Historia / OCTUBRE 04 DE 2020 / 1 mes antes

Historias fabulosas de los Guerrero y sus globos en Antioquia y Quindío

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

Historias fabulosas de los Guerrero y sus globos en Antioquia y Quindío

“El 20 de abril de 1924 se llevó a cabo el mayor espectáculo de la época. Pedro Nolasco Guerrero, el Domingo de Pascua, hizo su ascensión en globo, habiendo caído en la esquina de la cárcel...”

Son 2 historias que confirman las ilusiones de cualquier ser humano —volar y hacer volar— y que se cuentan desde la tercera década del siglo XX en Quindío. Los hechos sucedieron en Filandia, con la gran cometa de un personaje apodado “Chum”, y en Montenegro y Armenia, con sucesos que pasaron a la leyenda popular como “el globo de Guerrero”.

Antonio Guerrero, “el aeronauta”, ya era muy conocido en Medellín. Realizaba sus recorridos por otros lugares, en compañía de acróbatas que lo apoyaban en las hazañas de vuelo y que también eran sus discípulos de aprendizaje, y quienes después se elevarían en sus globos, entre 1887 y 1896. La canastilla era ocupada por un solo tripulante y en ella se tenía un trapecio colgante, donde se hacía gala de las volteretas, para aumentar la emoción del público espectador. Cuentan que Antonio Guerrero se elevó al menos 5 veces en su globo, que era inflado con el humo de petróleo quemado que él importaba desde México.

El dirigible que ascendió en Montenegro y Armenia tuvo a un personaje protagonista que en vida se llamaba Nolasco Guerrero. Era uno de los hijos de otro acróbata de origen mexicano, sencillo y humilde, llamado Antonio Guerrero. El mismo que, en 1875, a bordo de un globo de trapo, se elevó en plena Plaza Mayor de Medellín, llamada actualmente el parque de Berrío. Había arribado en un circo y se radicó en esa tierra antioqueña. Una foto histórica, que se conserva en el archivo de la Biblioteca Pública Piloto da constancia de aquel hecho espectacular. En ella se ven muchos parroquianos con sus sombreros, alrededor del gran globo, que está en el centro y, detrás de ellos, se aprecian las casas antiguas del marco de la plaza.

La historia del globo de Guerrero fue contada con visos de fantasía en el Quindío, y se convirtió en uno de aquellos relatos fabulosos que nadie olvidó. Era natural que ello se vinculase con lo asombroso y lo absurdo, al ver volar a un ser humano en la canastilla de mimbre fuerte, desafiando todos los planteamientos que, hasta hace un siglo, los curiosos y escépticos tenían frente a esas realidades.

Para 1915, los hijos de Antonio ya se presentaban en Medellín y en otras poblaciones, siguiendo la tradición del padre quien, ya minado en sus fuerzas, muere ese año. Ellos, Luis, Samuel y Nolasco, junto con 2 hermanas, se trasladan a Aguadas después de la muerte. Poco después Luis se instaló en Pácora, se casó y luego se radicó en Cali. Sobre él se cuenta que, en uno de sus vuelos, el globo se perdió en las aguas del océano. Mientras tanto, Samuel viajaba a varias ciudades, junto con Domingo Valencia y Rafael Palacio, otro de los aprendices de don Antonio Guerrero.

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En un artículo de prensa titulado “Aventuras y hazañas espaciales colombianas” (El Tiempo, mayo 2 de 2011), el periodista Daniel Samper Pizano se refiere a las “exitosas ascensiones con globo” de estos 3 personajes en Bogotá, Medellín y Barranquilla. Y añade que una española, llamada Maruja Suárez, también efectuó otros ascensos exitosos en Girardot.

En la obra titulada Libro de Oro de Medellín (Editorial Bedout, 1975), de donde provienen algunos de los datos anteriores, su autor, Luis Latorre Mendoza, menciona el nombre de Domingo Valencia, como el último aeronauta antioqueño, del grupo de discípulos de Antonio Guerrero y donde también habían estado preparándose sus hijos.

