Ciencia y Tecnologí­a / NOVIEMBRE 08 DE 2020 / 2 meses antes

Pobreza y contaminación ambiental: ¿origen de la Covid-19?

Autor : Diego Arias Serna

Pobreza y contaminación ambiental: ¿origen de la Covid-19?

Realmente pequeños resultan los esfuerzos para revertir los grandes cambios ambientales, los cuales nos muestran un panorama desolador y generando virus que afectan la salud.

“Desde los albores de la agricultura y de la vida urbana hasta bien entrado el siglo actual, la enfermedad infecciosa constituyó la principal causa global de mortalidad humana”: Frank Burnet

La revista Investigación y Ciencia —edición española de American Scientific— de este mes, acaba de publicar 2 artículos que llaman la atención en 2 aspectos. En uno de ellos titulado El retorno de las epidemias, la autora, Maryn MacKenna, resalta que a pesar de los avances en antibióticos y vacunas que se logró en el siglo pasado, en el XXI la humanidad está amenazada por la Covid-19. En otro artículo: Los factores ecológicos en las epidemias, Jaume Terradas enseña que la mayoría de las enfermedades infecciosas y sus epidemias asociadas son de origen animal.

MacKenna es periodista especializada en salud pública y política alimentaria, así como profesora del Centro para el Estudio de la Salud Humana de la Universidad Emory, EE. UU. Por su parte, Terradas es profesor emérito de ecología de la Universidad Autónoma de Barcelona, España. Fue el promotor y primer director del Centro de Investigación Ecológica e Investigaciones Forestales, hoy Centro de Excelencia Severo Ochoa. 

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Los 2 artículos apuntan a darle importancia a las ciencias, no solo para explicar los problemas que afectan a la humanidad —la salud en el caso de la pandemia— sino para señalar que únicamente la investigación rigurosa puede darle soluciones a las amenazas contra la salud, que atentan contra la vida de las personas. Además, desde la ecología —para indicar que las relaciones que existen en la sociedad y ésta con su entorno medioambiental— cuando no es amigable con la naturaleza, conlleva al surgimiento de enfermedades.

No puede olvidarse que la seudociencia y las noticias falsas han hecho mucho daño durante esta pandemia. Hasta el presidente saliente —por fortuna— Donald Trump, se empecina en negar las orientaciones de los expertos epidemiólogos y virólogos, y por su obstinado negacionismo, condujo al caos a los EE. UU. e hizo posible que haya muchos contaminados y defunciones. 

En el siglo XX se controlaron varias enfermedades

Presentaré algunos apartes de estos 2 artículos. Desde la Segunda Guerra Mundial se habían obtenido 12 clases de antibióticos, comenzando por la penicilina natural, un logro que parecía haber terminado para siempre con las amenazas de las mortíferas infecciones asociadas a dolencias infantiles, heridas, intervenciones quirúrgicas y partos. El avance en este campo era tal que, en 1972, el virólogo Frank Macfarlane Burnet se ufanaba del camino recorrido en el siglo XX con notoria satisfacción. 

Burnet —1899-1985—, premio Nobel de Fisiología o Medicina 1960, por el descubrimiento de la tolerancia inmunológica adquirida y autor del libro Historia natural de la enfermedad infecciosa, en su edición en 1972, cuando EE. UU. había eliminado la vacunación sistemática contra la viruela, porque la enfermedad se había eliminado en el país y en 1976, también se había autorizado la triple vírica —contra el sarampión, la rubeola y la parotiditis—, y 4 años antes se había sofocado una pandemia de gripe con una vacuna, eran logros que daban confianza al sistema sanitario. 

Por esos avances médicos, el nobel manifestaba: “Desde los albores de la agricultura y de la vida urbana hasta bien entrado el siglo actual, la enfermedad infecciosa constituyó la principal causa global de mortalidad humana”. Eso lo escribió en las primeras páginas de su libro y afirmó: “Hoy día ha quedado modificado, al menos temporalmente, todo el modelo de la ecología humana”. 4 años después de esas declaraciones se conoció la primera víctima del virus del ébola. Luego, en 1981, en EE. UU. se detectó la primera señal de la pandemia del sida. 

