Inicio / Región / FEB 03 2020 / 5 meses antes

Reseñas y anécdotas de bacinillas y escupideras

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Autor : Roberto Restrepo

Reseñas y anécdotas de bacinillas y escupideras

 La bacinilla existió desde el siglo XIX, cuando entró junto con otros bienes de la cultura popular en el equipaje básico del colono o fundador de pueblos.

La lectura de textos sencillos y costumbristas, donde se encuentran las historias provinciales de antaño, es una de mis aficiones, porque ha permitido encontrarme con mis raíces y conocer la idiosincrasia del Quindío actual. En especial, recuerdo tres.  El libro ‘Pieza de Reblujo’ del publicista y administrador turístico John Jaramillo Ramírez.  ‘Quindío Histórico’ del autodidacta Alfonso Valencia Zapata.  Y ‘Así decían los abuelos 1920-1945’, de Lucía Restrepo González.  Jaramillo es un ameno escritor, miembro además de la Academia de Historia del Quindío.  Valencia, fallecido hace 20 años, fue el primer compilador de la historia provincial y un cronista versátil.  Restrepo es ceramista y profesora de Concordia, Antioquia y su libro es la mejor y más completa reseña de la vida de antaño en Medellín y la tierra paisa.

El libro de John Jaramillo es uno de mis preferidos.  Lo releeo y disfruto constantemente, porque encuentro en sus capítulos lo más castizo de nuestra identidad, en cuanto a las anécdotas e historias provinciales se refiere, sobre todo con relación a Armenia.  Mis capítulos más recorridos son ‘Lo que el tiempo se llevó’ —páginas 115 a 145—, ‘Las Beatas’ —páginas 63 a 66—, ‘Aquellos diciembres’ —páginas 209 a 221— y ‘María Jesús’ —Páginas 157 a 168—.

El último capítulo mencionado no se refiere a una mujer. Vaso de noche, maría jesús, panosa, cantora o mica son variados nombres utilizados para denominar la bacinilla, ese adminículo de esmalte fino que se utilizaba en la vida doméstica de esta región cafetera — y también de Colombia entera — para las necesidades fisiológicas de evacuación de orina y heces. Cantora y mica son los nombres más populares. Panosa es un juego lingüístico para significar coloquialmente “pa no salir de noche a orinar”, con el apócope de las tres primeras palabras.  En cambio, vaso de noche es el nombre más elegante y sofisticado, tan generalizado como que era el más apropiado para llamar, sin vergüenza y con pudor, al recipiente que ayudaba a evacuar nuestros apuros y afugias.  Se pronunciaba en el medio de una sociedad que prohibía aquellos nombres, porque se consideraba que su mención ofendía o laceraba el comportamiento ciudadano. Pero el término más curioso, maría jesús.

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La bacinilla

Fue la eterna compañera del menaje doméstico de la habitación o dormitorio.  Existió, desde el siglo XIX, cuando entró junto con otros bienes de la cultura popular en el equipaje básico del colono o fundador de pueblos. No era de esmalte sueco, como las que se importaron a principios del siglo XX y ya eran traídas en las mercaderías que transportaban los arrieros.  Su uso estaba destinado para las mujeres y los enfermos, porque el grueso de los habitantes hacía sus necesidades en el solar, en el rastrojo o en un hueco que tapaban con esterilla de guadua, hasta que se instalaron los “inodoros de hoyo”, primero y los escusados, después.  Estos eran pequeños cuartos donde el inodoro era de tubo extenso y se vaciaba el tanque de agua de su parte alta, halando una cadena.  Hace unos años, tal vez ocho, conocí uno en regular estado en el fondo del patio interior de una casa de bahareque en Montenegro.

Las familias humildes y campesinas, desde el principio de su asentamiento de colonización, fabricaban y utilizaban una bacinilla de madera, que tenía dos asas y que llamaban beque, el nombre que se le daba al orinal en los barcos de recorrido trasatlántico.  El beque o bacinilla se colocaba debajo de la cama, o también era guardada en un nochero o mesa de noche que estaba al lado del lecho.  Un ebanista famoso de Filandia, don Arcadio Arias, quien le talló los muebles a todas las familias pudientes del municipio, complacía a sus clientes elaborando los nocheros especiales para ese receptáculo, también en madera fina de comino crespo y nogal.

