Testigos y vigilantes de las noches en Armenia

Con el pasar de los días hasta le cogen cariño a lo que hacen, porque bien o mal, finalmente es lo que les permite sobrevivir. 

Mientras la  mayoría de las personas duermen cómodamente en sus casas, en el centro de Armenia y en muchos de sus barrios hay seres que trasnochan para velar por la seguridad de algunos sectores, de vehículos y de la comunidad en general. Estos jornaleros de la vigilancia trabajan de manera informal, voluntaria e impulsados también por la necesidad de recibir ingresos para sobrevivir. 

Su labor la desempeñan sin estar afiliados a ninguna empresa de seguridad privada y dependen de la generosidad de las personas a las que benefician con sus servicios y sacrificios. Aunque muchas veces llegan a cumplir este oficio sin que nadie los conozca, pasado el tiempo, cuando demuestran honestidad en lo que hacen y se vuelven parte del la cotidianidad de los lugares, se terminan ganando el cariño de la comunidad, pero también, en muchos casos, el desprecio de algunos que no los valoran. 

En ocasiones, estos guardianes nocturnos deben arriesgar sus vidas cuando les toca enfrentar a la delincuencia que nunca duerme. En otros casos, para conservar ese preciado bien de existir, también les toca ver y callar. Ellos trabajan sin un sueldo fijo, sin derecho a prestaciones sociales y sabiendo que con lo que hacen no van a lograr una pensión, pero ahí están, siempre listos para servir, a pesar de los pesares. Casi siempre se convierten en personas confiables de los vecindarios y les encargan hasta los mandados. 

Ellos terminan siendo testigos directos de sucesos gratos y desagradables. Además, conocen, como nadie, la vida de las personas que residen o trabajan en sus entornos. 

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