Historia / MAYO 30 DE 2021 / 3 meses antes

La abandonada estación de la cultura en Armenia

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

La abandonada estación de la cultura en Armenia

En las últimas semanas, los términos resistencia e indignación han sido frecuentemente pronunciados, y han cobrado vida a través de una multiplicidad de rostros y cuerpos inconformes. Una reforma tributaria en un momento crítico a nivel económico y social fue detonante de un estallido popular de enorme repercusión a nivel político, y sobre todo, a nivel simbólico. Ha ganado terreno en Colombia el ejercicio de la conversación sobre lo político, sobre lo social. En las casas, en el trabajo, en las calles, han tenido lugar diálogos que por años no nos fueron permitidos, o fueron aplazados, en algunos casos menospreciados, por temor a discrepar con otros que pensaban diferente, por aparente desinterés sobre el tema, o simplemente por considerarlo ajeno a la vida del ciudadano de a pie. Pero la realidad nos ha apabullado por completo los sentidos, en una suerte de despertar necesario, nos ha llevado a reducir la indolencia, a pensar en la posibilidad de cuestionar la corrupción, el clientelismo, la inequidad, la desigualdad social, de analizar esas realidades que nos ensordecen y encandilan a diario.

Armenia, por supuesto, no ha sido ajena a este ejercicio de cuestionamiento ciudadano frente a aquellas situaciones de evidente corrupción política en nuestro territorio y pésimas gestiones por parte de quienes han sido alcaldes. Empezó a circular hace unos días, a través de redes sociales, una imagen que, sin duda, cobra un gran sentido a nivel simbólico, al ser reflejo de la desidia gubernamental, y tal vez, de la indolencia de quienes habitamos esta ciudad, porque no se puede olvidar nuestra corresponsabilidad como ciudadanos. Se trata de la fotografía del edificio de la estación del ferrocarril y de los huecos que hoy conforman el tan anunciado, pero hoy frenado, proyecto del Complejo Cultural y Turístico La Estación.

Este es uno de los proyectos de valorización propuestos por la exalcaldesa que fue condenada a 6 años de cárcel en 2019, debido a irregularidades en la suscripción de contratos para la realización de estas obras, y por apropiación de recursos públicos. En su momento, ella logró imponer una nueva carga tributaria a la ciudadanía de Armenia con el fin de obtener recursos para financiar estos necesarios proyectos pero, escandalosamente, parte del recaudo obtenido fue a parar a bolsillos de particulares. 

Olvidamos que el edificio de esa vieja estación fue otrora un monumento arquitectónico que marcó un hito histórico en la región. Su levantamiento físico fue orgullo y símbolo de buen diseño, reflejo de la honradez que caracterizaba a constructores de aquella época. Aún hoy, ese edificio traduce el más acertado manejo espacial. Un día, visitando el Maqui, el museo que se encuentra dentro de una de sus bodegas antiguas, su directora me explicaba que la distribución física interna fue concebida con la más perfecta ventilación, para proteger la integridad de los sacos de café que esperaban la carga en los vagones con destino a Buenaventura.

Hoy, la estación y sus alrededores se volvieron un botín más para saquear. Ni siquiera importó dañar el diseño soberbio de su arquitectura, y mucho menos, sanear con inversión social su entorno, para que no se convirtiera en la degradación humana que hoy trasluce. Pudo más la oportunidad de birlar los recursos del erario para convertir ese lugar en el hueco más caro e ignominioso de la historia de Armenia, el que tanto criticó Ramón Manrique Boepler, en alusión al “hueco infame”, como él siempre lo llamó.

Respecto al Complejo Cultural y Turístico La Estación, informaba un diario nacional el año pasado, tras una visita del contralor general de la República: “Las obras en este lugar fueron suspendidas desde finales de 2015 por el ministerio de Cultura, pues la alcaldía no tuvo en cuenta el Plan Especial de Manejo y Protección, Pemp, de la estación, que es un bien declarado como patrimonio de la nación. Las labores de excavación en este predio le habrían costado al municipio más de $2.500 millones y sin embargo, este terreno quedó expuesto, pues nunca taparon las fosas que se cavaron allí”.

