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Historia / FEBRERO 25 DE 2024 / 1 mes antes

Historias de casas y destrucción en la calle del convento

Autor : Roberto Restrepo Ramírez / Especial para NUEVA CRÓNICA QUINDÍO

Historias de casas y destrucción en la calle del convento

La tapia pisada en la demolición de la casa de don Santiago López.

La demolición de casas tradicionales en Filandia genera preocupaciones sobre los posibles impactos del turismo en el patrimonio arquitectónico local.

 

 

 

 

 

El último hecho de demolición de una casa tradicional en Filandia - sucedido en la tercera semana de febrero de 2024 - renueva las discusiones sobre los efectos de un turismo mal concebido y direccionado, que afecta al Patrimonio Cultural y especialmente al arquitectónico. Desde hace varias décadas, se veía venir tal situación, sobre todo en una región, como es el Quindío, que ha sido testigo de las varias épocas de depresión económica, provocada esta por diversos factores y que han golpeado al departamento en su historia del siglo XX.

Después de los 80, por los efectos devastadores de la crisis cafetera, comenzó a hablarse en esta región sobre el turismo rural. Y pronto las fincas cafeteras fueron transformadas, hasta constituirse una infraestructura de alojamiento, en las mismas estancias donde se había cosechado el grano y en los lugares de la casa campesina donde se procesaba el producto. Las heldas (nombres dados  a los tradicionales corredizos para secar el café) y los lavaderos con sus despulpadoras desaparecieron para dar paso a los espacios cómodos del y para el turista. Por supuesto, el visitante retornaba - y eso ocurre todavía  - a sus ciudades de origen, sin conocer un plantío de café ni un guadual, los básicos pilares agrarios de la llamada cultura cafetera.

El tiempo pasó y llegó el terremoto de 1999, afianzándose la idea generalizada que era el turismo - ya ampliado al ámbito urbano de los silenciosos municipios - la panacea para reparar las afugias.

El turismo masivo y depredador está cobrando su pesado precio al bienestar social de esta región. Impera el interés económico y se hizo evidente, hasta los tiempos que corren, que otra dinámica manejaría la vida de sus pobladores. Eso se llama gentrificación y ha vulnerado por completo el diario transcurrir de los pobladores locales. Pero está beneficiando enormemente a los inversionistas, que han aterrizado con sus modelos turísticos descontextualizados y  que desconocen las tradiciones.

Gran golpe se ha asestado al Patrimonio Arquitectónico vernáculo. Pues, en todas partes, las inmensas o pequeñas casas antiguas se demuelen, sin consideración alguna, para dar paso a hoteles grandes, a restaurantes amplios y a centros comerciales. Cuando no es que el espacio que ocupaba una casa tradicional se convierte en un bloque de apartamentos de propiedad horizontal.

En cuatro capítulos de este escrito quiero mostrar la realidad del turismo que nos domina. Pero que, irónicamente, se avizoraba desde hace décadas.

1 - “El turismo, ¿riqueza o destrucción?”

Este título apareció, hace exactamente 50 años, encabezando una columna del periódico EL PAÍS de Cali, escrita por el historiador y arqueólogo Héctor Llanos Vargas. El  columnista quería sensibilizar a los lectores sobre un tema espinoso, el del turismo. Idea que ya se abría paso en la perspectiva de un país que necesitaba - en la década de los 70 del siglo XX - perfilar el destino de un sector que estaba interesado en mostrar realidades, frente a cambios radicales.

El entonces joven profesional escribió, para el periódico caleño, con el propósito de visibilizar a sus lectores sobre una modalidad en boga, la de mostrar a los pueblos indígenas como “personajes curiosos” de museos vivientes. Lo que llevaba a la postre a denigrar de esas comunidades, en el empeño de convertirlas en “objetos exóticos”. En otros términos, figuraban a los indígenas en objeto del turismo internacional.

Transcribo la primera parte de dicha columna, para traer a colación el sentido profundo del texto. Y para relacionarlo con el tema destructivo del Patrimonio Arquitectónico tradicional del bahareque. Pues es ello lo que está ocurriendo ahora, en beneficio de unos cuantos constructores, en la región que ha sido elevada por Unesco a la condición de Patrimonio Mundial, pues fue incluida en su lista como el Paisaje Cultural Cafetero Colombiano (PCCC):

“En los últimos años en Colombia el tema del turismo ha tomado mucho auge a nivel de discusiones oficiales y privadas. Se habla de un potencial turístico expresado en el pasado cultural indígena y en el medio natural tropical, siendo varios los intereses creados a su alrededor.

...Es interesante ver el turismo no solo como una empresa económica, sino como una empresa cultural, ya que los potenciales de explotación tocan directamente con la cultura.

...Si no se tiene cuidado con el enfoque que se le dé, podemos terminar siendo una nación con nuevos ingresos de divisas, pero ignorantes culturalmente” (En: separata  “DE DOMINGO A DOMINGO” del periódico El País. Cali, domingo 24 de febrero de 1974).

