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Historia / MAYO 05 DE 2024 / 1 mes antes

Filandia, en el disfrute de los sentidos

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

Filandia, en el disfrute de los sentidos

Siempre fue Filandia un remanso de paz para mi espíritu infantil, muy a pesar de otros sucesos que marcaron  la infancia, como son las escenas de la violencia partidista de los años 60, los juegos accidentados en los árboles a donde subíamos a coger frutas y hasta el llanto por los regalos navideños que a veces no llegaban.

Filandia es mi tierra natal. Es la primera referencia de  pertenencia a un territorio, idea que recuerdo con algo de nostalgia de la niñez. Porque nací cuando ese municipio pertenecía a Caldas y ahora me abriga el Quindío, otra denominación geográfica, más agraria que la imagen  proyectada por  el antiguo departamento, antes de arrancarse de su cuerpo territorial lo que hoy es Risaralda. Cuando era niño, mi padre viajaba con frecuencia a Pereira  y Manizales. Y nos llevaba a los pequeñines de la casa, algunas veces, a esas dos ciudades grandes. De la primera conservo la sensación de la villa alegre y cordial y de la actual capital del ya reducido departamento de Caldas, conservo la remembranza adusta y señorial. Junto con Armenia, la unión de las tres capitales y sus territorios circundantes, se configuraba en su conjunto el Viejo Caldas, con el trazo de su mapa que se parecía a una paloma con sus alas despegadas, como lo describe mi hermano escritor. O también la mariposa verde, como el estribillo que se recita en la canción añeja que menciona a  “los caminos de Caldas donde quedaron las esperanzas”.

Siempre fue Filandia un remanso de paz para mi espíritu infantil, muy a pesar de otros sucesos que marcaron  la infancia, como son las escenas de la violencia partidista de los años 60, los juegos accidentados en los árboles a donde subíamos a coger frutas y hasta el llanto por los regalos navideños que a veces no llegaban.

Desde los cinco años de edad, cuando mis padres emigraron al vecino departamento de Risaralda, para establecer la residencia allí, no perdí el vínculo con Filandia. Pues cada domingo lo visitábamos con nuestros padres.

Hoy, Filandia es el compendio del tesoro cultural que atravesó mi existencia. Vivo plenamente sus atributos y atractivos, a través de varios ejercicios académicos y sensitivos. Entre los primeros está la participación en un grupo de estudio que destaca todas las razones para querer al terruño. Entre los segundos está el disfrute de los sentidos, ejercicio que pongo en práctica a diario, observando los aspectos más significativos de este pueblo que me vio nacer y que, de pronto, recibirá mis cenizas cuando emprenda algún día el viaje final del destino.

En medio de un avasallador turismo, el masivo arribo de visitantes ha provocado la pérdida de los elementos que nos brinda la cultura para  reconocernos con aire de identidad filandeña. Por tal razón, los siguientes son los propósitos de gozo, que todos deberíamos vivenciar, aunque ya algunos son cosa del pasado, extraviados en la desfiguración del Patrimonio Cultural. O, en el peor de los casos, son actitudes y costumbres que se esfumaron de la realidad circundante. Lo que podemos potenciar todavía - para entender la dinámica de un municipio pequeño - es lo que se configura desde la visión de un turismo histórico y cultural que aún no se consolida.

Filandia, en el disfrute de los sentidos, es reconocernos desde los verbos orientadores de las siguientes vivencias, así algunas de ellas estén en la frontera del exterminio que otros nos imponen, en el maremágnum del turismo masivo que sufre la región del Paisaje Cultural Cafetero Colombiano (PCCC).

Sin olvidar el componente cultural, Filandia es:

 - Vivir en una casa de bahareque, con sus largos corredores y sus estancias interiores.

 - Divisar el paisaje ensoñador, sobre todo el de las montañas que se tornan azuladas hacia el oriente.

 - Tocar la rugosa hoja del “sietecueros”, la del arbusto denominado tibouchina, y mientras se contempla el color lila de su flor, como que ella es también nuestro símbolo floral municipal.

 - Olfatear la yerba recién cortada, pero también el aroma de sus jardines montañeros, para lo cual debo ingresar al patio o solar de la casa antigua.

Soportar el susto inmenso del trajín de sus calles. El que muchas abuelas nos infundían antaño. La del “convento”, por los antiguos fantasmas. La de la “paz”, por su infinitud. La  del “embudo”, por su misterio. La de la “cruz”, por su soledad.

 - Respirar profundo al ver los hermosos árboles  de yarumos plateados, desde los muchos miradores y atalayas que miran al paisaje circundante.

 - Impregnarme del rocío de sus días de bruma, tratando además de avanzar en medio de la niebla que invade sus calles.

 - Fantasear con las imágenes del Tesoro Quimbaya, el conjunto orfebre arqueológico que fue extraído de las entrañas de su jurisdicción en el año 1890 y que ahora se exhibe en el Museo de América en Madrid.

 - Recrearnos imaginariamente con las nuevas campanas de bronce del templo principal, mientras observamos la soberbia de las antiguas, que fueron fabricadas en 1891 y que ya hoy se disponen a descansar, con toda su carga histórica.

Interpretar los escasos motivos de andenes grabados que se conservan y que tienen una edad estimada de noventa años. En especial, los que reproducen figuras de liras y flor de margarita.

