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Historia / JUNIO 16 DE 2024 / 1 mes antes

Añoranzas de la arriería y su inserción en el imaginario del Paisaje Cultural Cafetero

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

Añoranzas de la arriería y su inserción en el imaginario del Paisaje Cultural Cafetero

Moisés Castrillón, arriero de Filandia.

En la percepción del PCCC (Paisaje Cultural Cafetero de Colombia), en lo que corresponde a los habitantes del centro del país, el cafeto se está convirtiendo en una remembranza. Solo quedará el nombre (como Paisaje Cultural) de un producto que es todos los días más escaso en su cultivo y producción del grano. El  turista que arriba al departamento del Quindío debe regresar a su lugar de origen con la idea generalizada del café servido en taza, con elegancia, distinción y alto valor del consumo. Porque ha probado una bebida que tiene cata y sabor “especial”, de la cual se generan otros manjares, derivados e  infusiones de la gastronomía distinguida, y también costosa, que se vende en paquetes de marca. Y que los viajeros compran para llevar como “suvenir” o recuerdo a sus lugares de residencia. Toda una parafernalia, alrededor del cultivo símbolo de Colombia, ha convertido a esta región en un parque temático en gran escala, con atractivos descontextualizados de la realidad cafetera, pero con alto rédito comercial.

Ha quedado en ese turista el “mal sabor” de no haber conocido el proceso de la caficultura, ni los cafetales, guaduales y parajes de vocación campesina tradicional. Los sembrados hoy son reemplazados por el aguacate hass de exportación. Las casas rurales de bahareque se convirtieron en hoteles campestres. Los beneficiaderos, las elvas (o heldas) para el secado del grano de café y los cobertizos donde se despulpaban los granos maduros ya se destruyeron. Debían darle paso a la adecuación de un “jacuzzi” o a la ampliación del alojamiento turístico. Quedan solo unos espacios decorados, ambientados como fondas, sin serlo. Ellos evocan la gloria de la producción cafetera, con exhibición de antigüedades como llamada  de atracción visual, pero con aire de coleccionismo. Mientras tanto, el arte muralista trata de recrear esas expresiones idas, para representar ante el visitante una realidad que ya no nos identifica.

Lo mismo ocurrió con la arriería. Aún más, no se encuentra mencionada ella en la sustancia teórica del PCCC. Fue, y es, la arriería un imaginario que evoca la historia de las colonizaciones. En su obra escrita y expositiva, el antropólogo Germán Ferro Medina menciona las añoranzas del café, con sus cargas y travesías por los caminos de arriería, rumbo al puerto para exportarlo. Solo con esas menciones sabremos que “fue el café el producto principal que se transportó a lomo de mula. La arriería se especializó en la carga de café y allí adquirió su mayor relevancia económica, después de la economía aurífera” (“A LOMO DE MULA”, Ediciones del Banco Cafetero, Bogotá, 1994).

Otros que añoran el café,  llevado como carga en las mulas, son los viejos arrieros. Don José Valencia Naranjo de Filandia, ya fallecido, solía quejarse de la indolencia y olvido de la Federación Nacional de Cafeteros hacia la memoria de los que desempeñaron esa actividad. Decía él con sentimiento que, gracias a los arrieros, el café llegó a puerto seguro (Ambalema, Barranquilla o Buenaventura) y luego se embarcó a los diferentes países, donde los consumidores lo degustaron y alabaron por su suavidad.

“La arriería es algo más que una leyenda”. Una frase con la que el escritor quindiano Jaime Lopera Gutiérrez matiza el contenido de su crónica (“LA ARRIERÍA O LOS EMPRESARIOS DE A PIE”, agosto de 2017), entregada como documento de consulta a la Academia de Historia del Quindío, organismo del cual hace parte en su condición de miembro honorario. En las siguientes líneas complementa el texto:

“...La arriería es algo más que una leyenda con la cual se deleitan los románticos y se solazan otros que recuerdan a sus abuelos firmando una escritura con un apretón de manos. 

uy al contrario, entre otras cosas, es toda una empresa de transportes y de correos que viene a Colombia como una institución ibérica llegada con los primeros pasos de…

Mientras que, en lo regional del Eje Cafetero, apenas se están descubriendo - o mejor rescatando - las poesías de arrieros. Pedro Felipe Hoyos Korbel y Vicente Fernán Arango han publicado el compendio prosistico y poético de un sencillo arriero. Paulino Acebedo es su nombre, para destacar en su semblanza, a  pesar de su condición de analfabeto y autodidacto, a un “excelente conversador y gran repentista, poseedor de un talento de habla y escritura humorística, y además, buen contertulio, trovador y caminero” (En: “PAULINO ACEBEDO, EL POETA ARRIERO”, Hoyos Editores, Manizales, 2022). Nos recuerdan ellos también que, al referirse a este personaje, el escritor Adel López Gómez lo describe así:

“......un negrito dicharachero, menudo y alegre, de arruinada dentadura y fácil discurso, ya entrado en canas y experto en malicias”.