Medio siglo después de publicada esta columna - y con relación al tema de la destrucción de las casas de bahareque en el entorno turístico del Eje Cafetero de Colombia - tal parece que todavía es válido afirmar que seguimos en ignorancia crasa frente a las ventajas de mantener esos conjuntos hermosos de casas en los municipios. Ya como continuidad de un sistema constructivo que sobresale por su probada sismoresistencia. Ya como un atractivo turístico que no ha sido valorado pero que se empeñan en desaparecer porque nunca quiso conocerse de esas viviendas su riqueza simbólica.

Esa es la lamentable realidad. El bahareque ha sido despreciado y vituperado. Y, por lo mismo, las casas han sido destruidas para dar paso a un supuesto progreso y a un afán de renovación. Lo que ha llevado también a una desfiguración identitaria.

Enseguida, como alerta a una situación calamitosa, las cinco historias cortas que se describen presentan la realidad de una calle de Filandia, la del Convento, que pasó del plano histórico a ser el remedo de un falso modelo de atracción para los visitantes. Todo, por cuenta de un turismo avasallador, que ha convertido a sus casas en recuento imaginario de un pasado añorado.

2 - La Calle del Convento de Filandia y su importancia histórica

Desde la primera década del siglo XX, un hecho local cambió para siempre la vida de los pobladores de Filandia. Un grupo de religiosas Bethlemitas llegó al rústico poblado, con la intención de instalar un plantel escolar. Luego de una larga jornada de varios días, desde los caminos del sur de Colombia, llegaron a Piedra de Moler (hoy Alcalá), pernoctando allí. Las monjas salieron al día siguiente y arribaron entre vítores a Filandia, donde las alabó la comunidad, el cura y los ciudadanos que conformaban el comité de recibimiento.

Corría uno de los días de vientos agosto de 1907 y esa llegada constituyó el suceso más transformador para el poblado. Pues desde ese momento las religiosas se instalaron en una pequeña casa, adaptada para ellas, en la cuadra correspondiente a la calle 7, entre carreras tercera y cuarta. En el costado oriental de esa sencilla calle empedrada nació el colegio del Sagrado Corazón de Jesús. Ya para la segunda década, con capilla construida en fina madera y anchos corredores de la institución, ese recinto  se llamó simplemente el convento.

Las dos cuadras, incluyendo la aledaña a la plaza principal tomaron el nombre nuevo. Desde entonces, todos tenían que ver con la Calle del Convento. Otras casas, las esquineras y las centradas, fueron construidas con las mejores maderas del bosque y ocupadas por las más destacadas familias. Las viviendas de bahareque - la mayoría de ellas de una planta - ya pertenecían a la categoría especial de estar dispuestas sobre el sendero que llevaba a niñas (y posteriormente a niños de Kínder) de la población a ingresar al recinto del saber, donde las monjas enseñaron a leer y escribir. 

Ningún miembro de la filandeñidad se quedó por fuera de esa influencia educadora.

3 - Historias de casas y de su triste destino

La primera y más célebre vivienda de la calle del Convento estaba en el comienzo del recorrido ciudadano, en el lugar exacto donde hoy se encuentra la Casa de la Cultura. Era una casa de dos pisos con forma de herradura y conformada por 15 habitaciones, con corredores de barandas que miraban al patio central de tierra. En los años cuarenta, mi familia paterna la adquirió y años después se transformó en uno de los cuatro teatros famosos de Filandia. Se conoció como Bengala.

Las casas no son solo los conjuntos de maderos y de estructuras  de tierra, guadua y esterilla. Son también las historias de sus espacios. Como las que recuerdo a finales de los años 50, cuando mi padre transformó el patio central en el salón del teatro, tapando el techo para proveer la oscuridad que requería la proyección de cine. Pero también la casa cuenta otras  cosas, las del ámbito afectivo. Como la siguiente, presentada en una bella descripción que se publicó en un periódico de Armenia. Fue divulgada por mi hermano escritor, sobre esa vivienda -  la de nuestra niñez - y refiriéndose a una de las tiendas que funcionaba en los bajos de la casona, sobre la calle del Convento:

“... Recuerdo que el tendero que ocupaba el local me regalaba mis dulces preferidos a cambio de llevarle a su novia, que trabajaba con mi familia como empleada, un apasionado suspiro que yo debía imitar y contener con una inspiración profunda para repetirlo con igual ardor ante su enamorada. Cargador de suspiros fue la primera ocupación que recuerdo haber desempeñado con éxito en la infancia...”(En: ‘La Casa’. Periódico “Culturarte”. Por Luís Carlos Restrepo. Armenia, año 1, número 5,1999)

La casa del frente, donde hoy se encuentra el Banco Agrario, también era de dos plantas. Durante muchos años fue la residencia del recordado rector del colegio de la Santísima Trinidad, don Santiago López. Inolvidable vivienda, porque su solar parecía un gran bosque que bajaba paralelo a la pendiente de la falda de La Paz.