Así mismo, en 1988, la bacteria intestinal Enterococcus, causa habitual de infecciones hospitalarias, se volvió resistente al antibiótico de último recurso: la vancomicina, y se convirtió en la primera bacteria multirresistente. En un mercado de Hong Kong, en 1997, la cepa H5N1 del virus de la gripe saltó de las aves de corral a los humanos y mató a un tercio de las personas que infectó, iniciando la primera de varias olas mundiales de gripe aviar. 

Los políticos y científicos se confiaron

Esas epidemias son solo algunas de las enfermedades infectocontagiosas que afligen a las poblaciones humanas todos los años, y los esfuerzos de la medicina moderna por contenerlas han tenido que renovarse y acelerarse. Algunas son nuevas en nuestra especie; otras se producen cuando resurgen antiguos enemigos. Las hay pequeñas, como el brote de gripe aviar H7N7 en 2003, que afectó a 86 trabadores de una explotación avícola en Holanda. Ahora, una enfermedad totalmente inédita, la Covid-19, ha provocado una pandemia mundial con millones de enfermos y más de un millón de fallecidos.  

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Ninguno de esos escenarios se ajusta a lo que predijo Burnet, que veía nuestro triunfo sobre las enfermedades infecciosas. Más adecuado sería ver nuestra lucha contra los microbios como una travesía por un mar encrespado. A veces, surcamos airosos las olas, pero otras, como en la actual pandemia, corremos el riesgo de hundirnos. Ante el surgimiento de nuevas infecciones, 19 eminentes científicos reunidos por el Instituto de Medicina de EE. UU. —ahora integrados en la Academia Estadounidense de Ciencias, Ingeniería y Medicina— ampliaron sus argumentos en una sobria valoración de lo que denominaron “infecciones emergentes”.                

Según ellos, los científicos y los políticos se habían dejado llevar por la complacencia, confiados en la protección ofrecida por las vacunas y los antibióticos e insensibles a los riesgos epidemiológicos que entrañan el crecimiento demográfico, el calentamiento climático, los viajes internacionales y la destrucción de entornos naturales para asentamientos humanos y megaexplotaciones agropecuarias. 

Urgían a introducir mejoras en la detección y notificación de enfermedades, el intercambio de datos, las capacidades de diagnóstico, los antibióticos y las vacunas. Sin embargo, vaticinaban que el mundo siempre estaría rezagado cuando nuevas enfermedades diesen el salto a los humanos, y el retraso en aplicar curas o prevenciones tendría consecuencias desastrosas. Aquella advertencia resultó profética.

La pobreza contribuye a la propagación del virus

También, como expresa Katherine Hirschfield, profesora de antropología de la Universidad de Oklahoma, que estudia la salud pública en Estados fallidos, “la ciencia nos construyó un mundo mejor y nosotros nos confiamos, nos engreímos y decidimos que ya no merecía invertir en ella”. Además, en el artículo se resalta que el planeta que se abandonó a la confianza del siglo XX es el que ha permitido la propagación de la Covid-19.

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El coronavirus se ha colado por fisuras de las que estábamos advertidos: es una enfermedad propia de la fauna silvestre, que se ha transmitido a los humanos por la proximidad y la depredación; que se disemina a gran velocidad por los viajes en avión, que se aprovecha de las deficiencias de vigilancia y que se amplifica por los nacionalismos y las desconfianzas mutuas. La pobreza, igualmente, contribuye a que las infecciones se propaguen, como afirma Peter J. Hotez, médico dedicado al desarrollo de vacunas. 

Él es decano fundador de la Escuela de Medicina Tropical de la Universidad Baylor —Texas—, quien también manifiesta: “El caos político, el cambio climático, la urbanización, la deforestación: todos esos factores lastran nuestro progreso. Ya podemos diseñar todas las vacunas y los fármacos que queramos, pero a menos que consigamos solventar esos otros problemas, siempre estaremos atrasados”. Los factores sociales y económicos, no solamente los biológicos o inmunitarios, influyen poderosamente sobre el riesgo de enfermar.

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Retomando a Jaume Terradas, nos enseña —del mismo modo— en su artículo que las infecciones responsables de epidemias graves las producen patógenos que tienen su origen animal. Su propagación ha sido favorecida por la ocupación y la explotación del entorno, que ha desestabilizado los ecosistemas y el hábitat de los animales. La comprensión del vínculo de plantas, animales y humanos ayudará a prevenir epidemias y plagas.

*Profesor-investigador universidad del Quindío

[email protected] 

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