Ciencia y Tecnologí­a / ABRIL 11 DE 2021 / 7 meses antes

Tus hijos, en peligro digital

Autor : Diego Arias Serna

Tus hijos, en peligro digital

Un llamado de alerta frente al uso abusivo de pantallas por parte de los niños y niñas, así como de las graves consecuencias para el desarrollo del cerebro infantil que ello conlleva, hace un neurocientífico. 

La niñez es el grupo social más importante de la humanidad, porque de allí saldrán quienes harán el remplazo generacional en todos los ámbitos de la sociedad. Se puede afirmar, sin duda, que de la forma como se ‘abonen’ esas ‘semillitas’ será la renovación. Son muchos los factores que influyen en la formación de la infancia: la genética, la alimentación, el ambiente familiar, el entorno social, la escuela, la tecnología, etc. Es bien conocido que la desnutrición del bebé influirá en el desarrollo del cerebro, lo que implicará su futuro. Y sí que está implicado ante tanta pobreza. 

Pero no es sólo la nutrición lo que afecta el cerebro, sino también los aspectos emocionales. Y quién lo creyera, el mundo digital está embelesando a la niñez, con la ayuda de los padres. Como lo indican las investigaciones, nunca en la historia de la humanidad se había producido un descenso tan pronunciado de las capacidades cognitivas. Asimismo, por idéntica razón, los grandes gurús de Silicon Valley prohíben a sus hijos el uso de la tecnología digital. Por eso, varios expertos en este tema han llamado la atención a gobiernos y padres de familia.

Se abordará este problema digital teniéndose como referente el libro: La fábrica de cretinos digitales -Los peligros de las pantallas digitales-. Fue escrito por Michel Desmurget y su primera edición fue publicada en Francia, en 2019. En España comenzó a circular en septiembre del 2020. El autor es doctor en neurociencia y director de investigación en el Instituto Nacional de la Salud y la Investigación Médica de Francia. Con este texto ha sido reconocido con el prestigioso premio Femina de las letras francesas. 

Para llamar la atención, en la portada se expresa: “En contra de lo que la prensa y la industria han difundido hasta ahora, el uso de la tecnología lejos de ayudar al desarrollo de los niños y estudiantes, produce graves complicaciones de toda índole: sobre el cuerpo -obesidad, problemas cardiovasculares, reducción de la esperanza de vida-, sobre las emociones -agresividad, depresión, comportamiento de riesgos-, y sobre el desarrollo intelectual -empobrecimiento del lenguaje, concentración, memoria …-”. 

Ver también: “No enmudezca ante las injusticias” (I parte)

Opiniones, no verdades científicas

Así que el libro - en estos momentos de pandemia y educación virtual - toma mayor importancia, porque si la ‘formación’ presencial hacía rato clamaba una vacuna contra el virus de la mediocridad, ahora sí que es conveniente preguntarnos: ¿cómo se están formando los estudiantes con sus clases virtuales? El fenómeno de la niñez y la juventud digital, tal como se ha querido ‘vender’, es parecido al de la Covid-19. En ambos casos se han saturado los medios de información con verdades a medias, falacias, afirmaciones sin rigor científico, cuentos y leyendas sin lógica. 

Desmurget organizó el libro en dos partes: la primera la llamó “Homo mediaticus”. La construcción de un mito, en la que demuestra que el sello de sabiduría que atribuyen los medios de comunicación a determinadas personas no garantiza siempre, ni mucho menos, su competencia y seriedad, deplorando la extraordinaria notoriedad que no pocos de ellos conceden a estudios que, por su naturaleza iconoclasta o su origen incierto, debería haber suscitado la mayor de las reservas. 

La segunda parte denominada “Homo digitalis. La realidad: una inteligencia frenada y una salud en peligro”. Al desechar el mito, en esta sección el autor se pregunta: “¿Qué pasa ahora con la realidad? ¿Cómo son de verdad todos esos digitalis en plena evolución, que han mamado de lo digital? ¿Cuál es su presente? ¿Qué futuro podemos vaticinarles? ¿Qué pasará con su trayectoria académica, su desarrollo intelectual, su equilibrio emocional y su salud? ¿Son felices? ¿En qué situación se encuentran respecto a esa pequeña proporción de niños ‘supervivientes’ a los que los padres protegen con celo en su tiempo de ocio?”.