Las casas no son eternas, sobre todo cuando ellas ya entran en la dinámica del comercio. Ese fue el primer paso en falso para la historia de tres de las cuatro viviendas de dos pisos de la calle del Convento.

A la primera que le tocó el turno de su absurda demolición fue al teatro Bengala, a comienzos de los 70.Mientras que la casa de don Santiago fue destruida a finales de los 80.

La sorpresa histórica que albergaba aquella casa del afamado educador fue encontrar sus paredes de tapia pisada intactas. Se descubrió entonces que se había cometido un atentado contra los sistemas constructivos tradicionales. Pues en la historia de Filandia pocas viviendas habían sido levantadas con enormes paredones. Ya que imperaba, más que todo, la construcción de embutido en bahareque, esto es con esterilla de guadua, amarre de alambre o bejucos fuertes, pañete de estiércol de caballo (llamado boñiga) y cubierta la superficie con estuco de cal.

La tercera gran casa de la calle histórica no fue derrumbada. Ubicada al final de la calle hacia el sur, se conoce como la casa Arbeláez. Fue modificada, lo que equivale que haya perdido más del 50 por ciento de su autenticidad estructural. Era singular, pues constituía la única de tres pisos. Estas viviendas, muy escasas en la historia arquitectónica del Quindío, muestran la pericia y solvencia de los viejos maestros, que no eran arquitectos, pero sí expertos en las viviendas más sólidas que se hayan levantado en esta región.

El orgullo que tenían los residentes de la calle del Convento se centraba en sus casas de una planta. La primera que sucumbió se llamaba la casa de los López. En su historial se cuentan los relatos de vida y muerte de sus moradores. Como se caracterizaba  en su tipología, en todas las de un piso sobresalen los corredores con barandas alrededor del patio central, las habitaciones que se disponen en el espacio profundo y una puerta de comedor con calado de madera en su parte superior. Con ironía histórica, esta casa de la familia López fue destruida tres semanas después que se incluyó al Paisaje Cultural Cafetero Colombiano (PCCC) en la Lista Unesco. Esa fecha fatídica de julio de 2011 fue apenas el comienzo de otras demoliciones. Se creía firmemente que se detendría la destrucción del noble bahareque con la emisión de la providencia del organismo mundial, pero no fue así. Las maderas de la casa - y hasta los detalles maderables que se habrían podido rescatar fueron consumidos por el fuego. Fue un nuevo atentado que lastimó al alma ciudadana.

Después vendría el derrumbe de la casa Ospina, la esquinera más grande y vistosa. Memorable, porque su solar se extendía casi una cuadra, paralelo a la carrera cuarta.

Las casas esquineras de una planta fueron todas demolidas. A excepción de dos que persisten, pero cuya amenaza de desaparición es una realidad inocultable. Sobreviven, con rasgos de agonía, la conocida como la casa de Chelino y la que tiene el cielorraso más bello, la de los Valencia. Esta vivienda tiene la particularidad de conservar los detalles de andén grabado más bellos de la calle del Convento. Es un detalle iconográfico único en el Quindío, una lira.

¿Cuánto tiempo le quedará, también, a este detalle arquitectónico tradicional para sobrevivir?

El último suceso de destrucción de casas de una planta se evidenció el viernes 23 de febrero de 2024.Nadie contaba con la demolición de la más hermosa del conjunto. La casa de doña Fabiola ha entrado a esta historia imaginaria. La del recuerdo, la del recuento, la de la nostalgia. Tampoco se había abrigado su demolición, si teníamos en cuenta que era la única que contaba con patio empedrado, un vestigio que nos recuerda la existencia de dos empedradores famosos de principios del siglo XX. El padre de Fabiolita Murillo  y Merejo .Se recuerda de la casa de doña Fabiola la presencia de un objeto de adorno. Por eso también se le ha llamado “la casa de la manija más hermosa”.

4 - La casa de la manija más hermosa

Es, todavía en su fachada que no ha caído, la casa más conservada de la calle del Convento. La única en Filandia que tenía todavía patio interior de piedra escogida, otro vestigio de la arquitectura tradicional.

El nombre alusivo a la manija se debe al vistoso adminículo de fina porcelana que tenía su puerta principal, para abrirla hacia el interior. Fue retirado hace meses, como presagiando su futura demolición. Era la vivienda de dos mujeres de la historia de Filandia. La “madre Toña”, como se llamó a la principal benefactora del colegio Sagrado Corazón de Jesús en los años 20.Y doña Fabiola de Peláez, la matrona de una importante familia del municipio.

Ahora solo nos quedan las fotos de la bella manija. Y la de  la altiva casa de una planta, cuya presencia física en su fachada nos alegraba el paso por esa calle histórica.
 


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