Ciencia y Tecnologí­a / ENERO 24 DE 2021 / 1 mes antes

La paz: ¿Un sueño inalcanzable?

Autor : Diego Arias Serna

La paz: ¿Un sueño inalcanzable?

Una mirada sesgada, centrada en la retórica que imputaba las violencias pasadas y futuras del narcotráfico, dio argumentos a los enemigos de la paz, para gradualmente hacer trizas los acuerdos de La Habana.

Superar el conflicto armado es una oportunidad para hacer lo que no se ha hecho en 70 años de guerra. Las nuevas generaciones necesitan tener esa esperanza.  

Ante tantos episodios de violencia en Colombia y los varios intentos para conseguir la paz, es apenas natural dudar de la nueva opción del Acuerdo de Paz, que arrancó en 2016 en el gobierno de Juan Manuel Santos. Tal deseo ha sido añorado por muchos sectores que han padecido ese flagelo, de manera directa o indirecta. Pero da la impresión de que hay fuerzas interesadas en que el país no arribe al puerto de olas tranquilas para que desembarque el bienestar para la mayoría de la población del campo y la ciudad.

Para respaldar las dudas acerca de las posibilidades reales de paz, presentaré algunas afirmaciones y planteamientos del profesor e investigador Francisco Gutiérrez Sanín, en su libro: ¿Un nuevo ciclo de la guerra en Colombia? El primer tiraje tuvo lugar en noviembre pasado por parte de la editorial Debate. El autor es antropólogo con maestría y doctorado en ciencias políticas, profesor del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la universidad Nacional de Colombia, columnista de El Espectador, así como profesor visitante en el London School of Economics, Yale y La Sorbona, entre otras universidades. 

Como expresa en la contraportada, si bien la firma del Acuerdo de Paz con las Farc marcó un punto de inflexión en la inercia de la guerra contrainsurgente, su implementación hace agua por todas partes. Los hechos violentos y el registro de fenómenos asociados a ellos son cada vez más frecuentes y los medios de comunicación empiezan a nombrar esa realidad política, aún confusa y dispersa, como la nueva violencia. ¿Estamos en un periodo de transición?, ¿entramos en una tercera fase de la guerra en Colombia? 

El referido académico propone salidas a estas preguntas de fondo y, con la esperanza de preservar lo que todavía se puede, presenta los peligros que enfrenta el país si persiste el incumplimiento de lo acordado. Otra ilusión que podría estar despertándose, es el cambio de gobierno que se dio el 20 de enero en la Casa Blanca, con la salida del xenófobo, racista, intolerante y nacionalista blanco, Donald Trump y la llegada de Joe Biden, un demócrata que ya planteó el retorno de EE.UU. a la Organización Mundial de la Salud y su compromiso con el Acuerdo de París para frenar el cambio climático, resarciendo dos de los daños de Trump. 

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El Acuerdo de Paz se incumplió  

Así mismo, puede ser una esperanza lo sucedido el pasado 21 de enero cuando ante el Consejo de Seguridad de la ONU, la canciller de Colombia, Claudia Blum, afirmó: “La paz es un compromiso indeclinable de Iván Duque”. ¿Acaso será porque ya no tienen el respaldo del desfigurado Trump? Alimenta esa ilusión la posición del secretario general de la ONU, António Guterres, quien exhortó a ambas partes implicadas en el Acuerdo de Paz: el gobierno y las Farc, a que trabajen juntos para proteger logros alcanzados y acelerar en los puntos pendientes. 

Recordemos que este 2021 es el quinto de lo 15 años previstos para la implementación del Acuerdo de Paz en su totalidad. Siguiendo con texto, Gutiérrez, y para animar a quienes acostumbran hacerle seguimiento a este espacio dominical –para que también lo lean– presento el resumen de su contenido que está en la introducción del mismo: “El primer capítulo fija los conceptos e ilustra la idea de los ciclos de violencia. El segundo provee una argumentación detallada sobre el hecho de que sí estuvimos en guerra, y que eso tiene consecuencias.

“El tercero explica por qué cree que el Acuerdo de Paz se incumplió masivamente. El cuarto se concentra en las consecuencias que dicho incumplimiento puede tener. El quinto considera un contrargumento clave: Colombia ha cambiado mucho en estas décadas, y en muchos sentidos para bien. Pero, argumenta el sexto, el contexto se ha deteriorado sustancialmente. Más aún, está la feroz oposición uribista –de la que es inevitable hablar– que ha ido gradualmente destruyendo, o “haciendo trizas” según su propia expresión, el acuerdo –séptimo capítulo–”.

