Inicio / Cultura / ABR 09 2020 / 3 meses antes

Las máscaras del Eros en la virtualidad

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Autor : Marlly Lorena Ocampo

Las máscaras del Eros en la virtualidad

Ilustración de Orión

"En tiempos recientes, la tecnología digital parece configurar una nueva amalgama de herramientas para la interacción sexual. Es más, la reciente situación de aislamiento y privación física me condujo a reparar otra realidad erótica, la virtual".

En principio, la sexualidad me pareció similar a las máscaras del teatro griego por su capacidad de representar dos realidades humanas, una cómica y otra trágica. Desde esa comparación, percibí nuestra dimensión erótica. Me gustaba pensar en el sexo como un posible relato de la humanidad. Uno que construye una historia interior, la erótica, a su vez que da vida a otra exterior, la del mundo. No niego que lo justifiqué desde la relación entre poder y sexo explicada por Foucault en Historia de la sexualidad 1: La voluntad de saber en los siguientes términos: “Entre poder y sexo, no establece relación ninguna sino de modo negativo: rechazo, exclusión, desestimación, barrera, y aun ocultación o máscara” (1997: 50).

En tiempos recientes, la tecnología digital parece configurar una nueva amalgama de herramientas para la interacción sexual. Es más, la reciente situación de aislamiento y privación física me condujo a reparar otra realidad erótica, la virtual. Algunas de las formas del sexo en este plano como el sexting, sexselfie o frexting gozan de documentación y común aceptación. Empero, existen otras formas tanto singulares como ocultas del erotismo en la virtualidad que podrían alimentar, en mayor medida, la construcción de una realidad interior y exterior del sexo. Intuyo que algunas de estas dinámicas eróticas al igual que las máscaras de teatro griego nos parecerán cómicas; otras, trágicas.

Foros en línea

Me topé por casualidad con la historia titulada “Jürgen y Armin quedan para cenar” del libro El nuevo paraíso de los tontos (2010) de Hernán Casciari. Allí, el autor narra la historia de dos hombres alemanes con particulares fantasías sexuales que pudieron concretarse gracias a la internet. En Rotemburgo, Armin Meiwes desde pequeño soñaba con ser caníbal: fantaseaba con comerse una persona viva. Curiosamente, en Berlín, Bernd Jürgen Brandes anhelaba ser devorado vivo. Estas dos historias serían desconocidas para el mundo si aquellos hombres no se hubiesen conectado a través de un foro en línea y tampoco acordaran un encuentro erótico-caníbal en el que Meiwes, por solicitud de Brends, le amputa los testículos con un cuchillo y se los ofrece como alimento. Luego, con la ayuda de analgésicos, corta el pene de Brends en dos pedazos que cocina para ambos. A pesar de nuestras preferencias sexuales, algo parece claro en esta narración: este hecho no podría contarse sin la virtualidad como puente comunicador de dos realidades eróticas equidistantes. 

Deep Web

Las formas del erotismo en el plano digital también pueden adoptar la máscara griega de la tragedia o la infamia. Años atrás, intenté navegar sin éxito en la Deep Web o “Internet profunda”, un tipo de web que no ofrecía los resultados convencionales para búsquedas fuera de lo convencional. Supe de internautas con mayor fortuna o desventura que encontraron sitios en los que era posible desde comprar armas, vender drogas, traficar con personas, hasta acceder a material como porno de tortura, videos snuff y, por desgracia, pornografía infantil. 

Fue así que una máscara del erotismo virtual se ocultó bajo el inocente nombre de Daisy. Peter Gerald Scully creó una “No Limits Fun’’ (NLF), red internacional para pedófilos que ofrecía material en la Deep Web a cambio de dinero. Entre los contenidos estaba una “Daisy’s Destruction”, serie de videos en los que torturan, violan y asesinan a una niña filipina. Creo que aquí se ve cómo la virtualidad además de mostrar una realidad, también oculta otra: las dinámicas eróticas de un grupo de individuos que se esconden en las pantallas de sus dispositivos para presenciar de lo que carecen en su plano físico. 

Enamorarse de un software

Pero el poder que la virtualidad concedió que el sexo puede observarse más allá de los dispositivos de comunicación convencionales. El argumento que años atrás Spike Jonze crearía para su película Her me resultó creativo; hasta que, en mayo del 2019, BBC News realizó un reportaje sobre Akihiko Kondo, un hombre de 35 años que contrajo matrimonio con un holograma. Su esposa, Hatsune Miku, es la primera artista virtual japonesa, creada en el 2007 dentro de un software sintetizador de voz llamado Vocaloid. En su relato, Kondo contó a BBC News: “Ella me despierta todos los días en la mañana y me desea que tenga un buen día cuando me voy. Sueño con ella y pienso en ella en todo momento”. Sin embargo, el señor Kondo no es el único que manifiesta unas dinámicas eróticas fuera de lo convencional. En Japón se ha vendido con gran éxito cojines que imitan el regazo de una mujer o de un hombre para que sus compradores puedan vivir la ilusión de que están acompañados. 