 - Ensoñarse con las canciones y melodías de los conjuntos callejeros de música campesina.

 - Degustar el café de origen, el pintadito espumoso, la parva y buñuelos de sus cafeterías y panaderías. Y, mientras tanto, añorar la “empanada de patasdeala”, los buñuelos con dulce de guayaba y la parva de la Panadería Turín, manjares que ya se fueron en el viaje del olvido.

 - Morar de nuevo en las casas campesinas, algunas de ellas abandonadas por sus dueños, que partieron al pueblo a ocuparse en las lides del turismo.

 - Correr de nuevo, en rescate lúdico, repasando el juego infantil de la “candelilla”, alrededor del busto hierático de Bolívar, en el centro del parque principal.

 -Empaparme de los arbustos recién mojados por la lluvia, cuando todavía insisto en ingresar al relicto boscoso de los corredores biológicos en la periferia del bosque de Bremen.

 -Acostarme sobre el césped de la colina, especialmente en el espacio verde que aún le queda al cerro El Bizco, donde hoy está la torre más alta del Quindío, levantada con la madera de mangle de San Bernardo del Viento. Y luego, levantarme para girar en círculo completo y otear la naturaleza de bosques, terrazas arqueológicas y suave topografía.

 - Palpar el entretejido de tramas y urdimbres de los artesanos canasteros del barrio San José, tratando de encontrar en sus cestos el diseño de sus sueños.

Contemplar, muy temprano, el amanecer con sus colores. Y al atardecer, el sol de los venados, con sus encendidos y fulgurantes destellos.

 - Leer, sin afán, los poemas de apodos de autoría del caricaturista Arturo Muriel Guinand. Y las 660 estrofas del poema “LA BOLIVARÍADA”, del poeta Jesús Rincón y Serna, la composición épica, dedicada al Libertador, más larga.

 - Extasiarse con los  cuadros primitivistas de la pintora más destacada, Olga de Chica.

 - Viajar en la mente, al escuchar los poemas recitados por el escritor insigne del terruño, don Héctor Uribe Saldarriaga (Donuribe).

 - Saborear las solteritas de don Joaquín, el plátano asado de doña Fabiola y hacer miñocos con el rayado de mango revuelto en sal y limón.

 -Recrear la historia con la novela escrita por Alberto Medina, el ensayo de Orlando Aguirre y las semblanzas de Gabriel Echeverri.

 - Reír o sonreír, mientras damos vueltas al “tontódromo”, alrededor del parque principal, y en compañía de los yipes de los niños y el recorrido del caballo de Chucho.

 - Oír el sonsonete de la música, al interior de los dos últimos establecimientos de billares, para recordar la música del dueto Ramírez y Arias.

 - Evocar las canciones del pasado en la fonda de Azael.

Filandia, en el disfrute de los sentidos

- Escuchar el croar de las ranas en los escasos humedales de los alrededores.

 - Soñar con la  cometa de don Jesús María Ocampo (Chun), el cometero y talabartero que algún día fabricó la más grande del mundo y que creó con ello la historia más fantástica de la vida provincial.

 - Distinguir detalles arquitectónicos de balcones, postigos, aleros, zaguanes y cielo rasos de las casas  más antiguas y mejor conservadas, en el recorrido de la Ruta del Bahareque.

 - Captar la cotidianidad humana, sencilla e ingenua  de Néstor, Pedrito, Óliver y todos los personajes bellos de nuestra cultura popular.

 - Indagar todavía, con la inquietud de adolescente, porqué los postes de madera del templo principal se mantienen en pie, siendo ellos árboles barcinos originarios, que fueron arrastrados por los vecinos hace más de cien años, desde los bosques cercanos.

 - Admirar la arquitectura interior del colegio Sagrado Corazón de Jesús y su capilla de madera, única en el Eje Cafetero.

 - Probar el “manjar de Filandia”, postre sabroso,  y las delicias culinarias de los restaurantes del turismo.

 - Estar atento al sonido de la sirena del mediodía, fabricada por Raimundo Meza, el  único fabricante de esas máquinas que tuvo Colombia.

 - Visitar los museos para conocer los muebles del ebanista Arcadio Arias, la fotos de las reinas tomadas por Alberto López Martínez, los objetos simbólicos de los oficios, las despulpadoras de madera y los libros de poemas  y ensayos de escritores filandeños.

 - Comprar las almohadas de carbón de guadua de don Ovidio Ramírez, el inventor ingenioso y ambientalista.

Tanta magia de sensaciones, como las que  se mencionaron atrás, y otras que se despiertan en Filandia, mientras tanto, nos permitirán conocer mejor el poblado histórico y cultural que forjaron nuestros ancestros. Al encontrar esos alicientes, las historias que nos relatan los mayores también se tienen en cuenta. Con tantos insumos, el acervo de conocimientos nos debe conducir a otro mundo descubierto, para explorar nuevas posibilidades, en el vehículo que se llama el Turismo. Ha llegado hasta nuestras puertas y de cada uno de los pobladores dependerá que el visitante se sienta satisfecho con su llegada. Y que el anfitrión - el local - reoriente la senda del turismo que hasta ahora se ha establecido. El que pregona UNESCO a través de su máxima:

La cultura es la savia del turismo.
 


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