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Cultura / MARZO 12 DE 2022 / 2 años antes

Justicia narrativa, el caso de Liliana Rivera Garza

Autor : Juliana Gómez Nieto

Justicia narrativa, el caso de Liliana Rivera Garza

A veces toma treinta años decir en voz alta que se busca justicia, cuenta la escritora Cristina Rivera Garza en su libro El Invencible verano de Liliana ante la pregunta que le hace un empleado del sistema penal mexicano encargado de rastrear el expediente sobre el feminicidio de su hermana menor, un crimen que permanece impune, como cerca del 90 % de los casos en América Latina y el Caribe.  

Esta autora mexicana ha publicado más de treinta libros, entre los que destacan Autobiografía del algodón (2020), La muerte me da (2007), Había mucha neblina o humo o no se qué —sobre la vida de Rulfo— (2016). Ha recibido algunos de los premios más prestigiosos de la literatura en español como el Nacional de Novela José Rubén Romero, el Sor Juana Inés de la Cruz (en dos ocasiones), el Anna Seghersz y el Premio Excelencia en las Letras José Emilio Pacheco

El invencible verano de Liliana fue publicado en 2021 por Penguín Random House. Una novela de no ficción construida a partir de testimonios de la autora, que recurre a fragmentos de sus recuerdos y de quienes conocieron a su hermana Liliana, sobre quien recae el hilo narrativo del libro. También, de las correspondencias que su hermana envió o guardó, de los diarios y notas que dejó como evidencia de su palpitar, sus embrollos existenciales, pasiones y desencantos, lo que permite conocerla de manera íntima.  

A través de las huellas de la escritura podemos intuir a una joven que tenía absoluta conciencia de su lugar en el mundo: “No hay responsabilidad más sagrada y atroz que la que nos obliga a ser nosotros mismos”. Gracias a ese registro de su yo, hoy nos habla desde la atemporalidad que permite la escritura, que a veces funge de médium, como en este caso, donde a partir del sentido que construye su hermana Cristina, la autora, nos hace vivir esta afirmación: Soy mucho más que lo que me ocurrió. 

Es probable que haya algo  reparador en contar el dolor propio a través de la escritura confesional, sobre todo cuando se trata de hilar hechos trágicos; tal vez esté relacionado con la dimensión política del ejercicio de poder que supone enunciar(se) en el mundo. Ante el peso aplastante del relato homogenizante y reduccionista construido por los medios, el registro policial, la frialdad del expediente, el barullo del chisme y ante la pétrea impunidad judicial, se impone la justicia narrativa como una forma de justicia restaurativa: justicia por las propias palabras para disputar el sentido de los hechos y de la víctima como categoría opaca, sin agenciamiento, que es un imaginario social revictimizante en sí mismo.  

Este libro es más que el relato de un suceso trágico familiar (privado), es una crónica de largo aliento sobre una de las formas en que se evidencia la guerra que el patriarcado tiene hace siglos contra las mujeres. Como señala la autora, fue que gracias a la incidencia política y a la movilización social del  movimiento feminista que se ha logrado nombrar penalmente la más letal de las violencias contra las mujeres, tipificándola como “feminicidio”, “femicidio” u “homicidio agravado por razones de género”, lo que le otorga un estatus de problema de salud pública que debe ser prevenido y sancionado. Pero, también, lo que abrió una puerta para que ella misma quisiera asumir la desgastante labor de exigir justicia en un mundo donde las mujeres seguimos siendo ciudadanas de segunda categoría. 

Algunos capítulos son relato de su recorrido por la Ciudad de México tratando de recuperar el expediente en despachos de edificios distantes entre sí, inmersa en la maraña de la burocracia, contestando  preguntas revictimizantes del funcionariado, y sobre todo, las preguntas internas que emergen sobre cómo funciona el mundo para las mujeres. Porque eso es algo que la autora pone en evidencia en el libro: la certeza de que no solo la justicia y la institucionalidad son patriarcales, sino que la sociedad entera lo es. Por eso, enfrentarla implica revelarse de la vergüenza y la culpa pacientemente infundada por la cultura. 

La rebelde valentía de rasgarse esa culpa, en el caso de Cristina, tardó treinta años. Sin importar cuánto tiempo necesitó, lo relevante es que lo hizo, y lo llevo a cabo también a través de la literatura, lo que sienta un precedente, porque pone el foco en lo que está latente, que supura, pero que ignoramos, muchas veces, porque no sabemos cómo nombrarlo –feminicidio– o como contarlo —El invencible Verano de Liliana—. Buscar la forma, encontrarla, es la gran virtud de este libro: hacerlo desde el yo, un yo testigo —Cristina— y un yo confesional —Liliana—. La convierte en un referente de la literatura contemporánea abiertamente feminista y no simplemente femenina, pues en él queda claro que las decisiones estilísticas son también políticas. 

Si bien dentro de la narración Cristina analiza que las matrices de opresión aumentan los riesgos para que las mujeres sean víctimas de feminicidio, se centra, en mayor o menor medida, en que todas estamos expuestas al feminicidio. Como en el caso de Liliana: una mujer crítica que se replanteaba en sus diarios la construcción del relato llamado “amor romántico”, las relaciones de poder que este encarna, las cuales quiso deconstruir porque intuía sus trampas mortales. Pero aún a pesar de su conciencia, su formación, su clase social y su entorno protector, no pudo huir de las fauces del patriarcado.  

De alguna manera, al contar esta historia, la autora no solo le hace justicia narrativa al caso de su hermana, también lo hace por todas, incluso, por aquellas familiares que no tienen el privilegio de la enunciación o del tiempo de la escritura para narrar la tragedia propia, no desde la asepsia de quien examina el dolor ajeno, sino en la viscosidad de quien se sabe inmersa, porque narrar también es eso, sobre todo, en este mundo burocrático y tecnócrata en el que las vidas de las mujeres son cifras y no dolores enquistados en las familias, distancias que se ensanchan para siempre, vidas que explosionan por decisión de un hombre. 

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