Al descubierto / AGOSTO 17 DE 2020 / 10 meses antes

El Castillo en el que no viven reyes sino rebuscadores

Autor : Héctor Javier Barrera Palacio

El Castillo en el que no viven reyes sino rebuscadores

En la imagen, la venezolana Dayana Villalobos, el inquilino Jairo Antonio Orozco Suárez, el ingreso a uno de los bloques del inquilinato y un pequeño panorama del interior del sitio.

Aunque los residentes del lugar son personas de bien, también se han colado algunos delincuentes.

Para entrar al inquilinato El Castillo, en el centro de Armenia, hay que bajar unas escalas, lo cual si se analiza bien, no es un detalle menor, sino un símil de las vidas de sus inquilinos, pues quienes llegan allí son personas cuyos pasos casi siempre caen en abismos profundos que les plantea el devenir. El estrecho pasillo de ingreso parece llevar a una especie de socavón, a una mina subterránea o, quizás, a un infierno terrenal. A medida que se avanza, se observan paredes y puertas derruidas.

Da la impresión de estar caminando por los pasillos de una cárcel en los que cada habitación es como una pequeña celda, pero con la diferencia de que acá no se impide la libertad con rejas, aunque sí se usan cortinas en lugar de puertas para que, como en las prisiones, lo que pase adentro se quede adentro o, quizás, para que el vecino no les vea esa precariedad, que no es más que un reflejo al que también parecen estar condenados los 180 residentes de este sitio. 

El 70 % de los habitantes del lugar son ciudadanos venezolanos, que se vieron obligados a abandonar su país por las complejas condiciones políticas, sociales y económicas. El otro 30 % de los lugareños son colombianos de distintas partes del país. Todos viven del diario, del rebusque, si hoy no trabajan mañana no comen. Gente que si le va bien en la ciudad, se queda, de lo contrario busca ‘cariñitos monetarios’ en otro sitio. 

“Como pueden estar 15 días, su estadía puede durar meses o años”, aseguró Helman Velasco, administrador de El Castillo. 

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Hay de todos los colores y sabores 

Velasco añadió que este es, quizás, el inquilinato más grande de Armenia y que entre la población que allí pernocta hay peones de fincas, electricistas, vendedores callejeros de frutas, verduras y de tintos; obreros de la construcción y toderos de la vida. En los pasillos de esta edificación, compuesta por 2 enormes bloques de 6 pisos cada uno, de los cuales 4 son subterráneos, se mezclan seres que viven su vida y dejan vivir a los demás, como también hay personas indeseadas, que son como esos dolores de cabeza constantes: con el tiempo se vuelven migrañas crónicas porque no permiten existir en paz. 

“Son problemáticos, disociadores, no cumplen las normas, llegan por las noches a poner música y a hablar duro para perturbar el sueño de los que tienen que madrugar al día siguiente a trabajar”, reveló Velasco.

 Contrario a eso, Jairo Antonio Orozco Suárez, un vendedor de frutas y verduras de la Placita Campesina de Armenia, quien lleva 3 años en una de las 60 habitaciones que tiene el inquilinato, aseguró que hay venezolanos que se encierran a hacer sus cosas y son como los politiqueros después de ganar un cargo de elección popular: no se sienten. 

Al fin de cuentas vivir en un inquilinato de esta magnitud es como hacer parte de un gremio de profesores, sacerdotes, médicos, periodistas o abogados: hay mucha gente buena, pero nunca faltará la manzana podrida: el que se va sin pagar los $130.000 o $190.000 que puede valer el alquiler de un cuarto por mes, el que se niega a hacer aseo o el que vive de cualquier manera sin importarle el perjuicio que le pueda ocasionar a los demás.  

A Velasco le ha tocado lidiar con esos vaivenes que dejan la labor de alquilar espacios para medio vivir y ahora se mantiene muy mosca para que los inquilinos no le vayan a meter ‘gato por liebre’ y conviertan el inquilinato en una ‘olla’ para vender o consumir estupefacientes, en un motel o en una guarida de la delincuencia, como ya le pasó hace 5 años. 

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Una ‘viajera’, pero de los bajos mundos fue su inquilin

El hombre reveló que cierto día llegó una joven muy atractiva buscando una habitación y dijo que solo venía cada 15 días porque se la pasaba viajando con la pareja, ya que era un conductor de tractocamión. La mujer ocupó el sitio, pero pasaron más de 15 días y nada que regresaba. A los 20 días llegaron al inquilinato El Castillo 4 hombres y se le presentaron a Velasco como agentes de la Dijín de Cali. 

Le preguntaron por el número exacto de la habitación de ella. Hasta ese momento Velasco ignoraba el motivo de la presencia de los investigadores. Ellos le pidieron permiso para ingresar, pero al llegar al cuarto de la dama hallaron la puerta con candado, por lo que lo partieron. Una vez irrumpieron en esa morada deshabitada se encontraron, en presencia de Velasco, con varias maletas en las que había bazuco, cocaína y marihuana. Además, 2 pistolas, 2 subfusiles Uzi y 3 revólveres. Fue un hallazgo que dejó aterrado al administrador del lugar. 

Estando allí, Velasco se enteró de que los uniformados tenían detenida a la mujer y que les había dicho la ubicación de la mencionada mercancía que pertenecía a Los Rastrojos. Aquel hecho fue fortuito, pero Velasco aseguró ha sido lo más maluco que le ha pasado en el tiempo que lleva administrando el inquilinato.

Las experiencias van moldeando el carácter de quienes las viven y eso que pasó volvió a Velasco un hombre del tipo ‘ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre’, pues hoy trata a los arrendatarios con respeto y con cautela, pero cuando tiene que decir las cosas lo hace, según él, sin titubear para no volver a tener sorpresas de ese tipo o hasta peores. 

Dayana Villalobos, una venezolana de 26 años, lleva un año y medio viviendo junto con su esposo, su mamá y 4 pequeños en uno de los 8 apartamentos que posee el inquilinato El Castillo. Este cuenta con 2 cuartos, un baño, una cocina y la sala. 

Ella reveló que escogió este sitio por lo céntrico y por lo barato, pues allí sobreviven algo estrechos, pero seguros y pagan $350.000 mensuales de arriendo. Para poder hacerlo vende productos por catálogo y su esposo se rebusca la vida en un chalet en zona rural de Circasia. Él viene una vez por semana a visitarlos. Antes de llegar a El Castillo ella estudiaba ingeniería de petróleos en su país. 

A pesar de que allá también se rebuscaba la vida en panaderías, arreglando uñas o lo que le tocara, debió abandonar la carrera porque los ingresos no le daban. Lo preocupante es que ella y su familia se vinieron para un municipio en el que en el empleo, como en el inquilinato: no hay cama para tanta gente. 



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