Al descubierto / MAY 21 2020 / 2 weeks before

Ser misionero itinerante marcó la vida de monseñor Noel Antonio Londoño

Autor : Héctor Javier Barrera Palacio

 Ser misionero itinerante marcó la vida de monseñor Noel Antonio Londoño

Monseñor Noel Antonio Londoño Buitrago.

Este quindiano habló sobre su vida y algunos casos de pederastia en la iglesia católica. 

Hace 70 años que monseñor Noel Antonio Londoño Buitrago nació en Quimbaya, Quindío. Fue el 6 de agosto del 1949. Sus primeros pasos educativos, la primaria, los dio en la escuela General Santander de esta localidad, pero el bachillerato lo cursó en los colegios El Pilar, en Popayán, y en el San Clemente Hofbauer, en Manizales. 

Desde entonces, su vocación sacerdotal lo ha llevado a estar en otras ciudades de Colombia. Fue profesor de teología en la Universidad Católica de Manizales, en la San Buenaventura y en la Javeriana de Bogotá. 

Antes de eso fue ordenado sacerdote el 23 de noviembre de 1973 en la capital de Colombia. Después se fue para Roma, Italia, donde obtuvo un doctorado en teología de la Pontificia Universidad Gregoriana. El 13 de junio de 2013 fue nombrado por el papa Francisco como obispo de la diócesis de Jericó, Antioquia, donde llegan montones de peregrinos a visitar el santuario de la santa madre Laura Montoya. Sin embargo, solo se posesionó en ese cargo, que hasta hoy sigue ocupando, el 10 de agosto de ese mismo año. El religioso quindiano conversó con LA CRÓNICA sobre su trayectoria. 

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¿Qué recuerda de su infancia en Quimbaya?

Fui concebido en Filandia, donde vivían mis papás. Mis hermanos mayores sí son de ese municipio, pero mi familia se trasladó para Quimbaya en 1949, o sea que casi nazco en el camino.  Soy nacido y criado en Quimbaya, diagonal a la escuela Santander, ahora ahí hay un bar, pero anteriormente era una casa de familia y ahí vivieron mis padres. Yo estuve en Quimbaya hasta los 11 años porque después me fui para el seminario. Recuerdo el ambiente de pueblo pequeño, de gente campesina, de plaza de mercado, donde ahora queda la alcaldía. Eran muy sonadas las competencias de ciclismo, había varios equipos de fútbol aficionado. El ambiente era sencillo, pero se complicaba cuando había visitas de políticos en elecciones, porque se tensionaba con la puja que se vivía de los partidos políticos tradicionales, que eran muy marcados, pero no era muy violento el lugar como sí lo eran otras regiones. 

¿Qué lo llevó a inclinarse por el sacerdocio? 

En mi casa, 4 hermanos y 2 sobrinos somos sacerdotes, entonces yo expreso, por molestar, que las muchachas de mi pueblo eran como feonas en esa época. Me van a matar en Quimbaya. Simplemente es para decir que la familia era muy religiosa, muy espiritual, pero no era que tuviera ninguna amistad en particular con ningún sacerdote, sino que en mi hogar la oración del Rosario diario y la ida a la iglesia eran asuntos muy normales, nosotros crecimos en ese ambiente. 

Mi hermano mayor se fue para el seminario, después el párroco me dijo que si yo me quería ir al diocesano, que me ayudaba incluso económicamente, porque en mi casa éramos muchos, pero le dije que no, que yo no quería ser padre, si acaso padre de familia. En esa época tendría unos 9 años. Pero a los 11 años vino a la escuela un misionero redentorista y habló de los indios, de la selva, de las aventuras, de las misiones y preguntó: ¿Quién quiere ser misionero?  Yo levanté la mano. Eso fue algo no preparado, no diría que fue una revelación o una aventura, sino algo que estaba como en el corazón, pero que no había encontrado el momento para salir. 

Lo cierto es que nunca me sentí inclinado a ser sacerdote diocesano, porque no pensé en quedarme en el mismo sitio, como suele ocurrir. Yo soñaba con otro tipo de experiencia misionera. 

Usted ha sido profesor, rector, párroco de iglesia y ahora obispo de la diócesis de Jericó. ¿Cuál de esos cargos ha disfrutado más? 

Creo que ninguna de esas en el sentido de que antes fui misionero ambulante y esa parte lo marca a uno más. De hecho, de las experiencias que encontraba en esas misiones todavía conservo amistades, porque me hospedaba en sus casas, iba a predicar o cualquier otra actividad. En general, en cada sitio y labor me he sentido muy bien, nunca he dicho: me cansé, renuncio, me voy. Realmente uno llega, se ubica y dice acá me tiene Dios. 

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Ante escándalos con sacerdotes colombianos por supuestos casos de pederastia, ¿qué hacer para recuperar el prestigio de la Iglesia Católica?  

Lo primero es lamentar esos hechos que evidentemente son muy graves. La familia le brinda toda la confianza al sacerdote por confesión, por devoción espiritual, por catequesis, por lo que sea. Por otro lado, a veces creo que se agranda el problema, porque ese asunto es mucho más grave en los colegios públicos, escuelas deportivas y hasta en la fuerza pública. El ambiente es muy distinto, pero uno dice que basta un solo caso para que eso sea muy grave, pero sí creo que la gente tendría que decir que ya no puede confiar en los bomberos, en los técnicos de fútbol, en los profesores de gimnasia, en los maestros y en los policías. El lío es que eso es muy fregado y lo más grave es que el 80 % es en las mismas familias: un tío, un primo, el padrastro. Eso nadie se atreve a denunciarlo. Yo digo que está bien, saquemos los trapitos al sol de todos los curas, pero también de todos los que le mencioné. Por otro lado, todas las diócesis tienen la orden de tener un protocolo muy claro al respecto y cuando llega un caso, la persona es suspendida, incluso, sin pruebas, simplemente para empezar el estudio y verificar si existen evidencias, que es el caso del padre Carlos Yepes, que me parece que lo están martirizando innecesariamente, pero como hubo una denuncia, la diócesis tiene la obligación de suspenderlo inmediatamente ad cautelam, es decir mientras se investiga. Si descubren que es falso, vuelve al ministerio y si queda algo pendiente, pues tendrá que responder. 

 



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