Hasta aquí, pensaba que la virtualidad dotaba de un poder a la sexualidad para representar realidades eróticas singulares. Una en la que dos hombres sin el plano virtual nunca hubiesen realizado sus fantasías; otra, en la que ella fue el medio para difundir una tragedia que sucede en el plano físico y, la última, en la que la tecnología pareciera crear una relación sentimental que en un plano antagónico se revela como una ilusión. Ahora, comprendo que el sexo se asemejaba a las máscaras del teatro griego mas no por su capacidad representativa; sino por una función mucho más básica: la de esconder los rostros, ocultarlos para mostrar otra forma deseada. Por eso, el erotismo en la virtualidad es como ponerse una máscara con el fin de presentar una faceta que encubre la verdadera. Contar con la posibilidad de participar del erotismo sin exponerse como el doctor Bill en Eyes Wide Shut detrás de una máscara veneciana. Entonces, al pensar en las máscaras del sexo en espacios virtuales quedo con la sensación de que el erotismo, en ese plano, elimina la exteriorización del individuo, se transforma en una dinámica oculta y que presiento constituye nuestra verídica historia interior.

 

La UQ da la espalda al Quindío

Autor: Mario Cárdenas

Después de algunos años he vuelto a la Universidad como un estudiante que cumple trámites aplazados una década, un estudiante que veía clases virtuales antes de que fuera la norma. Después de todos esos años sin caminar por los senderos que unen las facultades, me detengo y observo una avería, varias, un error que parece de percepción, de construcción, un error que tiene que ver con el lugar donde está la universidad. El error deja en evidencia algo que ya no siento normal: la universidad pública está rodeada de unidades cerradas. La universidad es una de esas unidades cerradas con carros de alta gama en los bloques administrativos. La universidad, en este lugar, se parece a uno de los tantos conjuntos residenciales que están alrededor, que se han expandido como los monocultivos.

La universidad le da la espalda al departamento. ¿Cuál es la Armenia que vemos desde esta universidad? ¿Cómo está integrada la universidad pública a los territorios? ¿Qué ciudad tenemos y qué departamento es este? Un departamento fracturado que vive de las remesas y de los dineros del narcotráfico. ¿Cómo se sostiene la economía? ¿Qué sabemos de la colonia de calarqueños que vive en Londres y de la colonia de extranjeros que es dueña de Salento? ¿Qué tiene que ver esto con los índices de suicido?

La Universidad del Quindío es pública: lo público es de todos, para todos. Sin embargo, desde afuera y desde adentro parece una construcción privada, aséptica, sin integración al territorio. La Universidad parece que solo le perteneciera a unos pocos, como todas esas unidades privadas que la acompañan. Recuerdo algo leído en El asco, de Horacio Castellanos Moya. En uno de los tantos reclamos que hace el profesor Edgardo Vega dice: “No existe la carrera de historia, un país increíble, Moya, nadie puede estudiar historia porque no hay carrera de historia, y no hay carrera de historia porque a nadie le interesa la historia, es la verdad, me dijo Vega. Y todavía hay despistados que llaman “nación” a este sitio, un sinsentido, una estupidez que daría risa si no fuera por lo grotesco: cómo pueden llamar “nación” a un sitio poblado por individuos a los que no les interesa tener historia ni saber nada de su historia”.  

Igual pasa acá: no podemos estudiar historia porque esa carrera no existe en la Universidad. ¿Podremos tener un pregrado en historia o en sociología algún día o seguiremos aferrados a la idea de paisaje producida por el turismo? ¿Qué hay más allá de las representaciones del paisaje cultural cafetero? ¿Cuál es nuestro vínculo con la naturaleza de este paisaje? ¿Decorativa?

Desde afuera creen que este departamento es un reducto antioqueño y que su destino es ser una mala copia de Antioquia. Pero acaso, ¿este territorio, de tránsito, no está más cerca del Valle del Cauca? ¿Han notado lo cerca que estamos de Tuluá? ¿Por qué decimos chuspa en vez de bolsa y banana en lugar de confite? ¿Qué somos entonces? Hace años pasamos de ser una tierra de recolectores de café a ser un departamento que vive de otras cosas ¿Cuáles son? ¿Seguirá siendo la universidad un reducto para que charlatanes grecoquimabayas hagan parcelas acá con su superchería y sigan apoderándose de las aulas mientras ensanchan su coaching filosófico? ¿Tendrá esto que ver con el tipo de universidad pública que tenemos?


 

 

 



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