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Cultura / AGOSTO 11 DE 2022 / 1 año antes

Estudiante de la UQ ganó Concurso Nacional de Escritura

Autor : Roberto Restrepo Ramírez y Alejandro Castillo

Estudiante de la UQ ganó Concurso Nacional de Escritura

Ánderson Valencia Gallego, estudiante del programa de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad del Quindío.

Ánderson Valencia Gallego, estudiante del programa de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad del Quindío, fue uno de los ganadores del Concurso Nacional de Escritura: Colombia, Territorio de Historias. 

El concurso, que en esta tercera edición fue auspiciado por la Unesco y el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe, Cerlalc, premió 3 categorías en cuento: Infantil, Juvenil y Adulto; y 2 en ensayo: Juvenil y Adulto, en las que los jurados tuvieron en cuenta aspectos como redacción, ortografía y estilo, entre otros. 

Valencia Gallego, de 18 años y nacido en Ansermanuevo, Valle del Cauca, recibió el reconocimiento en la categoría Juvenil con el cuento titulado Aurora, en una ceremonia desarrollada en la biblioteca pública Virgilio Barco de la ciudad de Bogotá. 

De acuerdo con el joven escritor, sus géneros literarios favoritos son la novela y la poesía. Así mismo, señaló que su creación literaria estuvo inspirada en una crisis existencial que vivió recientemente y que decidió plasmarla en el cuento que tiene un desenlace inesperado. 

La premiación que recibieron los ganadores consta de un computador portátil, una tablet, un bono de $500.000 en libros y la publicación del cuento.

Aurora 

Abrumado por la angustia y la soledad de aquella noche lluviosa, Dante se encontraba recostado en su sillón. Su rostro, apenas iluminado por la tenue luz de las velas, reflejaba el inmenso pesar y la terrible tristeza que lo agobiaban. Era natural, la pérdida de su esposa lo había afectado de manera inimaginable; la amaba mucho. Los recuerdos de los momentos vividos a su lado llegaban a él como flechas hirientes lanzadas desde la oscuridad de la habitación. El sonido de la lluvia que se deslizaba serenamente por los verdes vidrios de la ventana hizo que la fatiga se apoderara de él y, sin darse cuenta, cayó en un profundo sueño. Tal vez, de manera inconsciente buscaba la forma de olvidarse de ella. Sin embargo, fue inútil, pues allí entre sus sueños la encontró, igual de bella y serena, como la tarde en que la había conocido. 

El día había sido muy pesado: el funeral de su esposa había sido planeado con mucho detalle y había venido gente de todas partes; familiares que no conocía y viejos amigos que no veía desde hacía mucho tiempo. Toda la tarde la pasó sentado en medio del salón principal, recibiendo los interminables pésames de las personas que iban y venían de un lado para el otro. Se encontraba tan inmerso en sus memorias que ni siquiera levantaba la mirada para reconocer a sus deudos. No pudo evitar derrumbarse ante la tumba aún fresca. Las lágrimas se deslizaban por sus pálidas mejillas sin que él las pudiera contener. Uno de sus amigos más cercanos intentó en vano consolarle, pero Dante no se resignaba a perderla. 

Despertó sobresaltado, el llamado insistente tras la puerta le indicaba la hora del desayuno. Buscó razones inexistentes para levantarse, y las halló: debía ir esa tarde a la fábrica. Entre los temas a tratar se encontraba el giro que tomaría su empresa, la cual se encontraba en bancarrota desde hacía ya varios meses; su producción había disminuido al igual que sus ingresos, y los empleados habían suspendido sus actividades hasta que se les pagara el trabajo realizado. Todos estos problemas, sumados al luto que atravesaba, no le permitían a Dante tener un instante de paz. Por el contrario, lo atormentaba la idea de perderlo todo. 

Una vez en la fábrica, inició la junta quince minutos después de lo previsto. Sin percatarse, Dante se perdió en el inmenso mar de sus pensamientos, y al recordar la imagen de Aurora, rompió en llanto.

Se excusó con los presentes, diciéndoles que el alcohol destilado en los grandes recipientes de madera le había producido una terrible alergia. Tuvo que ir al baño a tomar un poco de agua y a limpiarse no solo las lágrimas sino también la tristeza. Retomaron la reunión, y aunque Dante se veía preocupado, conservaba la esperanza de que los miembros de la compañía le brindaran una solución para salvar la empresa. (Fragmento).

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Pero sus ilusiones se desvanecieron cuando estos le manifestaron que la fábrica no tenía salida; Dante no contaba con el dinero suficiente para mantenerla y era necesario venderla. Abandonó la sala furioso, llegó a su casa, se encerró en su habitación y lloró amargamente hasta que se quedó dormido. 

En sus sueños volvió a encontrarse con Aurora. Esta vez la notó algo triste: tenía la mirada perdida y la rodeaba un aura de angustia. La llamó, pero ella no respondió; daba la impresión de que no percibía su presencia. Le dio la espalda y comenzó a caminar hacia un valle de intensa blancura e indeterminable distancia. Él trató de seguirla, pero una fuerza invisible se lo impidió. Por más que le gritó, ella no se dio la vuelta. Su desesperación crecía y sentía cómo se iba quedando sin aliento. Finalmente despertó gritando y jadeando. Su rostro estaba bañado en sudor, y su corazón, a punto de salirse. 

Durante el desayuno, Dante revisó su correspondencia. Encontró lo habitual: facturas, cheques y cartas de los familiares que no habían podido asistir al velorio. Se organizó y fue a la fábrica. Allí lo esperaba el comprador y sus socios. Luego de charlar un rato sobre negocios, finalmente había llegado el momento de hacer el trámite. Mientras firmaba el documento, Dante recordó los días en que la fábrica de su padre se había convertido en la mayor productora de licores de la región. Sentía una gran tristeza al ver cómo aquella fábrica que había sido tan próspera era cambiada ahora por unos simples dólares. 

Toda esa tarde la pasó en su estudio meditando sobre todo lo que había sucedido. Dante no se explicaba cómo él, que lo había tenido todo, había terminado sin nada. Cambió mucho después de ese día: presentaba constantes ataques nerviosos y de ansiedad, no podía conciliar el sueño en las noches, y cuando lo hacía, soñaba con Aurora. Con el tiempo, todo empeoró. Comenzó a tener alucinaciones: juraba ver a su esposa en todas partes, conversaba con su retrato y fingía tomarla en sus brazos. 

Una tarde, mientras se encontraba al lado de la chimenea, despertó de su locura; notó la ausencia y la soledad en la que se encontraba, y lo invadió la amargura. Quiso desahogarse, pero un nudo en la garganta no se lo permitió. Tomó una soga y la ató a su cuello. Sintió deseos de desistir de aquel pensamiento, pero ya era tarde, todo estaba hecho. Se paró al borde del taburete y pensó en su esposa.

Mientras lo hacía, apretaba los dientes del dolor y de la rabia que sentía: quería por fin reunirse con su amada. Finalmente, el banco se cayó y la cuerda se templó con violencia. 

En la oscuridad infinita, Dante escuchó su nombre, lentamente abrió los ojos y se encontró atado con fuerza a una camilla en la fría sala de un hospital. No comprendía nada. Una mujer joven se encontraba de pie a su lado. De repente, un doctor bajo y regordete se acercó y le preguntó: 

–¿Usted es familiar del paciente? 

Entre sollozos, ella le respondió: 

–Yo soy su esposa. 

 


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