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Historia / FEBRERO 05 DE 2023 / 1 año antes

Julio Flórez: la historia del 'último poeta romántico', a 100 años de su muerte

Autor : Roberto Restrepo Ramírez / Especial para NUEVA CRÓNICA QUINDÍO

Julio Flórez: la historia del 'último poeta romántico', a 100 años de su muerte

Fue uno de los poetas populares de Colombia y también ganó prestigio fuera de su país, sobre todo a nivel continental.

Para los que nacimos en la mitad del siglo XX era muy común escuchar una triste canción, tarareada por nuestras madres, que combinaba la melancolía con el sentimiento romántico, hasta arrancarle lágrimas a ellas -y a nosotros todavía niños- con su letra su título, ‘Mis flores negras’, cuya primera estrofa así dice:
 

 “Oye, bajo las ruinas de mis pasiones,
en el fondo del alma que ya no alegras,
entre polvo de sueños y de ilusiones,
brotan entumecidas mis flores negras...”


Una serie de términos nostálgicos, que algunas veces reemplazan la palabra “brotan” por “yacen”, pero que quieren transmitir la inspiración triste de un poeta que nació en el siglo XIX y que nos dejó ese legado para que se declamen sus versos o se entonen las canciones adaptadas con esas líneas, que exhalan despecho, muerte y agonía. Era una de las poesías de Julio Flórez, el chiquinquireño que había nacido en esa población de Boyacá el 22 de mayo de 1867 y quien murió 55 años después, muy lejos de su tierra natal, en Usiacurí, pequeña población del departamento del Atlántico. El 7 de febrero de 2023 se conmemora el centenario de su fallecimiento.

Julio Flórez fue uno de los poetas populares de Colombia y también ganó prestigio fuera de su país, sobre todo a nivel continental. Es uno de los poetas que más profundamente llegó al alma del pueblo. Sus poesías son rebosantes del más acendrado clamor romántico y sentimental y se conocen en todas los rincones de la patria. No obstante, muchas de sus poesías siguen dispersas en antologías y revistas y algunas de ellas poco se conocen en el dominio literario. Como la siguiente, que encontré en un amarillento folletín de Ortografía Analítica, escrito por Lázaro Nieto Ospina en los años 60 y que tiene un título de matiz religioso, ‘Consumatum Est’. Corresponde a la locución latina, que se traduce como “Todo está consumado”, que son a su vez las últimas palabras atribuidas a Cristo en la cruz:
 

“Cuando Jesús en la postrera hora
dobló la faz como sangriento lirio,
y consumatum est, con voz sonora,
clamó poniendo fin a su martirio,
siniestra nube como enorme sayo cubrió el azul,el orbe quedó ciego,
y en el telón nuboso trazó el rayo
su gigantesca rúbrica de fuego”.


El “último poeta romántico”, como algunos lo llaman, nació en el hogar conformado por el médico y pedagogo liberal Policarpo María Flórez y doña Rosa Roa, activista de filiación conservadora. Su padre era asiduo lector de Víctor Hugo, legado literario que heredaron sus hijos, pues dos hermanos de Julio también escribieron poesía. Se trataba del médico Manuel de Jesús y el abogado Leonidas Flórez Roa. Un primo de los hermanos Flórez, de nombre Luis Eduardo Calderón Flórez (muerto joven, en 1918, a sus 33 años), también dejó un único poema para la posteridad, que está contenido en el soneto que lleva por título ‘Peccavi’, donde “compara a la mujer con Dios, porque como él, habría de perdonarlo”.

Julio Flórez se trasladó a Bogotá, en 1881, después de terminar sus estudios secundarios en el Colegio Oficial de Vélez, donde su padre oficiaba como rector. La vida de su progenitor era, además, muy activa en la política pues llegó a la capital para ocupar un escaño como Representante a la Cámara por su región y luego de regir el Estado Soberano de Boyacá. En la capital, el poeta ingresó al Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, donde inició estudios en Literatura, que debió suspender, debido al clima tenso que se vivía en esos años por las guerras civiles. Mientras sus hermanos sí culminaron sus carreras.

A partir de 1882 Julio Flórez abandonó la casa paterna para pasar a compartir el hogar y la nutrida Biblioteca en la casa de su hermano Leonidas, donde compartió con sus sobrinos Esther y Leonidas Flórez Álvarez. Pero fue en este periodo, en 1883, cuando se presentó el primer trance familiar que lo afectó profundamente. La carrera trepidante del abogado Leonidas fue cortada trágicamente por los disturbios políticos de la capital, cuando tres candidatos a la presidencia de la República, Rafael Núñez, Solón Wilches y José Eusebio Otálora pugnaban por llegar a ese cargo. En la plaza de Bolívar fue herido Leonidas en un mitin armado y murió cuatro años después, por las secuelas sicológicas.

Ello no fue lo único que afectó a Julio Flórez. En 1884, cuando tenía 17 años, asistió al funeral de Candelario Obeso, el primer poeta negro de Colombia, quien se había suicidado y allí intervino sentidamente en el cementerio. En 1886, cuando se suicidó otro de sus amigos, el poeta José Asunción Silva, declamó en su funeral una elegía que fue considerada como blasfemia por el obispo de Bogotá. Y en 1891 debió sufrir otra tragedia familiar, la de su hermano Alejandro.

