Lunes, 11 Nov,2019
Opinión / NOV 08 2019

Plantarle cara al miedo

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

La memoria de la piel no me falla al recordar la sensación de los sustos que vivimos de niños. El abuelo, campesino de Quebradanegra, contaba que su padre tenía temor de los cuatreros, tipos que venían con machetes y escopetas a robarse las vacas y las terneras. A veces, si el alcohol regurgitaba en los vasos de su cuerpo, podían violar a las niñas y señoras. 

Después de 1936, contaba él, los campos de Colombia ya vivían el principio de la violencia que luego se denominó la guerra civil de 1948, esa confrontación de los partidos tradicionales, que minó la esperanza de nuestros antepasados. Mi padre, en la Virginia, en Calarcá, alguna vez fue asaltado en el camino a La Paloma por una cuadrilla que, frente a sus ojos, descuartizó a un hermano menor suyo. Lo desguazaron, como si le arrancaran las plumas a una tórtola del bosque.

Mi papá siempre tuvo miedo, y solo encontró un poco de sosiego cuando vino a vivir al caserío. Después, cuando tuvo un trabajo en Armenia, y había elecciones, pensaba en cómo mantener su cargo nimio dentro de una nómina que debía ser paritaria, como la habían pactado los Lleras y Laureano, para hacerse pasito en Bogotá, y poder repartirse desde ese día, en partes iguales, el botín.

Como nunca tuvimos casa propia, siempre temimos, en la noche, el desalojo. Cuando ya fuimos a la escuela, a la General Santander o a la Valle del Cauca, con mis hermanos, allá nos esperaban, pacientes y relamidos, profesores con regla en mano, que combatían nuestras ocurrencias. 

Había casi siempre un castigo inminente, una culpa a remediar, una deuda a saldar, desde antes de nacer, y que alguien, un prefecto de disciplina, una tía, un vecino, un propietario, un recién llegado, un policía, o un matón de la cuadra, nos cobraba sin remedio.

Había en el ambiente, en el entorno, una brutalidad que nos rondaba.

Cuando crecimos, a duras penas, el miedo ya era el comunismo de Fidel, de la Unión Soviética, o la escasez de dinero para ir a la Universidad. Daba desazón salir a la calle. Cuando estudié en la Universidad, ya la incertidumbre era no tener un pasaje, un libro o que uno pudiera ser confundido con un socialista, de esos que vienen pidiendo, desde hace siglos, que la tierra es de quien la trabaja, y no solo de sujetos obesos y crueles que mandan desde oficinas blindadas.

Cuando viví en Bogotá, el miedo estaba cifrado en las bombas que nos mandaba la mafia desde Medellín, el atraco callejero o que nos descubrieran, a vuelo de ojo, el musgo traído — la ingenuidad — de las montañas. Éramos, somos aún, desplazados en un país ajeno que suponíamos —en tiempo de suposiciones o supositorios — nuestro.

Ahora nos da pavor el gobierno de turno. No sabemos qué retaliación trae entre manos, en sus decisiones, o porque vivimos o pensamos o porque caminamos en dirección contraria a los bancos, a las cajas registradora de sus ansiedades.

Los terrores se han juntado todos en la faltriquera de nuestros sueños. Se convierten en pesadillas, cercanas, que nos hacen dormir con un ojo abierto.

El 21 de noviembre, todos los colombianos, excepto los intermediarios del miedo, debemos protestar contra los omnímodos poderes de un Estado, de un establecimiento, que nos quiere acoquinar de por vida.


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