Sobre el beque, Jaramillo describe en su libro ‘El uso del humilde beque’: Hace más de 100 años, las necesidades fisiológicas se aliviaban “campiando” en el solar y con la ayuda de una hoja de rascadera.  Pero en la noche, ya era otro cantar y entonces no faltaba el ‘beque’ de higuerón o yarumo, que los campesinos traían a vender en el mercado semanal y tan mal labrados, que dieron origen al dicho de que “es más ordinario que un beque de yarumo”.  Como no se lavaban, en su interior se iba formando una capa de residuos amoniacales, el “berrinche”, pero que, a pesar de su olor, no precisamente a rosas, tenía propiedades medicinales, pues se consideraba como remedio infalible para el dolor de cabeza, encasquetarse como sombrero un beque bien berrinchudo”.
 


Las bacinillas se fabricaban en otros materiales, la porcelana, aunque eran más escasas.  Eran importadas desde Europa para venderlas en los almacenes de Armenia de las primeras décadas del siglo XX.  Como su tenencia era restringida, tenía que conseguirse prestada para los agasajos o para colocar en las habitaciones de personajes ilustres que llegaban a la ciudad.

La duración de las bacinillas era muy limitada. Generalmente se vencían o se formaban agujeros de corrosión en su base y ellas terminaban como materos de matas de jardín, como en efecto hoy se ven en el adorno tradicional de corredores de las casas campesinas.  Tampoco se olvidaban las algarabías de las micas, al hacerlas sonar, cuando la visita del novio se dilataba en la ventana de la casa, ya cerca de las 10 de la noche.  Y también se comenta la lluvia que recibían algunos serenateros no deseados, en las casas de los enamorados, a donde llegaban con canciones. Por la ventana, un bautizo de agua recogida, u orín de mica, era la respuesta.

Don Alfonso Valencia Zapata, en la primera edición de ‘Quindío histórico’, del año 1959, menciona la más graciosa anécdota de bacinilla, en la página 104:

Doña Arsenia Cardona viuda de Ocampo, fue en un tiempo la más leal compañera de Jesús María Ocampo, ‘Tigrero’, el fundador de Armenia.  Cierta vez Ocampo viajó a la capital del país y de allí le trajo como regalo a doña Arsenia dos elegantes vasos de noche.  Cuando recibió el presente de su marido, se encontraba en casa en compañía de algunas amigas.  Ante la belleza del regalo que venía a reemplazar los antiguos vasos de palo, la fundadora no aceptó que tan bello esmalte sirviera para menesteres comunes y le dijo a ‘Tigrero’:

Yo los guardaré, pero para ordeñar en ellos, tan bellos es imposible…”

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El escupidero

Un objeto emparentado con la bacinilla era la escupidera.  Ambas, de esmalte fino, no podían faltar en las casas de los abuelos.  La escupidera se colocaba al pie de las sillas de las salas elegantes, asientos y sofás, donde los fumadores de tabaco tenían que escupir después de cada chupada, pues hacerlo en el piso se consideraba de mala educación.  También se encontraban las escupideras en oficinas o en los corredores de las casas de bahareque.
 


Restrepo —página 28—, en la tercera edición de su libro, menciona lo siguiente:

Distribuidos en los corredores había escupideras, tarimas tendidas con cretonas, taburetes donde recibían las visitas y se aplastaban toda la tarde porque la señora era muy formal.

En algunas casas había una o más escupideras para trasladarlas de un lugar a otro según las necesidades.  En la década de los treinta, cuando un anciano fumador estaba de visita en la casa de sus amigos, amablemente la señora le acercó la escupidera cuando encendió el tabaco, pero él haciendo caso omiso de ella, escupió en el suelo. Pasaron luego al comedor y la señora le colocó cerca la escupidera, repitiendo su desagradable acción.  Un último intento fallido hizo la señora al volver a la sala, porque él le replicó: “Si sigue con la fregancia se la escupo”.

Hoy, bacinillas, escupideras, palanganas, patos, agua-maniles y otros recipientes de las necesidades privadas de las personas de antaño hacen parte de las colecciones de los museos. Recordándonos ello que tan nobles y deslizantes artículos de lámina fina fueron tan preciados como lo eran también otros objetos de aquellas épocas.  Más valorados por su ciclo de desecho de entonces y, por supuesto no tan contaminantes como los recursos sanitarios de hoy.  

¿Estaremos dispuestos los seres humanos a dejarnos acompañar de ellos otra vez?



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