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Historia / MARZO 26 DE 2023 / 1 año antes

Cuatro relatos sensibles de 'existencia y supervivencia' en la calle

Autor : Roberto Restrepo Ramírez / Especial para LA CRÓNICA

Cuatro relatos sensibles  de 'existencia y supervivencia' en la calle

La cotidianidad de la ciudad desde la mirada de los habitantes de calle.

La calle es el espacio de cientos de seres humanos que han optado por convertirla en su escenario de existencia y de supervivencia. Verlos a diario se volvió paisaje en las grandes ciudades. Conversar con ellos es cotidianidad en los pequeños centros poblados. Mientras en las urbes es un problema de gran envergadura su manejo (por la invasión del espacio público),en los municipios o ciudades intermedias ellos son parte de un sistema de habitabilidad, que alcanza a resolverse parcialmente con la disposición de albergue, alimento y cobijo, lo que se hace en yunta con instituciones de beneficencia. Por esa razón, los habitantes se han resignado a contemplarlos debajo de un techo improvisado, el  que a veces es brindado por ellos mismos.

Un importante ensayo, escrito por el investigador social Javier Ómar Ruiz, hace mención de una referencia histórica, que nos da información sobre la antigüedad de esta realidad social. Lo hace en su escrito titulado “Los citadinos de la calle, nómadas urbanos”, artículo publicado en la revista Nómadas (Universidad Central, número 10, abril de 1999, páginas 172 a 177) y fue reproducido por el periódico La Tarde de Pereira en una de sus separatas dominicales del mismo año. Transcribo tan significativa cita cronológica sobre los habitantes de calle, en dos de sus párrafos: “Desde hace más de 350 años están ahí junto a nosotros, tan llenos de historia como todos y tan reflejo de las injusticias y las desigualdades como el chofer que se alquila por horas, la señora que lava ropa ajena o el vigilante de un banco”.

“...Junto a nosotros vienen haciendo parte de Santafe de Bogotá, desde cuando ésta empezó a crecer al amparo de la Corona española. Todavía éramos Virreinato cuando en 1642, al lado de la catedral, se abrió un hospicio - tal vez el primero - para personas en abandono y entre ellas, para ‘chinos de la calle’. Desde 1565 las autoridades españolas habían solicitado a la Real Audiencia abrir un refugio para mujeres desamparadas y sus hijos. Así, desde los orígenes de la capital, niños, jóvenes y adultos de ambos sexos vinculados a la calle, han ido junto a nosotros por la ciudad, pero no de la misma manera, no con la misma intensidad ni el mismo propósito”.

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Los relatos sobre los habitantes de calle son - para mí - otra forma de entender la ciudad y son también las facetas de un conglomerado que vive en nuestros senderos y del cual desconocemos completamente su origen, los antecedentes de su inserción en el triste mundo de las drogas y hasta su final. Por qué ellos mueren - o desaparecen momentáneamente del panorama urbano - y la sociedad nunca se entera de su desgracia. Es ese el giro de la vida dura. Pues, ¿a quién le podrá importar el destino de aquellos hombres y mujeres que no existieron para esas comunidades?

El autor del ensayo en mención también referencia una historia sobre uno de aquellos habitantes de las calles bogotanas, extraído a su vez del escrito titulado “Comanche, comandante de El Cartucho”(Fondo Editorial para la Paz, Santafe de Bogotá,1995), testimonio recogido de los labios de uno de los personajes que habitaban ese sector deprimido de la capital colombiana y que fue recuperado para el desarrollo urbano años después. También, traigo un pequeño fragmento en transcripción: “... Siempre he sido de la calle, desde la edad de nueve años. Me volé de mi casa tras una ´bizquita’”.

Refiriéndose así a su compañera de indigencia, el relato de ‘Comanche’ es el reflejo de la temprana incursión  en ese mundo, el que Ruiz también trata de explicar por varias razones personales y culturales. Pero la más interesante es la siguiente, que él menciona en otro párrafo de su artículo: “Una razón de orden cultural, y todavía hipótesis muy poco investigada, es que muchas personas se han sentido convocadas por la calle, atendiendo seguramente un llamado atávico al nomadismo, independientemente de que la salida del hogar haya podido ser detonada por una acción de maltrato familiar o por una aventura eventual”.

En otros artículos publicados por LA CRÓNICA DEL QUINDÍO, años atrás, me he referido a una condición interesante de habitar u ocupar la calle, en el día, con motivaciones laborales o de oficios cotidianos, como, por ejemplo, el vendedor o vendedora de dulces. A ellos y ellas, que encontramos a diario en las calles de Armenia, los he querido llamar “colonos urbanos”. Son, a mi juicio, los hombres y mujeres de la ciudad que se constituyen en los protagonistas de los espacios sociales fragmentados y en quienes se conserva todavía el espíritu de la supervivencia, ligado a la condición espacial y de connotación simbólica. Son, además, los depositarios de la memoria patrimonial de Armenia, una capital que poco a poco ha ido desfigurando su concepto de identidad cultural. Mencioné, entre varios, a ‘Mechas´, el personaje que se ubica en la esquina occidental de la plaza de Bolívar y donde imparte verdadera cátedra de historia desde las fotos antiguas que enseña y vende en formato pequeño.