Dice Desmurget: “Responderé a estas preguntas con la mayor objetividad posible intentando que la frivolidad de las opiniones personales dé paso a la solidez de los hechos científicos probados”. Por eso, en el prefacio cuestiona si es lo mismo ciencia que opinión, aspecto que también ha generado confusión en esta pandemia. “Como es obvio, independientemente de nuestro nivel concreto de conocimiento, todos nosotros tendemos – con el todo el derecho del mundo - además, a tener opiniones”, agrega el neurocientífico.

Vendedores de humo

Según él, “por su propia naturaleza, estas opiniones nacen de nuestra experiencia personal. Reflejan la inclinación esencial del cerebro humano a organizar sus vivencias ordinarias de acuerdo con un sistema de creencias ordenadas. El problema aparece cuando algunas personas acaban viendo en sus creencias un sello de sabiduría. No en vano, tal y como subrayaba hace más de sesenta años el filósofo Gastón Bachelard, existe una “ruptura entre conocimiento común y conocimiento científico”. El primero se basa en sensaciones subjetivas, mientras que segundo se apoya en hechos controlados”.

Y aclara: “Por ejemplo, yo mismo tengo opiniones acerca de todo: el cambio climático, los beneficios de la homeopatía, las visiones de la pastora santa Bernardita de Londres, la Inmaculada Concepción o las implicaciones fenomenológicas de la teoría cuántica. Seguramente estas opiniones sean muy oportunas en el bar de la esquina, pero no tienen cabida en el espacio de la información pública ni en el terreno de las decisiones políticas. ¿Hay datos? ¿De dónde proceden? ¿Son fiables? ¿Qué indican? ¿Cuál es su nivel de coherencia? ¿Cuáles son sus límites? …”.

Para este escritor “el verdadero experto es aquel que, a partir de sus conocimientos del estado actual de la investigación científica, es capaz de responder a estas preguntas. Por lo tanto, hay que contemplar a los coristas de discursos vacíos como lo que realmente son: vendedores de humo”. Para aparecer como expertos, hay que recordar a Isaac Newton -1642-1727-, el gran físico, quien manifestó que si había podido ver más allá que sus contemporáneos era precisamente porque se había subido a los hombros de los gigantes que lo habían precedido.  

Recomendado: “No enmudezcan ante las injusticias” (2 parte)

La inteligencia, primera víctima

Michel Desmurget nos revela que el uso de tecnología – smartphones, computadores, tables – por parte de las nuevas generaciones es absolutamente desproporcionado. Con solo dos años de edad, el consumo medio se sitúa en torno a las tres horas. De los ocho a los doce, la media se acerca a las cinco horas. En la adolescencia, la cifra se dispara casi a siete horas, lo que supone más de dos mil cuatrocientas horas al año en pleno desarrollo intelectual. Además, alerta que con sólo treinta minutos al día frente a una pantalla es suficiente para que empiece a afectarse el desarrollo intelectual del niño.  

Sus investigaciones y las de otros colegas, ilustran que no es cierto que las nuevas generaciones piensen y procesen la información de un modo diferente al de sus predecesores, puedan ejecutar multitareas, hacer de todo y pasar con genialidad de una cosa a otra. Tampoco es cierto que sus circuitos neuronales estén especialmente cableados para las ciberbúsquedas, ni mucho menos que gracias al efecto beneficioso de todo tipo de pantallas, sus cerebros se desarrollen de un modo diferente. Es mentira que la tecnología haya mejorado sus cerebros, y mucho menos que esté apareciendo una nueva especie en el árbol genealógico de los homínidos. 

Por el contrario, la inteligencia es la primera víctima del consumo de las pantallas. Afecta de manera grave el rendimiento escolar, obstaculiza el desarrollo del lenguaje, la concentración, las interacciones humanas, tan importantes en la formación de la infancia, obstaculiza el perfeccionamiento de la memoria, etc. Asimismo, para que las relaciones interpersonales sean efectivas, se debe cumplir una condición imprescindible: el otro debe estar físicamente presente, como afirma Desmurget.

Enfatiza que “para nuestro cerebro, no es lo mismo un humano de carne y hueso que un humano en video”. También afirma que, en definitiva, el cerebro humano, sea de la edad que sea, es mucho menos sensible ante una representación en video que ante una presencia real. Es por eso, sobre todo, por lo que el potencial pedagógico de un ser de carne y hueso es tan irremediablemente superior al de la máquina. Las investigaciones son tan elocuentes que le han puesto un nombre a este fenómeno: el “efecto deficitario del video”. Así que la Covid-19, al ‘exigir’ la escuela virtual, está retrasando el desarrollo cognitivo de la niñez y la juventud.

 


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