Finaliza así el resumen: “El octavo, de alguna manera, reúne los factores positivos y negativos, y se pregunta por el aspecto y el contenido que podrían tomar nuestros conflictos futuros. Aunque naturalmente aquí sí que estamos en la bruma, las tendencias que se pueden discernir no son tranquilizadoras”. Esa intranquilidad la manifiesta el autor desde el inicio cuando expresa: “Lo que quiero mostrarles a los lectores en este libro es que nos dirigimos al galope a un tercer ciclo de violencia, que nos costará litros de sangre si no logramos detener esta carrera hacia el abismo”.

La paz de 2016 tuvo su cuarto de hora

Dice el antropólogo Francisco Gutiérrez Sanín: “Piénsese no más en los líderes sociales, quienes podrían estar enfrentado niveles más altos de riesgo ahora que antes que se firmara los acuerdos de paz. La sangría de líderes sociales ha tomado en Colombia características aterradoras. Pese a ello, sucesivos gobiernos se han empeñado en afirmar que su asesinato no es “sistemático”, pero independientemente de eso, la trágica paradoja es que durante estos meses en paz hemos sabido que con seguridad al menos un líder va a ser asesinado cada semana –aunque el ritmo es ahora ya muy superior–”.

Mostrando cómo la degradación del acuerdo de paz va en aumento, manifiesta que el país contempló recientemente una impresionante oleada de masacres que, de acuerdo con Indepaz –2020–, en lo que va corrido de este año ya supera las 50: una cifra impresionante. La inaudita primera reacción del gobierno fue inventarse un eufemismo, y achacar todo el fenómeno a los cultivos ilícitos. Más adelante añade: “Así pues, por extraño y antiintuitivo que suene, sí podría ser cierto que esta paz de 2016 tuvo su cuarto de hora”.

El profesor-investigador también aclara su posición cuando advierte: “Todo lo que estoy diciendo va en contra de las ilusiones que tuvimos muchos defensores sinceros de la paz. Pensaban que su advenimiento implicaría un cambio espiritual profundo, lo que a su vez transformaría la lógica del debate político. Otros creyeron que la paz era, o se convertiría, en una “política de Estado”. No pasó ni lo uno ni otro. Las transformaciones espirituales masivas son una rareza en la experiencia histórica. La paz con las Farc tampoco correspondió, ni de lejos, a una política de Estado. 

“Confunde y reinarás”

Veamos las afirmaciones de Gutiérrez sobre las ideas que alimentan las teorías del uribismo que cacarean sus súbditos para atacar a la guerrilla. “El término narcoguerrilla –al cual pronto seguirá el de narcoterrorismo– fue acuñado entre 1984 y 1985 por el embajador estadounidense en Bogotá, Lewis Tambs, así como por generales colombianos. La idea de que “el narcotráfico es el combustible de la guerra” ya era en la década de 1990 la explicación oficial, y también la del sentido común, del conflicto colombiano y de su extraordinaria larga duración”. 

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Explica a renglón seguido: “Cuando a finales de la década de 1990 un economista del Banco Mundial, Paul Collier, enunció que la guerra no era una expresión de demandas insatisfechas, sino un modo de ganarse la vida, los colombianos ya estábamos preparados para convertirnos en “collerristas naturales”. También explicó que para combatir el narcotráfico collier planteó dos alternativas: una opción sería ofrecer empleo y bienes públicos a su potencial mercado laboral para que no se unieran a la guerrilla; otra opción sería bombardearlos. Collier pensaba que en esta disyuntiva lo mejor era el bombardeo porque era lo más barato. 

Pero, quienes han querido volver trizas los acuerdos, como dice Gutiérrez, ignoraron que un poco después de esos planteamientos, otros economistas, como Cristopher Blattman, llegaron a la conclusión que las ideas de Collier no eran suficientes para entender el porqué y el cómo de la guerra.  

Señala también que “esta clase de cuestionamientos encarnó en la teoría del uribismo sobre la no existencia del conflicto armado en Colombia: en realidad lo que habíamos vivido era un “desafío terrorista”. Se trata de una idea que ha desempeñado un papel absolutamente central en los últimos 20 años. Se convirtió en un dogma durante los dos gobiernos de Álvaro Uribe, un dogma que además sirvió de guía para la acción y constituyó uno de los grandes motivos para la fractura entre Uribe y Santos, cuando recién elegido decidió aceptar la por entonces audacísima idea de que en Colombia sí que había habido conflicto”. 

Como dice el autor del libro: “Bajo el gobierno de Duque, la negación del conflicto armado volvió con toda su fuerza. Se asoció a una retórica que imputaba las violencias pasadas y futuras al narcotráfico. Eso implicaba en la práctica no solamente cerrarle las puertas al proceso de paz en curso, sino a procesos futuros. El gobierno entregó el manejo de la política de la memoria sobre el conflicto a uno de los voceros de su negación”. Entonces, los enemigos de la paz convirtieron una de las alternativas de Collier de bombardear los cultivos ilícitos, en bombardear el acuerdo de paz.


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