Desde hace varios años, el edificio de la estación es la sede de la Corporación de Cultura y Turismo de Armenia, entidad descentralizada encargada de administrar los recursos e inversiones públicas para arte y cultura del municipio. La gestión realizada por Corpocultura ha sido ampliamente cuestionada durante los últimos años, y hoy se manifiesta en una infraestructura cultural pública de Armenia paupérrima. Los espacios para el encuentro con las artes escénicas existentes responden a iniciativas de carácter independiente, que se sustentan con las uñas. Pereira, Manizales o Ibagué cuentan con teatros municipales de carácter oficial, nosotros no. Además, Corpocultura tiene a su cargo la plazoleta Centenario, destinada a la realización de exhibiciones fotográficas, y eventualmente de artes plásticas, pero este espacio cultural se utiliza prácticamente solo en época de fiestas aniversarias y el resto del año es desaprovechado. Ni hablar de la Biblioteca Pública Municipal, que fue construida en el edificio de la estación con financiación de la Edeq; hoy es un lugar ampliamente cuestionado por sus débiles e intermitentes procesos de promoción lectora, y presenta enormes problemas de seguridad, lo cual se constituye en un impedimento para que sea frecuentada por niños, jóvenes, y cuyabros de todas las edades.

Los colombianos hemos empezado a sacudirnos de un letargo, un despertar que nos ha permitido hacer conciencia de aquello que hace tiempo resulta evidente, que llevamos muchas décadas sobreviviendo en territorios administrados por funcionarios que han gobernado con ojos cerrados, y por tanto, sin ruta. Con poco ejercicio del pensamiento y, por tanto, nula capacidad de imaginar territorios con calidad de vida. Armenia es un triste ejemplo de ello. 

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El año pasado la ONG Corporación Diálogo Democrático, con el apoyo de Transparencia por Colombia, se dio a la tarea de revisar las inversiones realizadas en arte y cultura de Armenia, enfocándose en el cuatrienio 2016-2019, y también en la contratación efectuada en 2020 por parte de Corpocultura. 

La directora de Diálogo Democrático realizó una socialización virtual de esta investigación el pasado mes de marzo. A continuación, traigo a colación algunos apartes de esta presentación que me llamaron especialmente la atención:  

“…La mayor parte de la inversión de Corpocultura termina gastándose en festividades, en detrimento de todas las áreas artísticas, de los procesos de formación y de la generación de procesos…”.

“…Se evidencia activismo cultural reflejado en contratos directos a artistas, sin impacto visible. Así mismo, hay contratos directos que se hacen finalizando los años, con montos grandes, para ejecutar en muy pocos días, muchas veces ligadas a las celebraciones navideñas, pero que, comparado con la concertación de proyectos, que es el ejercicio más serio que hace la corporación, la inversión fluctúa mucho, pero siempre termina siendo baja…”

“…Verificamos la denuncia hecha de que hay un contratista que es juez y parte, consultamos a la Alac, Centro de Asesoría Legal Anticorrupción, y encontramos que efectivamente ahí había un conflicto de intereses entre una persona que representa al consejo municipal de cultura ante la junta directiva de la Corporación de Cultura y Turismo, que toma decisiones sobre políticas, sobre presupuestos, sobre convocatorias y esa persona que está en esa junta también firma contratos como representante de una de las organizaciones que, a su vez, es una de las entidades encontrada como contratista recurrente…”

Hay unas cifras que llaman especialmente la atención en el análisis que hizo Diálogo Democrático, que son indicio de la forma poco democrática y objetiva como se asignan los recursos de Corpocultura: la contratación directa de esta entidad en 2016 fue del 95 %, en 2017, del 94 %; en 2018, del 93 %; en 2019, del 90 %, y en 2020, del 94 %.

La resistencia no es solo aguantar, también es construir algo nuevo. El despertar ciudadano que hoy vive Colombia genera responsabilidades a cada habitante de este país. Todos debemos hacer conciencia frente a las situaciones de corrupción, inequidad, desigualdad que vivimos en nuestros territorios. Armenia merece mucha más atención por parte de sus ciudadanos, y esto se logra a través de ejercicios continuos de veeduría, como el que realizó la Corporación Diálogo Democrático. 

La cultura debe ser accesible a todos, en una ciudad donde la mezquina corrupción ha llegado a niveles escandalosos, una ciudad que, dicen hoy desde la publicidad institucional, “ser para todos”, pero que hoy, sumado el desgobierno municipal a las complejidades de la pandemia y el estallido social colombiano, parece ser de nadie, y para nadie. Resistamos de forma activa, de forma propositiva, con ciudadanía en ejercicio. Entendamos la importancia del arte y la cultura para nuestra ciudad, pues nos hace mejores seres humanos, promueve procesos de pensamiento crítico, brinda herramientas que permiten leer, construir símbolos, y emprender revoluciones simbólicas de rostros y cuerpos ávidos de esperanza, como las que hoy tienen lugar en diferentes puntos de la geografía nacional. 



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