Fue un personaje incomprendido, se ensimismaba en su trágica realidad y así lo transmitía en su poesía. Llevaba una vida bohemia y convulsionada. Se le reconocía fácilmente por su apariencia en las calles de Bogotá. Y más como lo describe el autor de una de las reseñas biográficas, el escritor Carlos Arturo Caparroso, en la siguiente semblanza:

 “Andar lento y sosegado, cuerpo delgado y bien proporcionado, espaciosa frente, tez morena, boca sensual, cabellos sedeños, ojos rasgados y soñadores, como perdidos en vagas lejanías irreales. De fino perfil, usó siempre sombrero flojo y vistió largo gabán negro que acentuaba todavía más sus pausados andares y su tranquilo caminar”.

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Y es que siendo así su apariencia -que transmitía elegancia- y además con un tinte de admiración desde la óptica femenina, el poeta se ensimismaba en su tristeza y soledad.

Solo consiguió paz interior cuando en 1900 fundó la Gruta Simbólica, con un grupo de amigos. Uno de ellos, así lo justificó en uno de aquellos escritos, que heredaron a la posteridad, sobre ese grupo que se reunía a libar, a declamar y a compartir, en un momento en que el país rural seensañaba en lucha fratricida, que la historia conoció como la Guerra de los Mil Días:

 “Lo que determinó su nacimiento fue la guerra. Ni diversiones, ni teatros había, y aún las relaciones sociales se habían relajado mucho a causa de la división de los colombianos entre dos bandos terribles que se debatían con singular arrojo en los campamentos”.

Mientras Flórez y sus amigos se reunían en la capital, el resto del país combatía. Una serie de anécdotas se cuentan sobre las salidas en las noches de reuniones de la Gruta Simbólica. Las más llamativas eran las visitas que se realizaban al cementerio Central, donde recitaba sus versos y tal cual lo evidencia uno de los poemas de Julio Flórez, titulado ‘Abstracción’:
 

 “A veces melancólico me hundo
en mi noche de escombros y miserias,
y caigo en un silencio tan profundo
que escucho hasta el latir de mis arterias”.


Uno de los hechos que se relata sobre Julio Flórez, cuando en 1905 el presidente Rafael Reyes -su eterno enemigo en el bando político asume el poder- es que dicho mandatario “le aconsejó irse del país ante la ola de murmullos sobre él, que lo señalaban como sacrílego, blasfemo y apóstata”. El poeta partió hacia México y otros países en gira poética y es en el exterior donde se publicaron la mayoría de sus obras. Pero ocurrió algo curioso. Estando en México, el general Reyes lo nombró segundo secretario de la Legación de Colombia en España, hacia donde partió en 1907.

En el año 1909 decide regresar a Colombia y ofrece un recital en Barranquilla, ciudad donde ocurrió el hecho transformador de su vida. Aquejado por dolencias estomacales le recomendaron trasladarse a la cercana población de Usiacurí, para tratarse con las famosas fuentes de aguas medicinales. En un acto académico, al que fue invitado en el bello poblado, conoció a una estudiante de 14 años que declamaba poemas. Comenzó para él un periodo de la definitiva felicidad, la que no había encontrado años atrás. Se unió en convivencia con la adolescente, llamada Petrona Moreno y en esa unión nacieron sus hijos, Cielo, León Julio, Divina, Lira y Hugo. Se puede afirmar que el poeta había encontrado el sentido de su existencia.

En 1910 viaja a Bogotá para la celebración del centenario del grito de independencia con un recital que ofreció en el teatro Colón. Pero regresa rápidamente a Usiacurí para disfrutar su apacible vida familiar. En 1914 le dedica un poema muy lúgubre al caudillo Rafael Uribe Uribe, cuando fue asesinado, que escribió en su casa de Usiacurí.
 

Casa Museo Julio Flórez en Usiacurí, Atlántico.


Los gozos de su fama se apreciaban en todas partes, pero era evidente que había encontrado al lado de Petrona, y en el bello poblado del Atlántico, la paz definitiva. Así lo manifiesta en el poema ‘Mi retiro en el monte’, uno de los menos conocidos:

La mentira social, el placer mismo cien veces apurado en una hora, me arrancaron del fondo del abismo, lanzándome a la selva redentora. Hoy mí canto es más puro, es más sereno, porque es ahora mi pensar más sano. Canto en la soledad a pulmón pleno...

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El cenit de la transformación de su vida ocurrió en el año de su muerte. Meses antes se le había descubierto un cáncer de la glándula parótida en su oído izquierdo. Se decidió, entonces, exaltarlo como el personaje nacional. El presidente Pedro Nel Ospina había asumido el poder en 1922. Así lo señala la Revista Credencial Historia, edición 193 de enero de 2006, en la reseña cronológica de 1923:

El 14 de enero Julio Flórez es coronado en Usiacurí como poeta nacional. La penosa enfermedad que padece torna muy conmovedora la ceremonia, de la que está pendiente el país. El 7 de febrero, Colombia llora la muerte de su poeta más querido, autor de varios versos de gran profundidad filosófica y de exquisita factura. Pocos como Flórez gozaron en vida de tanta popularidad, factor paradójico que ha echado sobre su obra un manto de olvido inexcusable. Minutos antes de morir, Julio Flórez le escribió al presidente de la República: “General Ospina, Bogotá. -Gracias por su bella carta. Recomiendo al Gobierno de Colombia la educación de mis niños. Ellos le pagarán con amor y gratitud. Son buenos e inteligentes y han heredado de mí todo el afecto que merece la gran madre. Suplico a usted personalmente hacer cumplir en cuanto le sea posible mis últimas voluntades consignadas en mi testamento. Adiós. Julio Flórez”.

 La memoria del poeta se conserva hoy en la Casa Museo de Usiacurí, que es también el lugar donde está su tumba y que es un Bien Cultural de la Nación.


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