l

Historia / AGOSTO 19 DE 2022 / 1 año antes

El cuerpo de la mujer indígena, un botín de dominación.

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

El cuerpo de la mujer indígena, un botín de dominación.

Mujer indígena embera en una calle de Armenia.

La violación de una niña de la comunidad indígena embera en el sector rural del municipio quindiano de Buenavista, en días pasados, nos llena de indignación y de vergüenza.

No es posible que debamos soportar estos aberrantes sucesos, que no son nuevos en la historia. Al contrario, están inmersos en el registro de violencia y sumisión de los pueblos originarios, desde el mismo momento que ocurre el contacto con el invasor europeo en el siglo XVI y se constituyó en la maldición y extinción paulatina de millones de indígenas en el continente.    

En la década de los años ochenta del siglo pasado, cuando tuve la oportunidad de trabajar como funcionario en la región amazónica del Vaupés fui testigo de una situación aberrante, que se extendió por algunos meses. En las noches de Mitú, la capital de la entonces Comisaría, la débil planta eléctrica instalada solo funcionaba hasta las 10 de la noche. Desde ese momento, muchas jóvenes indígenas que habían estado divirtiéndose en discotecas y otros establecimientos de carácter festivo, emprendían el regreso en grupo hasta las casas del municipio, donde ellas generalmente trabajaban como empleadas del servicio doméstico.

Otra situación irónica esta, pues meses o días atrás ellas habían llegado en avionetas hasta el aeropuerto de Mitú, aprovechando la facilidad de viaje que les permitía el regreso de la nave, sin pasajeros y carga, ya que había cumplido un periplo institucional y que había dejado a los funcionarios -de la entidad pública que pagaba el vuelo-  en las comunidades del territorio, cumpliendo una diligencia oficial.     

Sabíamos que muchas jóvenes viajaban a Mitú por simple curiosidad o -como lo comprobé en alguna ocasión- para comprar, en el almacén de moda, la ropa o prendas íntimas, las que nuestra sociedad de consumo les imponía como una absurda necesidad. Para regresar a sus aldeas de origen no era tan fácil. Debían esperar que la avioneta retornara días después por los funcionarios. Mientras tanto las jóvenes eran enganchadas en casas familiares, para trabajar en labores diferentes a su desenvolvimiento comunitario en los pueblos ribereños. Era, sin pensarlo, su primer desarraigo cultural, el inicio del suplicio del destierro, el campo de cultivo para el abuso.  

   El regreso a casa, después de la diversión que embriagaba y cautivaba, propio de una región donde la colonización violenta imponía sus reglas, con lo deslumbrante del sonido y la música estruendosa. El camino al hogar de sus patronas se convertiría en tragedia. En el trayecto, caminando por calles oscuras y desoladas, eran asaltadas por grupos de violadores y de pronto los gritos de auxilio desgarradores se escuchaban. Cuando salíamos a atender los requerimientos de ayuda, hordas de agrestes abusadores escapaban como fieras en desbandada. Eso, muchas veces, impidió que los criminales culminaran su cometido. No obstante, el entorno de oscuridad y la indolencia de cómplices pobladores, permitió que muchas niñas fueran agredidas sexualmente en los rastrojos.  

Cuando se acudía a las autoridades pertinentes, en son de denuncia, era común escuchar la respuesta justificante y humillante, que hoy también sume en la más infame impunidad el esclarecimiento de otros casos de violencia sexual contra las mujeres. Se esgrimía la absurda argumentación de explicar los gritos como una respuesta cultural al supuesto “acto de placer consentido por ellas”. O, como ocurre en otros casos, se ponía de presente el hecho de someter al escarnio público a la mujer indígena, al manifestar el funcionario responsable de la investigación que todo era culpa de ellas, al transitar por las calles desoladas de la población a tan altas horas de la noche.  

