Editorial / JUN 02 2020

Cortar la respiración

La rodilla del oficial de policía estadounidense detuvo la respiración del afrodescendiente George Floyd e impulsó una protesta de proporciones mayores en el país del norte.

Cortar la respiración

Cientos de manifestantes reclaman en diferentes partes de Estados Unidos por la muerte del ciudadano norteamericano. Las protestas, como también suele suceder en Colombia y en muchas partes del mundo, están acompañadas de saqueos a locales comerciales y excesos que nada tienen que ver con lo que motiva el malestar colectivo y la reclamación. Aunque la conducta de los manifestantes también supone una indignación colectiva por tantos hechos punibles presuntamente racistas, también demuestra que la ira aflora en su máxima y peor condición cuando lleva años cocinándose en una olla a la que le faltó agregarle diálogo y voluntad estatal para escuchar y respetar el clamor y los derechos de todos.

La protesta tiende a desdibujarse, como cualquier discusión personal, laboral o familiar, cuando se antepone la violencia a la exposición de los motivos. Tanto la protesta como lo que origina la misma, corren el riesgo de ser igualmente nocivas si terminan pareciéndose en que pasan por alto un acto tan sencillo como natural y necesario: exponer, escuchar y controvertir. 

El estrangulamiento de Floyd, aparentemente, tuvo su origen en un billete falso de veinte dólares. Al sitio acudieron los policías y con algo de fanatismo, según se muestra en el video y lo han narrado varios de los testigos presenciales del hecho, terminaron ahogando al afrodescendiente antes de que este tuviera derecho a dar su versión de los hechos. A la víctima solo se le escuchó decir en varias oportunidades que no podía respirar. 

Los nueve minutos que duró el policía presionando su rodilla izquierda contra el cuello y la cabeza del presunto infractor ahogaron no solo la vida de Floyd sino la posibilidad de hablar y hacer uso de su legítimo derecho a la defensa. La fuerza, o se concentra en golpear o se utiliza para razonar. Lo que ha ocurrido después ha sido una sucesión de hechos pacíficos de protesta y también de diferentes actos de vandalismo protagonizados por personas que, como el oficial Derek Chauvin, tampoco quisieron escuchar. En contraste, los abrazos entre personas dolidas por el asesinato de Floyd y un grupo de policías norteamericanos que de rodillas ofrecieron excusas en nombre de la institución a la que pertenece el hombre que acabó con la vida del afrodescendiente.

A eso también se acostumbró la especie humana. Al grito, a la violencia física, a la amenaza y al chantaje para exigir sus derechos o para simplemente expresar que no está de acuerdo con algo por simple que sea. La herencia de aquellos padres negando sistemáticamente el derecho a sus hijos de hacer uso de algo tan personal, sagrado e inviolable como expresarse, no ha desaparecido. Esa forma anacrónica de imponer autoridad mediante la agresividad o el castigo circula por todas partes.

La autoridad con violencia desmedida empleada por el policía norteamericano ante una persona desarmada, la destrucción de los manifestantes a locales comerciales formales que generan empleo y mueven la economía, la fuerza desproporcionada usada por algunos policías en Colombia contra un anciano, el chantaje emocional de un jefe a los subordinados, el golpe del padre al hijo que manifiesta su inconformidad ante un injustificado castigo, los gritos y hasta puños entre legisladores y la insultada de una periodista en pleno programa de radio a un vocero del presidente de Colombia, terminan pareciéndose porque niegan el diálogo, ignoran la explicación y cortan la respiración.

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