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Lo más llamativo del poeta Acebedo era que dictaba sus poemas y prosas a un escribiente

Esta descripción del factor humano (la historia de vida del arriero) podría llenar páginas enteras de semblanzas. Solo que también son despreciadas y olvidadas, ignorándose que resaltar ello podría recuperar la importancia de un patrimonio cultural inmaterial de inmensa valía. Todo eso nos introduciría en otros temas que superarían las leyendas del oficio. Aunque también son llamativas ellas, como que reflejan la introducción a algo más genérico, lo que Lopera llama la sociología de la colonización. Y sobre todo, la que nos lleva a comprender los procesos humanos del siglo XIX en la región del Eje Cafetero. Que es, además, conocer de cerca la idiosincrasia de los fundadores de pueblos. Y, además, a la compilación de una etnografía del habla (llámense los dichos de arriería y las expresiones verbales de comparaciones y exageraciones). Viene a colación otro tópico  interesante, el de los modelos de gestión de la  arriería. En este último aspecto, quién podrá olvidar, por ejemplo a Coriolano Amador, el singular personaje, arriero y minero antioqueño de mitad del siglo XIX, a quien muchos apodaron “el burro de oro”. O, dentro de esa órbita, la dinámica caballística de la arriería.

Las menciones históricas en el tema arriero son nutridas. Varios autores las han documentado. Por ejemplo, las rebeliones. Lopera, en su crónica, nos recuerda la ocurrida en tierras risaraldenses por el historiador Alfredo Cardona Tobón, en su blog “Historia y Región, Anécdotas”:

“...a principios de 1943 se dio al servicio la carretera que comunicaba a la población de Balboa con La Virginia. Para evitar el paso de los arrieros por la hacienda San Francisco, su propietario cercó el paso por la trocha de La Gironda. Como el acto resultó arbitrario, los arrieros se rebelaron, destrozaron las cercas y desafiaron a los hacendados por mucho tiempo, haciendo portillos, reventando las cuerdas y abriendo atajos”. Fue llamado aquel acto de rebeldía como la “batalla de La Gironda”.

Otras historias, todas fabulosas, se refieren al transporte de grandes cargas en “turegas”, que consistía en acomodar elementos pesados, campanas, pianos o máquinas en un tablado colocado entre un buey y otro. Toda una hazaña de traslado por difíciles caminos.

Con relación a esta curiosa modalidad de carga, el escritor salamineño Fernando Macías, en su obra escrita titulada “LA ARRIERIA EN LA COLONIZACIÓN ANTIOQUEÑA” (Hoyos Editores, Manizales, 2022) nos trae otro relato sorprendente:

“....Los restos calcinados de Carlos Gardel fueron transportados en turega, desde La Pintada hasta Anserma, en 1935, de regreso a su país vía Buenaventura”.

Mucho más llamativo es conocer el papel de las mujeres en la arriería. Fernández le dedica bastantes líneas, en su libro, a María Galiano, una  campesina valerosa de las montañas del sudoeste de Antioquia:

“...El oficio de María en la fonda era recibir las recuas de mulas, servirle de sangrero a los arrieros, darle de comer y beber a hombres y mulares y empotrerar estos últimos. Y todo lo hacía sola”.

Mientras tanto, Macías se refiere a  otras mujeres aguerridas en ese difícil oficio. Ellas son Teresa la arriera, Martha Lilia Galvis, de Santa Rosa de Cabal, Adelaida Serna, sangrera de su padre. Y Fidelina y Gloria, a quienes llamó las “aputarradas y berracas”.

Con respecto a  la culinaria, esto acota Fernando Macías:

“...se puede asegurar, entonces, que el arriero actuó, sin saberlo, como el primer promotor patrimonial, gastronómico y etnobotánico. Debido a ese inquebrantable trillar de caminos y el contacto permanente con personas de todos los estamentos, contribuyó a diversificar la cocina artesanal de la región y a enriquecer la culinaria nacional.

Sería injusto no mencionar a los arrieros de los pueblos del Quindío. Me remitiré solo a dos poblados de tradición montañera. En Salento, todos desaparecidos. Son ellos don Fidel, Hernando López y Ernesto de Jesús Loaiza. Y en Filandia, el recordado José Valencia Naranjo y los dos sobrevivientes, don Arnoldo y Moisés Castrillón.

Éste último es símbolo del turismo, con su visibilidad en la Colina Iluminada del Quindío, vestido a la usanza arriera y contando historias sobre sus más de 80 años bien vividos.


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