Al descubierto / JUNIO 25 DE 2021 / 1 año antes

Paisaje Cultural Cafetero a ‘lo Criollo’

Autor : Diana Carolina Betancurth C. y John Jolmes Cardona Núñez

Paisaje Cultural Cafetero a ‘lo Criollo’

A la gente de la ciudad que aprendan a valorar más a los campesinos porque sin nosotros no hay alimentos, si no hay agricultura cómo viven los de la ciudad,”. Román Criollo Ortiz

Una familia caficultora, que saca cada mañana sus cargas a lomo de mula, de una escarpada finca en la vereda Los Sauces de Buenavista, aconsejó a los quindianos para que aprendan a valorar a los campesinos y su labor, pues para ella reza el dicho: “sin campo no hay ciudad”. 


En la finca ‘El Encuentro’, en Buenavista, y bajo el cálido techo que levantaron Román y Luz Mireya, se encuentra toda una estirpe de corazón cafetero: en medio de cafetales y textos Yeison, el primogénito y estudiante de filosofía,  reflexiona sobre la vida. Mientras Yuliana, la segunda hija de este hogar, observa  la vida y los procesos, motivada por las cátedras de biología que recibe en la universidad. Junto a ellos, Dídier, Ángela y Linda Lucía, los hermanos menores, se pasean por las cuadras de una tierra que hoy conserva su aroma a tierra y que sin dudarlo es el vivo ejemplo de lo que es el Paisaje Cultural Cafetero.

Los Sauces es el nombre de la vereda enclavada en la cordillera Central, parte de la declaratoria del patrimonio de la humanidad, y es donde vive esta familia que se ha sostenido a ‘lomo de mula’. Así lo dice Román Criollo Ortiz, un campesino y orgulloso caficultor, ha logrado ir “pa’lante” en una época en la que muchos menosprecian a los labriegos y reniegan porque el “campo ya no da nada”.

“Yo escucho a mucha gente del campo decir que la finca no sirve para nada y nosotros estamos criando a la familia y tenemos dos universitarios, y ahí van los otros tres pa’lante y todavía no se han llegado a acostar con hambre, o todavía no se les ha entrado el agua en la cama donde se acuestan…”, asegura Luz Mireya Parra, la esposa y mano derecha de Román, con quien ha criado a toda la muchachada.

Aferrada a la tierra de la agreste montaña, esta familia caficultora reconoce que el campo les da todo. “Dependemos de este pedacito de tierra porque no tenemos ninguna otra entrada, no tenemos sueldos ni pensiones, y mis hijos todavía no trabajan para generar ingresos porque aún están estudiando y ahí van todos”, confiesa esta mamá, quien además de ser el complemento para Román, lo apoya en las labores de la finca.

A las 5:30 a. m. y con sagrada puntualidad, Román inicia sus tareas, que van desde preparar aguapanela para el café, hasta cuidar los cafetales, el plátano, inspeccionar que no haya plagas y asistir a su compañero de jornada, canelo, un caballo que lo acompaña hace más de 5 años, y que le facilita el transporte de los productos que saca de su tierra y a ingresar los abonos y mercado, que trae a casa cada día de remesa. 

Son más de 30 minutos a pie desde ‘El Encuentro’, por un camino de herradura, hasta el casco urbano de Buenavista, sitio en el que compra y comercializa lo que requiere, y en donde muestra con satisfacción que “es un campesino, campesino”.

Román y Luz Mireya, Los Criollo, testifican con ímpetu que el campo no progresa es por la mentalidad de quienes se hacen, en ocasiones, llamar campesinos. “Yo digo que lo que más afecta al campo ni siquiera es el Estado ni los paros ni los problemas, lo que más afecta es la mentalidad de la persona y en sí del campesino… Hablamos mucho del campesino, pero el campesino de hoy en día vive en la ciudad y le mete administrador a la finca para que haga lo que quiera y ni siquiera se da cuenta de qué es lo que hace. El campesino, campesino, debe estar en su propiedad y en su finca manejando su terreno”, opina ella como reprochando a los que se avergüenzan de sus raíces.

En ‘El Encuentro’ hay café, plátano, cítricos y frutales, cultivos tradicionales en este territorio, por lo que advierten que han llegado muchas personas del extranjero para adquirir fincas del sector, solo para arrasar con las plantaciones, en especial con los cafetales para construir chalés. 

“No sabemos mucho del Paisaje Cultural Cafetero, pero eso no es que haya unos palos de café, sino que debe haber reservas para proteger especies, que la cultura esté viva y la tradición, la antigüedad, y lo cafetero, pues debe haber café o si no esto no tiene ningún sentido. Si no hay esas cosas no es PCC y en nuestra finca las hay, porque aquí hay paisaje, cultura, café y familia”, asiente Luz Mireya,  con la autoridad que le dan sus tantos abriles vividos rodeada de cafetos, tolvas, despulpadoras y bultos de café, además de sus 5 hijos, quienes aman su condición de campesinos.

La nostalgia desciende de la montaña y se apodera de la mirada del par de caficultores, quienes sentados en su evocadora cocina lamentan que ya el “campesino es de ciudad”. “Se está dejando de ser netamente campesino de la tierra para sentirse campesino de ciudad, viniendo solo a ver qué me deja la tierra, y dicen que les toca es meterle antes y que la finca no da, y la finca sí da, pero la tiene que trabajar uno mismo, uno es el que debe ser el trabajador de su propia tierra, eso es lo que está afectando al campo”, insisten los labriegos al reconocer que no hacen falta ayudas, pues algunos se aprovechan y las venden.

Los Criollos no se quejan, porque dicen que no hay motivo en este momento, tanto que el precio del grano ha estado favorable, pero que sí se presentan perjuicios por los paros, porque se dificulta el sacar los productos y entrar los abonos. “Pedimos es que no hayan interferencias, porque ayudas llegan muchas, eso de que no llegan es mentira y aquí lo puedo decir, a uno lo ayudan con muchas cosas, pero hay mucha gente del campo que vende lo que le llega, le dan una máquina, y la venden; le dan un bulto de abono y lo venden, a toda hora esperan que les den, que les den… ¡No!, es que la obligación de la familia es de uno, no del Estado ni del alcalde, eso es lo que afecta al campo, la mentalidad de la gente”.

Y es quizás ese tesón por salir adelante como familia, el que inspira a Román, Luz Mireya, Yeison, Yuliana, Dídier, Ángela y Linda Lucía, a dar gracias por ser agricultores, porque rezan a una sola voz que “sin campo no hay ciudad”. 

En el calendario de Los Criollo no estará señalado el día cuando se elevó el suelo que ellos pisan y cultivan, como bien de la humanidad, sin embargo, en ‘El Encuentro’ la tradición del café se respira, con el verde paisaje, la indomable ruta para llegar y con cada planta sembrada y ladrillo que ellos han puesto para proteger su patrimonio y descendencia. Solo queda, aprender a valorarlos.

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