Al descubierto / DICIEMBRE 14 DE 2020 / 10 meses antes

Relatos desde Villa Cristina

Autor : Ernesto Acero Martínez

Relatos desde Villa Cristina

Cada microhistoria lleva al lector a un mundo agobiante en el que nunca falta una dosis de esperanza.

22 mujeres decidieron, libremente, que cualquiera pudiera entrar a sus vidas para que las juzgaran por lo que habían hecho, para que las criticaran por lo que habían dejado de hacer, para imaginarlas físicamente, para dudar de cada hecho por ellas narrado, para hurgar en su dolor, para provocar lástima e indulgencia o para que las volvieran a condenar. Se atrevieron a contar una parte de su pasado, catarsis que sana y las pone más cerca de la paz que necesitarán tener cuando vuelvan a decidir a qué hora levantarse, qué comer, si se bañan o no y cuántas horas dormir.

A Jesica Paola, Ángela Marcela, Lilia, Lizeth, Luz Miriam, Nasly Yulisa, Jessica Natalia, Susana, Yessica, Angélica, Diana Carolina, Diana, Elizabeth, Érika Jhoana, Génesis Yulitza, Jennifer Andrea, Katherin, Yina Marcela, Deisy, Martha Elena, Maura Tatiana, las ayudaron a huir, no una sino varias veces, del centro de reclusión de mujeres Villa Cristina en donde han pasado los últimos meses de sus vidas y, fruto de esas escapadas mentales, se imprimió el libro Voces de Libertad, letras que toman vida. Los cómplices de esta sanadora aventura son doce jóvenes profesionales que con el apoyo de Mincultura y teniendo como aliados a Tatiana Jiménez, Leonardo Yepes y Beatriz Eugenia Restrepo, les dieron alas dieron a un puñado de mujeres para que se vuelvan, ojalá, adictas a la lectura y la escritura.

Las 22 nóveles escritoras salieron sin permiso de la directora de Villa Cristina, sin que las requisara la guardia, sin tener que mostrar un oficio de un juez, sin portar un brazalete electrónico ni excusadas por un procedimiento médico, y sin haber terminado de pagar por lo que hicieron, salieron porque al escribir la mente vuela y no hay reja que la detenga. Se asomaron a esos días de infancia en los que caminaban y jugaban sin ninguna culpa a cuestas, también volvieron a esos días adolescentes en los que el pecado las acompañaba a dormir, a bañarse y comer.

Seguramente hubo lágrimas al evocar lo obligado para escribir lo necesario. Solo en la página 100 del libro aparece un reclamo, en el resto del bond impreso en azul bronce hay aceptación de los errores, ninguna armó frases para pedir perdón, ninguna se siente heroína. En ninguna de las 175 páginas del libro se advierte rabia o venganza, eso es lo más conmovedor de los 22 relatos escritos por las mujeres que hoy siguen privadas de la libertad. 

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En Voces de Libertad el sustantivo amor se repite tanto como el nombre propio Dios. Ningún relato termina sin que haya mención a la madre o a los hijos,  todas creen que tienen todavía mucho por hacer, admiten que el tiempo lejos de sus familias les enseñó a valorarlas, lo único que sueñan es que no se les haga muy tarde para el reencuentro con quienes hacen parte de los pocos momentos gratos que han vivido. 

La ilusión sigue en ellas, condenada pero con permisos para ir y venir del edificio vigilado a la hora que quiera. Una de ellas ama la cocina y quiere dedicarse a eso cuando recobre su libertad, otras quieren terminar de acompañar el crecimiento de sus hijos, para varias el reencuentro con sus madres será la prioridad y a algunas les corresponderá la difícil tarea de reeducar a quienes llevan su sangre y apellido y por acción u omisión empujaron al delito. 

Después de pasar por varios talleres de lectura y escritura, en desarrollo de un proyecto realizado por la fundación Voces Líderes Colombia, las mujeres detenidas físicamente en Villa Cristina se aventuraron a contar, en pocas líneas cada una, de manera simple, la compleja cotidianidad que las llevó a cruzar la gran puerta azul de la calle 50. Lo más seguro es que el lector, al final de cada microhistoria, sienta tanta curiosidad como entusiasmo de conocer otro pedazo de esa vida que dejó en el papel, sin mezquindad, cada interna.

Los títulos de cada relato seducen al lector, son en sí, cada uno, una microhistoria. Cada texto es redondo, no quedan cabos sueltos, en pocos renglones cada una resume lo que parecieran ser los pasajes más importantes de sus vidas y eso, precisamente, es lo inquietante. No hay palabras rebuscadas, no hay frases prefabricadas, no hay metáforas empalagosas, también por eso el libro atrapa. Debido a la habilidad que cada autora tuvo para dibujar con palabras lo que ha sido una parte de su vida, logra convertir al lector en un espectador.

Resulta inevitable hacer varias pausas durante la lectura del libro Voces de Libertad para poder masticar algunas frases escritas por ellas con el alma, crudas y lapidarias. Verbigracia “… empecé a vender drogas para no vender mi cuerpo…”, “… abrirles la puerta de la delincuencia a mis hijos…”, “… sientes de todo y al final nada…”, “… ahí volví a llenar mis ojos de dolor…”.

 



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