Opinión / SEP 16 2020

Gracias, presidente

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Hay disímiles maneras de comprender y asumir representación política, responsabilidades administrativas o de gobierno. En el plano de la actitud emotiva, ética, de aptitud e inteligencia en el manejo de catástrofes, calamidades públicas, hechos imprevistos de especial relieve, existen funcionarios —pocos, la verdad— dispuestos al sacrificio de capitales electorales duramente obtenidos a través del tiempo, al momento de optar entre alternativas difíciles, muchas veces impopulares; otros, por desgracia la mayoría, anteponen el interés individual, el de sus allegados, el de la agrupación política que los cobija, al beneficio colectivo, en coyunturas de riesgo; en toma de decisiones socialmente trascendentes.

En cuanto a la comprensión de roles y obligaciones, de escenarios y momentos, según el perfil del cargo a desempeñar, versus el talante personal de quien lo ejerce, hay personas capaces de dominar, de modular sus rasgos de carácter, pasiones, apegos y fobias, reacciones espontáneas ante el contradictor, ante eventuales agresiones verbales o de hecho, en una tribuna, en una corporación pública, o en actos de gobierno. Los hay en cambio energúmenos, incapaces de moderación, siempre dando rienda suelta a la emotividad, de espaldas a la razón, al equilibrio, al respeto por los demás. Desde luego, además del genético, cuentan factores diversos en el comportamiento de un funcionario: formación académica y cultural, antecedentes, cómo entiende la función pública, qué fines persigue...

Cabe al respecto autointerrogarnos. ¿Qué clase de gobernantes requerimos o deseamos? Susceptibles como somos en muchas ocasiones al poder del histrionismo, pisamos fácilmente la cáscara del despliegue verbal, del gesto dramático, del berrido iconoclasta en el Congreso de la República, al momento de otorgar admiración o credibilidad, olvidando lecciones dolorosamente ignoradas: nunca la oratoria incendiada o mimetizada de serenidad, jamás la censura agria ni las agresivas alusiones en contra de adversarios, han anunciado buenos administradores públicos. No sobra revisar nuestra mediata historia parlamentaria, repleta de Nachos Vives, Santofimios, Cáceres, Morenos Rojas, y demás especies exóticas, para concluir en Petros, gritonas, etc., confirmando el aserto.

Un buen gobernante adopta la sobriedad, la serenidad, el equilibrio, como virtudes imprescindibles. Dejarse provocar por quienes no cuentan con estas en el haber personal, no debe caber en su talante de mujer u hombre de Estado. A las ofensas, oídos sordos, a los reclamos fundados, al clamor popular desprovisto de violencia, al consejo del experto, total atención. Es positiva actitud dejarle a los carroñeros de la política el aprovechamiento momentáneo de tragedias, relegando al olvido desaires e irrespetos de quienes carecen de estatura moral para confrontar crisis. Al presidente Duque, nuestra admiración y respeto. La manera como ha encarado, con la aprobación de las mayorías ciudadanas, la pandemia global, las secuelas en salud pública y en la caótica economía legada por su antecesor, merecen apoyo general, gratitud explícita. Algún día los contradictores de hoy tendrán que reconocer sus méritos. 


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