Opinión / MAR 26 2020

Un bisturí

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Tarda uno muchos calendarios en comprender la implacable lógica de Perogrullo. Sin aspavientos, Marsh recuerda cuán a menudo la esperanza —la porfía de seguir siendo— nos transforma en tontos solemnes. La sabiduría —la profunda, dolorosa— se conquista al aceptar “que las cosas malas suceden y los milagros nunca se producen”.

En la vida del amante-yonqui de las letras llega un momento —supongo— en el que casi nada de lo leído en el presente produce ese temblor eléctrico, ese espasmo de músculo y alma, gozados antaño frente a una línea, un verso, una carilla. A lo mejor el envejecimiento consista en hacer las paces con los lugares comunes de la sabiduría popular —el tiempo y el texto pasados fueron mejores...—. Tal vez todo lector descubra, aun a costa suya, la iluminadora certeza de la anomalía del arte. Antes las cosas —los poemas, las novelas, los libretos— eran hermosamente nuevas. Ahora, por el contrario, son pálidos facsímiles. El ojo se fatiga, el olfato se cansa: lo inédito se parece a lo viejo. Por ello, cuando entre ese Everest de novedades editoriales, se encuentra uno un libro punzante, rotundo, la urgencia de glosarlo se impone, así pocos presten atención. Ante todo no hagas daño, la primera entrega de las memorias del neurocirujano inglés Henry Marsh, constituye un bello tour de forcé en verdades que bien vale la pena no perder de
vista.

A lo largo de las 350 páginas del volumen, Marsh insiste una y otra y otra vez en el carácter azaroso de la medicina y, a la postre, de la vida. La experiencia —para algo deben servir las millas acumuladas— lo ha conducido a la conclusión de que los médicos en pocas ocasiones tienen el control sobre el éxito o el fracaso de un tratamiento. Lejos de concebir al oficio de galeno como una ciencia o un arte, lo considera una artesanía práctica, lograda a un altísimo precio. ¿Cuánto falla un clínico antes de dar en el blanco?

Marsh recuerda lo evidente: cuando la carne nos lleva al borde de la tumba, nuestro destino descansa en las manos falibles de hombres normales, no en las de Dios. No obstante, saberlo —y aquí brilla la magia —, al ingresar en un hospital, con el corazón estrujado, esperamos que quien se acerque a la camilla nos libere de la incertidumbre y posea el don de la infalibilidad. Los tiros van por otro lado: si el encargado de leer las placas de rayos x tuvo un mal rato —la esposa le sirvió frío el desayuno, el vecino lo puteó por no sacar la basura o los mil deslices cotidianos más—, quizá no se percate de la leve mancha en el pulmón, de la fisura capaz de poner en jaque el edificio humano. A fin de cuentas —dan fe los médicos y los santos— la palabra frágil define con justicia al Homo sapiens.

Tarda uno muchos calendarios en comprender la implacable lógica de Perogrullo. Sin aspavientos, Marsh recuerda cuán a menudo la esperanza —la porfía de seguir siendo— nos transforma en tontos solemnes. La sabiduría —la profunda, dolorosa— se conquista al aceptar “que las cosas malas suceden y los milagros nunca se producen” (pág. 316). Al final del día —la hora de los balances—, la identidad de cada uno es el resultado de una compleja interacción electroquímica de millones de neuronas. Ni más, ni menos. Un parpadeo —un virus, un aneurisma— desencadena el colapso.


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