba, y que es alumbrado por una lamparita de mesa. Una cama metálica, donde sobresalen los testeros superior y posterior con decoración de flores, y que es muy modesta, lo que refleja su humildad. En una esquina, un televisor antiguo, sobre la mesa metálica. En un tocador de espejo, todos los artículos tienen su lugar simbólico. En la mesita del lado, un bordado, o carpeta – como en estos lares lo llaman – sirve de base para una hermosa porcelana que tiene forma de toro cebú, acompañado de otras 2, con figura de ardillas. Su color granate que contrasta con el blanco y con el tejido en croché de la carpeta, son el emblema del hogar delicado.

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2 muebles impactan por su finura. La silla de color café con madera torneada y con 6 parales de su espaldar. La elegante silla mecedora de mimbre y de madera de elegante color negro reluciente, con una muñeca de peluche bien cuidado en su sentadero, adornado por un mechero. Toda una recordación del reposo de la madre, armonizando con el juguete infantil. 

Todo este ensoñador contexto es vigilado por un cuadro que se ha colocado al lado del tocador. El de la madre de Mira, con mirada cariñosa y profunda, y con el retoque artístico que los fotógrafos de antaño plasmaban.

En la salita de recibo, con muebles modestos, nunca faltaron sobre la mesita, los dulces y chocolates que endulzaban las visitas. Un detalle para hacer mucho más plácido este viaje al interior del recinto sagrado de la casa de antaño. Y donde hoy falta el calor humano y la amabilidad de la matrona.

La casa de Mina no es, ni debe ser un monumento. Debe seguir calentando con ternura a los nuevos habitantes.

En ello estriba el panorama de la valoración de estas casas no monumentales. Que no son ni serán casas de la cultura ni museos. Deben seguir siendo “el producto de una época o de una comunidad cultural cuyos rasgos han quedado plasmados en el espacio físico”: Alberto Saldarriaga Roa, en Valor testimonial de las tradiciones urbanas y arquitectónicas como presencia en la historia colectiva. 

 



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