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Cultura / NOVIEMBRE 02 DE 2022 / 1 año antes

Lea el poema del quindiano Ángel Castaño que ganó mención de honor en concurso nacional

Autor : María Camila Cabrera Celis

Lea el poema del quindiano Ángel Castaño que ganó mención de honor en concurso nacional

Ángel Castaño Guzmán, escritor quindiano.

Quedó entre los 20 finalistas de 2.173 participantes.

Ángel Castaño Guzmán, escritor quindiano con estudios de periodismo en la Universidad del Quindío, egresado de la maestría en Estudios Literarios de la Universidad Nacional y periodista en el área de cultura del periódico El Colombiano fue uno de los finalistas del Concurso Nacional “La poesía, viaje interior” auspiciado por la Casa de Poesía Silva.

Esta entidad realiza anualmente un concurso nacional con una temática específica con el fin de estimular la creación poética. “Destacamos la nutrida participación de los concursantes residentes en el país y en el exterior”. Para el año 2022 la temática fue ‘‘La poesía, viaje interior’’, por lo tanto, los autores debieron enviar un único poema inédito que se enmarcara en esta temática. Entre los jurados de este certamen estuvieron el escritor Pablo Montoya junto con las escritoras Luz Mary Giraldo y Cristina Amaya.

Este año se contó con la participación de 2.173 poemas de los cuales se escogieron 100 por parte del comité de prejurados. Así, los jurados determinaron 20 finalistas de los 100, de los cuales:  10 recibieron un premio económico y los otros 10 fueron reconocidos como finalistas recibiendo así una mención de honor. 

El poema Las cruces del camino, de Castaño Guzmán fue uno de los 20 finalistas, el comunicado del concurso manifiesta: “Reconocemos la diversidad del tratamiento del tema del viaje en la poesía y la relación con los mitos y personajes de la literatura clásica. Así como notamos el afianzamiento del lenguaje a una cierta tradición poética colombiana”. Lo que destaca la calidad de lo escrito por el quindiano Castaño Guzmán.

A continuación el poema completo:

Las cruces del camino

No éramos buenos en los tiros de esquina: 
los adversarios ganaban de viveza, 
hacían de la pelota en el aire un ritual de codazos y golpes.
Tampoco seguíamos estrategias
ni en la raya un adulto vociferaba órdenes: 
los errores en la cancha se convertían en putazos
y en chistes mientras devorábamos coca-colas, 
panes aliñados y rodajas de salchichón cervecero.

A veces vencíamos la resistencia del rival
con jugadas que no terminábamos de creer.
El mundo era una gambeta, un túnel, 
el balón puesto en el ángulo, lejos
del portero y los defensas de otro color.
Nunca ganamos un campeonato ni una medalla
colgó de nuestro pecho. Nadie nos alentó
ni logramos impresionar a las hembras de la cuadra.
Fuimos un equipo de media tabla: ni un derroche 
de talento ni una antología de pifias.

Juntos aprendimos la puesta en escena del cortejo, 
el cosquilleo de la hombría al bailar merengue,
los zureos para buscar los labios y la máscara 
si el rechazo asomaba su hocico en mitad de la pista.
Alguno se rompió la oreja y otro se grabó en tinta
el apodo del primo muerto a cuchilladas.

Un enero el grupo comenzó a desaparecer:
el primero en irse fue el arquero, un fideo
de manos grandes y brazos musculosos.
El padre mandó por él: un amanecer la abuela
lo acompañó al terminal de buses y su rastro 
se perdió en Bogotá o Medellín, no lo recuerdo.
Al tiempo el lateral, un morocho de ojos fieros,
siguió los pasos de su hermana:
viajó a España tras la pista del euro.
A los meses le envió a la novia una chaqueta y un par de tennis.
Una noche de rones terminé con ella en un hotel de la 19, 
descubrí la traición: en cucos me dejó leer
las promesas con la forma de postales
de la Puerta del Sol y de Cibeles.

El volante cinco hizo tratos con unos de Sanandresito:
trajo mercancía de Maicao y Otavalo, prendas y utensilios
para la clase media, los hijos de campesinos
blanqueados por el diploma del Sena y la nómina oficial.
La familia del delantero lo mandó lejos: la amistad con los pelados
la esquina y los puchos de marihuana en el morral bastaron
para alejarlo del tiro en la nuca o de la paternidad con la vecinita.

Y así nos desmigajamos, el destino estaba fuera:
en una casa de gringos viejos, en una papelería en Bélgica, 
en un puesto ambulante de París o de Tel Aviv.
La geografía fue un mosaico de pérdidas,
un mapa de agujeros, de espacios vacíos. 
Una grieta atravesó el barrio, un vistazo era suficiente para saber
quien había soltado amarras: las casas tenían fachadas de loza, 
las abuelas se arrullaban por los ciclos de la lavadora y en la cena navideña
y en el brindis del 31 repetían El hijo ausente, de Pastor López.
A los pocos que cayeron en la red de la migra una marca de peste
les desfiguraba el rostro hasta el próximo intento.

Con los años, el arquero, el lateral y los demás regresaron 
cargados de arrugas, acentos y ropa distinta.
Trajeron una breve bonanza: trago y pólvora a montones. 
Mandaron a los hijos a la universidad, los hicieron
abogados, doctores, ingenieros, contadores, periodistas.
Compraron taxis y un chaletcito por Montenegro o La Tebaida,
votaron por los candidatos de la derecha, les dieron a los sobrinos
una Chappy 80 para los domicilios del asadero o la droguería.
Contrataron a venezolanos para atender el granero y el restaurante,
vengaron con ellos las afrentas en otros idiomas
Vinieron a morir de cáncer, de un infarto.

Por no partir, 
soy quien imparte justicia en el potrero.


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