La costumbre de elevar globos de papel era antigua en Medellín y luego se extendió a la región colonizada de Caldas. Desde 1799 se tiene conocimiento de su uso, especialmente en las festividades religiosas del barrio El Prado, cuando se elevaban en la fiesta de la Asunción, en la noche del 15 de agosto. La hazaña del mexicano, en 1875, marcó la pauta de los vuelos con seres humanos en Antioquia, que ya trataban de emular a los hermanos Montgolfier, inventores de aquellos globos aerostáticos en Francia de 1783. O inspirarse en la novela de Julio Verne, escrita en 1863. Y hasta repetir el logro alcanzado en el primer vuelo de Colombia, el del argentino José Antonio Flórez, quien lo hizo en Popayán en 1843 y 2 años después en Santa Fe de Bogotá.

El 30 de noviembre de 1923, otro antioqueño llamado Manuel Salvador Acosta, pero más conocido como Salvita, se elevó en globo en la plaza de Cisneros de Medellín, con tan mala suerte que el viento jugó en su contra y, después de subir 50 metros, entre piruetas y malabares del personaje, se estrelló sobre el techo de la estación del Ferrocarril de Antioquia, siendo esta la tragedia más recordada de un globo aerostático tripulado en la región. Varios fotógrafos registraron esos instantes de la caída y la muerte de Salvita.

Fueron escasos los escritores y cronistas del Quindío que comentaron aquellos sucesos. Uno de ellos, don Alfonso Valencia Zapata, así lo anotó en sus 2 primeras ediciones del libro Quindío Histórico: “El 20 de abril de 1924 se llevó a cabo el mayor espectáculo de la época. Pedro Nolasco Guerrero, el Domingo de Pascua, hizo su ascensión en globo, habiendo caído en la esquina de la cárcel. Por segunda vez se elevó el 4 de mayo del mismo año, cayendo en casa del señor Jesús Suárez, habiéndose fracturado un brazo y recibiendo un golpe en la cabeza. Finalmente, el 2 de noviembre ascendió en un globo la mujer Matilde Calderón, de 22 años, natural de Neiva”.

Nolasco Guerrero realizó en 1924 sus giras por las poblaciones de Caldas, entre ellas Manizales, Armenia y Montenegro. Cada hazaña suya en globo dejaba una marca indeleble en la historia local. La artista filandeña Olga de Chica dibujó en uno de sus óleos aquella escena, pues había escuchado el relato recurrentemente desde muy pequeña.

Sobre estos vuelos en globo, un testigo de ocasión, don Saúl Parra Robledo, en su libro titulado Armenia en sus primeros años, escribió con más detalles: “...Cuando se iba a elevar, desde las 5 de la mañana prendía candela en la plaza Bolívar y lo llenaba de humo. Los muchachos le ayudaban en su labor y cuando terminaba la misa de 11 aprovechaba la salida de la gente para tener público. Desprendía las amarras, se subía al trapecio vestido todo de rojo y se lanzaba al espacio, hacía algunas maromas como irse de para atrás y quedar colgado en las corvas. Lo veíamos llegar cerca de las nubes y no sabíamos de su aterrizaje que era unas 2 o 3 horas después. Recogía el globo y salía a las calles a recoger dinero por su hazaña”.

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Sobre el vuelo de Montenegro, 2 autores se refirieron a él. Todo indica que fue el domingo posterior al primer ascenso de Armenia. En su libro, publicado en 1990, con motivo del Centenario de la población, el docente y escritor César Carvajal Henao, en excelente prosa, señala los pasos que cumplió Nolasco Guerrero. Todo ocurrió desde la noche del sábado, cuando ardieron los leños de la fogata para producir el humo inflable, y hasta las 10 de la mañana del domingo, cuando emprendió el ascenso. Horas más tarde cayó en un potrero y regresó triunfante al pueblo, donde fue recibido en medio de un desfile y entre vítores y aplausos. La anécdota que se narra al final del relato, sobre un niño que le expresa con admiración a su madre cuáles fueron las palabras que le dirigió su “héroe” Guerrero, le dan un tono gracioso a la crónica.

Por su parte, el escritor Carlos Aurelio González Restrepo, en su obra titulada Libro de la montenegrinidad, llama a Nolasco “el guerrero del cielo” y lo cataloga también como un Ícaro moderno, en alusión al personaje de la mitología griega “que osó construir unas alas de cera para realizar la aventura de volar”. Termina su escrito, resaltando este hecho de Montenegro como “un espectáculo de circo para el goce de los niños, que no perdían un detalle de esta odisea del espacio”.


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