Al descubierto / ABR 02 2020 / 1 month before

Una despensa de gratitud para nuestros campesinos

Autor : Héctor Javier Barrera Palacio

Una despensa de gratitud para nuestros campesinos

Los agricultores Luz Dary Zambrano Castillo y José Danilo Echeverry López compartieron su amabilidad y sus historias con los lectores de LA CRÓNICA.

Ahora no se pueden reunir los productores para recibir capacitaciones, como en el pasado, debido al COVID- 19.

 

Son las 11:30 a. m. del 1 de abril. El día está frío. Un equipo periodístico de LA CRÓNICA acaba de llegar a la granja La Romelia, a unos 15 minutos del casco urbano de Calarcá, escondida en lo alto de la montaña. Se respira un aire fresco y se siente ese olor a campo que alegra el alma. 

Tres perritos criollos reciben con un efusivo movimiento de cola a los visitantes. Las mascotas se muestran tan amigables como Luz Dary Zambrano Castillo, quien está a cargo de esa parcela que en el pasado fue propiedad del hospital de Calarcá. Hoy abarca unas 4 cuadras que equivalen a 3 hectáreas sembradas en su mayoría con plátano, un poco de café y que también cuenta con 7 estanques en los que cultivan mojarra roja y plateada. 

A ella la acompaña José Danilo Echeverry López, otro curtido agricultor que tiene una finca aledaña a la parcela de la mujer. Él cultiva lo mismo que ella, excepto los peces. Ambos llegaron a hacer vida a este territorio hace 10 años. 

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Mientras en las ciudades todo el mundo anda con tapabocas por temor a contagiarse de la pandemia, estos dos agricultores y sus ayudantes no lucen esas barreras ante el virus, tal vez porque no han llegado los clientes citadinos. 

El propósito de reunirlos en esa enorme sala de aquella propiedad, rodeada de sillas antiguas, de sofás, de libros, de semillas, de cachivaches viejos y de un gran tablero en el que los labriegos de la zona se reúnen a aprender del campo, era saber las afectaciones que el coronavirus ha tenido en sus rutinas como agricultores, pues mientras los ciudadanos obedientes están hoy encerrados en sus casas para respetar la cuarentena, estos labriegos no cesan su labor de abastecer las plazas de mercado con sus cultivos para que los citadinos tengamos un plato de comida en nuestras mesas. 

Son 4 los trabajadores que apoyan a Luz Dary y otros 4 a José Danilo en las labores de sembrado y venta de lo producido. “Cuando hay café son 7 u 8”, asegura él. 

Normalmente ellos distribuyen sus productos en los mercados de Armenia y Calarcá cada 15 o 20 días, cuando se movilizan en sus Willys. “Lo que pasa es que para uno nunca suben, así esté por las nubes allá. Eso hay plátano de Ecuador, de los Llanos, de Urabá”, se quejó José Danilo. 


Los problemas que les trajo el coronavirus

“Como no hay problema para sacar comida, él sale con el café y el plátano y lo vende. El problema es para traer cosas”, aseguró Luz Dary. Debido al pico y cédula solo pueden bajar una vez por semana a comprar el mercado para mantenerse abastecidos. “Va uno comprar y da rabia. ¡El sábado y domingo como estaba ese Calarcá, van a comprar un cigarrillo y una libra de panela en carro! ¿Acá que van a necesitar un carro para mercar? Yo llegué como estresado”, criticó José Danilo.  

En otras ocasiones los compradores los visitan. Según Luz Dary, ahí es cuando toman precauciones para no contagiarse porque no saben de dónde vienen ni con quién estuvieron esos clientes. “A todo el que llega le aplicamos alcohol en las manos y en los zapatos. Les pedimos que mantenga la distancia y que se coloquen los tapabocas”, cuenta esta mujer, quien es hermana de Didier Zambrano, conocido como el custodio de las semillas en el Quindío. 

“Nosotros damos acá a $400, $500 y hasta $600 el kilo de plátano, pero los que vienen a comprar le ponen el precio a uno y cuando lo revenden el que lleva las de perder es el pueblo, porque lo compran a $1.200 el kilo”, se lamentó Luz Dary, pero aseguró que, pese al daño que hacen los intermediarios, sus ingresos no han tenido mucha afectación porque los clientes tradicionales les siguen comprando.  

Añadió que, por ahora, la venta de peces la tiene quieta a pesar de que los estanques están llenos porque, debido a las restricciones de movilidad, no ha podido salir a Armenia a comprar el oxígeno que ellos necesitan para que los clientes los puedan movilizar vivos. 

Por otro lado, los mercados campesinos, que se hacían cada 15 días en la plaza Bolívar de la ‘Villa del Cacique’, ahora están suspendidos y esa era una buena vitrina y fuente de ingresos para ellos, por lo que plantean que una vez se supere la contingencia, el gobierno local les ayude a encontrar espacios en los barrios del municipio para promocionar sus productos. Según ellos, eso les ayudaría un poco a recuperar lo que han perdido en recursos en estos días extraños. 

Luz Dary reveló que unas 4 veces al año los instructores del Sena llegaban a ofrecerles cursos en el manejo de los cultivos y de los animales. Aquel era el momento propicio para reunir en su sala a todos los labriegos de la zona de 3 p. m. a 5 p. m. Todo eso, por ahora, está frenado, debido a las restricciones de reunir gente que impone el coronavirus. 

Lo dice mientras comparte con el equipo periodístico un café, que en el campo sabe a gloria porque es más puro, igual que el corazón de los campesinos, quienes siempre dan de lo que tienen para que el visitante se sienta como en su casa. 

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¿Qué pasaría si el coronavirus atacara a nuestros campesinos? Probablemente estarían en un hospital mientras los estantes de mercados permanecerían vacíos, igual que las mesas en las casas y los estómagos de los seres humanos. “Ahora nos ensalzan pero, cuando este virus pase, más de uno va a decir: ‘Esos montañeros hijuetantas’, se lamentó don José Danilo.  

A doña Luz Dary, a don José Danilo y a todos los campesinos les debemos una enorme despensa de gratitud por su valiosa labor. ¡Gracias!


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