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Cultura / FEBRERO 20 DE 2022 / 2 años antes

La democracia rusa envenenada

Autor : Hugo Hernán Aparicio Reyes

La democracia rusa envenenada

El libro de Bernhard Mohr, 350 páginas de grata y fluida redacción, muestra en su carátula dos rostros del personaje en forma de recipientes; uno emerge de otro, aludiendo a las matrioshkas o muñecas rusas; el del primer plano, luce la acostumbrada expresión glacial, indescifrable, del macho alfa, nativo de Leningrado —hoy, San Petersburgo—, dueño indiscutido del poder central de su país desde 1999, excoronel de la siniestra KGB en tiempos de la URSS, emisor de encanto irresistible para partidarios de regímenes duros; el segundo, tiene los ojos cerrados. Diseño de Rey Naranjo Editores, con el sugestivo título de Democracia Envenenada –Rusia en la era de Putin, traducción de Carlos Arturo Sierra. 

Recién iniciada la lectura, las agencias globales de noticias, con profusos detalles acerca del contexto geopolítico actual, dan cuenta del despliegue militar ruso en la frontera con Ucrania, región peninsular de Crimea; así mismo de la reacción de los países de la OTAN, opuestos a una nueva intervención rusa en territorio ucraniano con propósitos anexionistas o de tutelaje, que amenaza detonar un conflicto de imprevisibles alcances y efectos de incidencia global. Tamaña coincidencia multiplica mi interés por sumergirme en la indagación acerca de la incógnita federación de países, mejor conocida como Rusia, y del régimen que la gobierna.  

A los clásicos rusos de los siglos XIX y XX, a sus monumentales obras narrativas, aparte del valor literario, reconocido por lectores y estudiosos del ancho mundo, les cabe el mérito nada desdeñable de haber tendido puentes de conocimiento y atisbos de comprensión sobre su país de origen. Quien desee tener en mente un panorama histórico, social, económico, de esta casi inabarcable nación, que se extiende desde las costas del Mar Báltico hasta las del Océano Pacífico, la mayor del mundo en extensión geográfica deberá apoyarse por fuerza, además de en fuentes académicas, en las novelas de León Tolstói, de Dostoyevski, Gorki, Gógol, Pasternak; en los cuentos de Chéjov, en las creaciones de Pushkin. Solo a través del relato literario minucioso se podrá acceder al espíritu, al alma colectiva, que conforma y alienta el país ruso. En época más reciente, fueron escritores como Solzhenitsyn, Víctor Serge, Zinoviev, Grossman, entre los más calificados, quienes se encargaron de denunciar la locura genocida del régimen stalinista, las profundas heridas sociales que abrió aquella era de barbarie, de odio contra el género humano, y sus consecuencias en la Rusia contemporánea. 

Pero ¿quién es el autor de la obra que nos ocupa?, ¿en cuáles hechos y bajo qué conceptos funda la afirmación implícita desde el título del libro?, ¿es Putin una amenaza o un agresor real contra la democracia? Bernhard Mohr es un noruego, músico, periodista, escritor, en temprana relación con Rusia, primero a través del aprendizaje del idioma, fase durante la cual, en 1999, en plena crisis financiera por la veloz devaluación del rublo, consecuencia a su vez del dramático cambio de sistema económico, visitó por primera vez San Petersburgo.  

Seis años después, un consorcio de su país adquirió un periódico de esta ciudad rusa cuya dirección le fue encomendada; en corto tiempo se posicionó con ventaja allí, para luego buscar igual éxito en la capital, Moscú, donde debió conformar el equipo humano requerido, con personal procedente de diversas regiones. Tras años de labor, con resultados dispares, Mohr pudo tomar el pulso local, vivir en persona el salto socioeconómico y político de la nación rusa, considerar su proyección y posibilidades, sin renuncia a la independencia, a la crítica motivada, por momentos molesta para el régimen. Propietarios y director, en consonancia con el discurso oficial, aspiraban a colaborar en la construcción de transparencia y democracia. En su momento, por motivos varios, los inversionistas noruegos decidieron vender la participación en la publicación, y Mohr debió abandonar territorio ruso.  

Después de una década, el escritor retorna a la nueva, expandida y vigorosa Moscú, en gran medida occidentalizada, buscando entre sus antiguas amistades y colaboradores, opiniones acerca del desempeño del gobierno Putin, al frente del país durante las dos anteriores décadas, comprobando con sorpresa que las prevenciones “occidentales” acerca del deterioro de factores componentes del sistema democrático no coinciden, en general, con la percepción in situ.  

Hechos protuberantes como la sistemática represión de libertades —en 2005, Freedom House calificó a Rusia como país “no libre”—, el fraude electoral de 2011, la sangrienta respuesta ante los partidarios de la anexión de Ucrania a la OTAN, la ilegal ocupación de Crimea, el amañado referendo en esa región, mediante el cual se quiso legitimar su anexión a Rusia, la clara injerencia del poder ejecutivo en el sistema judicial, particularmente severo, cuando no arbitrario, en contra de opositores políticos a quienes se condena a largas penas de prisión, la manipulación del organismo parlamentario, por completo plegado a la dirección de Putin, el apabullante control de medios de comunicación, la presencia determinante del capital emergente en las entrañas del Kremlin, la presidencia indefinida, son componentes de una ofensiva directa contra los principios que rigen la democracia tal como la conocemos.  

A las acusaciones de occidente en tal sentido, Putin responde con desprecio olímpico hacia quienes lo indagan, minimizando los cargos, restándoles relieve, poniendo como escudo invencible el creciente apoyo interno a su gobierno. Los argumentos esgrimidos por los entrevistados por Mohr constituyen una total renuncia de la ciudadanía rusa a las libertades, al ejercicio electoral sin presiones ni condiciones, a la transparencia administrativa, a la separación de poderes, a la renovación de cuadros de dirigencia, todo ello a cambio de estabilidad económica y política, tranquila supervivencia, vida colectiva sin sobresaltos, exaltación nacionalista de supremacía militar mundial compartida con sus vecinos chinos, y con los odiados Estados Unidos de América. 

Al margen de la obra de Mohr, el mundo asiste en estos días a la apoteosis de Putin como coprotagonista orbital. Es verlo repantigado en un brillante sillón, mesa kilométrica de por medio, frente al presidente de Francia, Emmanuel Macron, rostro adusto, expresión desafiante, amenazando con el empleo de armas atómicas si Ucrania es aceptado como miembro pleno de la OTAN, para revivir la pesadilla del dedo totalitario en el gatillo nuclear. Hoy como antes nos pone a temblar.


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