 Era -y es todavía- la ausencia del Estado en zonas retiradas del territorio colombiano, la causante del nivel de agresión hacia las mujeres indígenas, al establecerse un ambiente de desprecio y discriminación. Y en las zonas más pobladas del centro, como el Eje Cafetero, es la imperancia de la ley del abusador, del explotador y del corrupto, que no permite erradicar la aversión a la presencia de cabildos, asentamientos o pueblos en el territorio. Además, porque el imaginario con el que crecen nuestros herederos es el de la realidad mendicante de las mujeres indígenas con sus hijos, lo que se ha vuelto paisaje y cotidianidad. Se ignora, casi siempre, que ellas son víctimas de una especie de proxenetismo, que manda a las calles a familias enteras a implorar la limosna. Ello es también caldo de cultivo para el abuso, para que siga siendo el cuerpo de la mujer indígena un botín de dominación.  

  Entre tantos hechos históricos que se recuerdan en las últimas décadas, dos se destacan como comprobación de este predominio de la fuerza bruta sobre el cuerpo de la mujer indígena. El primero ocurrió en territorio trinacional. Colombia, Perú y Ecuador conocieron las atrocidades cometidas por quien se considera “el mayor asesino serial del mundo”. Pedro Alonso López, nacido irónicamente en el año fatídico de 1948, en la población de Venadillo (Tolima) es más conocido como “el monstruo de los Andes”. Su historial, como él mismo cinismo lo confirmaba, la violación y muerte de más de 300 niñas indígenas en los tres países.

Fue condenado en primera instancia en Colombia, luego liberado para aparecer en la región peruana de Ayacucho. Su predilección, lo que cínicamente aseguraba, era el ataque de “las que tuvieran los ojos más inocentes”. Y solo en ese país asesinó al menos a 100 niñas entre los 9 y los 12 años entre 1978 y 1980. Fue expulsado al Ecuador, en la región de Ambato, donde siguió su destino delictivo y donde pagó prisión hasta 1994. Luego retorna a Colombia y es recluido en rehabilitación siquiátrica, lo que favorece su libertad en 1998.Desde 1999 desapareció y su vida se convirtió en un lamentable caso de leyenda, no se sabe más de su presencia. Sobre él se tejen todo tipo de versiones y hasta se convirtió su historial en el tema abordado en una obra escrita por Jairo Gómez Remolina, en su libro, sobre el llamado “estrangulador de los Andes”.  

   El otro caso es vigente todavía en Argentina, donde la oprobiosa práctica del “chineo”, o rameo, nombre dado a la violación en grupo de las niñas indígenas, preocupa seriamente a las autoridades. Es la odiosa prevalencia del odioso crimen sexual cometido por muchos individuos, algunos de ellos protegidos por el poder, de los que todavía consideran eso como una práctica de sumisión. Se le llama chineo porque, en la conquista española se llamaba chinitas a las niñas indígenas, por el rasgo facial de sus ojos.  

   En el Quindío, y específicamente en Buenavista, donde una comunidad embera comparte convivencia con este municipio pacífico, debe resolverse el caso judicial de tal atrocidad.No se puede tolerar el menosprecio por la dignidad de la mujer indígena, como quiera esta tierra de la cultura prehispánica, la del Tesoro Quimbaya, representó en su orfebrería a la mujer en la mejor condición.  


Temas Relacionados: #Historia #Indígena

COMENTA ESTE ARTÍCULO

En cronicadelquindio.com está permitido opinar, criticar, discutir, controvertir, disentir, etc. Lo que no está permitido es insultar o escribir palabras ofensivas o soeces, si lo hace, su comentario será rechazado por el sistema o será eliminado por el administrador.

Comentarios Bloqueados solo suscriptores

  • Suscríbase a nuestra página web y disfrute un año de todos nuestros contenidos virtuales.

Acceda sin restricciones a todos nuestros contenidos digitales


copy
© todos los derechos reservados
Powered by: Rhiss.net