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Nos queda mucho por saber de esos habitantes de calle o de los colonos urbanos de la capital del Quindío, una ciudad que  se precia en llamarse la ‘Ciudad Milagro’, porque en su engranaje urbano no solo despreció el acervo patrimonial arquitectónico, para remplazarlo por el conjunto del progreso, sino que también ha ignorado a esos habitantes, los de la calle, que son el otro lenguaje de la ciudad. En esa categoría también entran los populares del pasado, como la pequeña mujer apodada ‘Repollito’, el ‘Doctor Cuajada’, el ‘Mocho Jaramillo’ y otros “juglares” que  todavía alegran o alteran la monotonía urbana.

Es bueno referenciar algunos  relatos - cuatro más concisamente - que,  de alguna manera,se refieren al protagonismo de personas que fueron avistados en las calles de la ciudad  y de otros que todavía sobreviven.

En primer lugar, me refiero a ‘Dorita’, la inocente mujer de tez morena que, en el año 1999, deambulaba desnuda por las calles, tal vez afectada por el terrible impacto del terremoto. Fue víctima de la indolencia social y recorría temerosa las vías urbanas, confundida y asustada. Un diagnóstico del hospital Mental de Filandia, adonde llegó remitida en diciembre de ese año, dejó más confusión en su resultado: “Puede tener entre 20 y 30 años de edad...Ha mejorado notablemente, su estado de locura ya fue superado, pero como es una joven con retardo mental, es muy poco lo que nos ha podido decir sobre su familia, por esta razón estamos en la tarea de buscarla”. (Tomado del reporte noticioso del periódico La Tarde, 16 de febrero de 2000).

El segundo caso es aún más paradigmático. Se le conoció a este hombre como ‘Moisés’. También caminaba semidesnudo por las calles de Armenia y el fragmento noticioso que dio cuenta de su asesinato, en LA CRÓNICA DEL QUINDÍO, página judicial, del domingo 18 de mayo de 2003, es interesante, por la descripción de un personaje singular que caminó los senderos de la Ciudad Milagro: “... Para muchos, su vida era un completo misterio, pues nunca  lo vieron pidiendo limosna ni escarbando entre los cúmulos de basura. Tampoco recuerdan que haya sido una persona agresiva con los transeúntes, a pesar de su peculiar atuendo. Tan sólo cubría su cuerpo con una sábana roja o alguna cobija desvencijada...”

Cuando recorro las calles del norte de Armenia me topo con un andariego, el tercer personaje que traigo a mención. Es la personificación de la candidez. Anda con su maleta al hombro y cuenta las historias de su existencia sufrida. Lo escucho con atención, porque encuentro en él unos antecedentes de desarraigo, desde que tuvo que dejar su hogar por disfuncionalidad familiar. Me muestra su mano mutilada en un dedo y, con inocencia marcada, me recuerda que un compañero se lo cortó con un machete en una ocasión, en la que no hubo agresión ni pelea, sino intento de juego y diversión. Extraña manera de encarar la amistad para este hombre de 65 años, llamado Raúl Francisco Daza Galindo, y que todo el día trata de conseguir los tres mil pesos que otro compañero le cobra en arriendo por ocupar una cama en la casucha del sector de la avenida Centenario y a la que llega todas las tardes, con su equipaje. Me invade la duda que no haya sido un damnificado más del incendio pavoroso que consumió ese sector de Armenia el pasado 23 de marzo de 2023.

El ‘Cela’ es el apodo que tiene este “colono urbano”, un viejo de 95 años, el cuarto ocupante de una calle de Armenia, que traigo a colación. Siempre ha vivido en función de la vía pública. Y todavía no comprendo cómo encara la supervivencia atendiendo la venta de cacharros en el sector de la carrera 19, en el día, y es el celador del lote esquinero donde su dueño le permitió permanecer en horas de la noche. Solo se explica esta fortaleza al hecho de resistir al destino de su existencia por la simple y llana intención de servir a sus semejantes. Este batallador se llama Alberto Rúa Chaverra, llegó del Huila hace muchos años - ya perdió sus cuentas cronológicas - y solo lo acompaña su único bien, un garrote de madera que tiene grandes clavos de acero en su remate superior, el que asegura la labor de vigilancia de todas las noches.

Comparto, con el anterior recuento humano (sobre cuatro habitantes de calle de Armenia), el criterio del articulista Javier Ómar Ruiz, al mencionar el testimonio valioso de un participante en un foro realizado en la Universidad Javeriana en 1994,  y que versó sobre esa temática: “...La calle debe dejar de ser una anécdota de los periódicos y el chisme del día en los buses, para ser un estilo de vida susceptible de ser estudiado en las facultades de antropología y sociología. Ya no queremos que sólo nos estén estudiando en las facultades de sicología como enfermos mentales. No lo somos. Somos normales. Somos locos, pero es por la vida, locos de vida. Nosotros necesitamos es que las universidades nos ayuden a entender mejor nuestro mundo y a cambiar lo que debemos cambiar, pero déjenos en la calle porque no somos anormales...”.


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