Historia / JULIO 18 DE 2021 / 1 mes antes

La descripción amorosa de una casa en Circasia

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

La descripción amorosa de una casa en Circasia

El arquitecto Néstor Tobón Botero publicó, en la década de los ochenta, una obra célebre titulada ‘Arquitectura de la colonización antioqueña’, que dedicó en varios tomos a la presentación narrativa y fotográfica de algunas casas de Antioquia, Tolima y los cuatro departamentos que hoy conforman el Paisaje Cultural Cafetero de Colombia. El capítulo de uno de los tomos me llamó la atención por su título y, obviamente, por su contenido. Su encabezamiento como ‘Descripción amorosa de la casa’ es un fragmento de prosa poética y de sentido arquitectónico y antropológico, que nos evoca la vivienda de la colonización, con su explicación significativa de morar en ella, de habitarla con ternura social y de consentirla con humanidad.   

Hace unos días, caminando por la acera de una de las vías principales del casco urbano de Circasia, a tres cuadras de su parque principal, encontré una “casa amorosa”, o mejor, la aproximación a la construcción del recuerdo de aquella época de la fundación de pueblos. 

No era fácil -diez años después de la inclusión del PCC en la Lista de Patrimonio Mundial- descubrir una morada tradicional intacta en su interior, tal cual la describió el calarqueño Néstor Tobón Botero en su obra, destacando en cada tomo la referencia de una casa de los seis departamentos. Tampoco lo había podido constatar en la parte externa urbanizada de las cuadras actuales, porque la mayoría de casas antiguas han sido pésimamente refaccionadas, con adición de elementos constructivos como son, entre otros, los balcones amplios de estilo colonial o las capas de pintura de varios tonos cromáticos. 

Encontré ese “tesoro patrimonial” por simple casualidad, ya que al pasar por su fachada (completamente transformada en su estructura por eso que llaman bahareque encementado) vi la puerta principal de metal abierta. Mirando fugazmente hacia su interior, encontré el primer detalle constructivo, enamorador e increíblemente conservado. Se trata de una puerta lateral de madera, con su color verde original y con rejas metálicas en su parte superior. Colgando, en su manija metálica, un viejo radio transistor de pilas dejaba sonar las melodías de una emisora popular. 

Me detuve y ante mis ojos se presentó un mosaico de detalles, que me acercaron más al encanto de aquella visión. Son ellos el contraportón de madera, con una de sus puertas medio abierta y otras rejas metálicas en su parte superior. La baldosa añeja, que presenta arabescos, en el piso del zaguán. Los adornos decorativos de cemento en la pared inferior del zócalo. El patio interno, que se alcanza a ver a través del espacio abierto del contraportón. 

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La mirada mía se había concentrado en esas particularidades arquitectónicas, soslayando la principal faceta, que en segundos se revirtió a mi verdadero interés, y a la vez me dio la explicación de lo que allí permanecía, como detenido en una cápsula histórica. Era la presencia de la protagonista más importante, la madre de la casa, que atendía allí con su hornilla la elaboración y asado de las arepas de maíz, las últimas que todavía ella vendía a las 9 horas de aquella mañana. 

Todos los días, en jornada que va desde la madrugada, y que a veces se repite al atardecer, esta abnegada mujer coloca la hornilla en la puerta de su casa, entre el tramo de la puerta principal y unos centímetros adentro del corto zaguán. Por esa razón mi recorrido habitual por dicha calle -que regularmente hacía en otras horas del día- me regaló en ese momento aquel encuentro con la tradición arquitectónica. 

Vino a mi mente, entonces, la remembranza de la casa amorosa, que hace el autor en aquel capítulo. Saludé a la matrona e inmediatamente le manifesté mi impresión por los detalles que apreciaba, especialmente el del radio transistor que pendía de la puerta antigua. A la vista, esa puerta parecía acceder también al interior de la primera habitación. La amabilidad, así como la exclamación de agrado en la respuesta de la noble mujer, fueron para mí el flechazo de aceptación al diálogo cordial. Le expresé mi deseo de fotografiar los detalles, a lo cual accedió. Para no interrumpir su atención a los compradores de las sabrosas arepas, le hice la pregunta clave de mi interés. Aceptó que, en otro momento, efectuara yo la visita para conocer el interior de la casa, lo que hice cinco días después, a las tres de la tarde de un miércoles. Transcurría la segunda semana de julio de 2021. 

La “casa amorosa” de una planta se encuentra exactamente en una esquina. La modificación arquitectónica, que se hizo en su parte externa, convirtió su fachada en una más de la intervención urbanística de los pueblos del Eje Cafetero. Sobresale el cemento sobre la superficie que esconde todavía la antigua pared de bahareque, más seis ventanas de reja y vidrio que reemplazaron las de madera con hermosos póstigos. Una puerta metálica de color verde, el mismo tono que presentan las ventanas. En la parte céntrica de la puerta, un aviso de papel que anuncia la venta de los sabrosos manjares de maíz trillado. Solo se conserva intacto el techo de teja de barro que, en la esquina, configura un pequeño plano para juntar la calle con la carrera. 

Aquella tarde, mi golpe en la puerta fue tímido, ansioso y temeroso. Me abrió un niño sin prevención alguna. Al pedir la presencia de la señora, ella acudió solícitamente. Me descubrí el rostro del habitual tapabocas de la pandemia y la señora inmediatamente me reconoció, recordando el pedido de días anteriores. Nuevamente su amabilidad, la sonrisa y el calor humano que percibí, acrecentaron en mí la emoción de esta visita. 

  Ya, al pasar el contraportón, la casa se me presentó en todo el esplendor que puede ofrecer el universo de la cultura popular y la intimidad de la cotidianidad. Factores que me trasladaron a las vivencias de mi infancia, pues yo también nací y crecí entre los rincones y corredores de una casa de bahareque de mi pueblo natal, Filandia.   

Fueron solo 20 minutos de plácida permanencia. Mientras la anfitriona, doña Mélida Rodríguez, me invitaba a conocer el interior de su espacio sagrado, me contó la historia de su vida. Una mujer de origen campesino, casada con don Heliodoro Quitian, recordando paso a paso la aciaga época de la violencia en el campo, de donde emigró al pueblo con sus pequeños hijos, después del asesinato de su esposo. El triste recuerdo del homicidio, masacrado cuando portaba aún su canasto cogedor de café, elaborado de bejuco por él mismo y que portaba en su cintura en ese duro momento. 

No obstante, el relato amoroso y la descripción afable sobre la casa en arriendo que ocupa, con sus hijos y nietos desde hace muchos años, muestran el cariño que aún le profesa a esta humilde estancia, la cual me permito retratar a continuación: 

El color de las puertas cambia en su interior, pero conservando el tono antiguo marrón oscuro. Las cortinas sencillas en el marco superior de las puertas. El cielorraso de tabla, modesto y de color verde claro. El piso de madera, recién encerado. Mientras tanto, la eterna sonrisa de doña Mélida, durante el dichoso recorrido. Las matas verdes en las esquinas del corredor. Una de ellas, un pequeño cafeto, sembrado en un canasto de bejuco “tripeperro”. Los cuadros de la familia, el de la foto antigua de la pareja matrimonial, dentro de la habitación principal, colgado en el anverso de la puerta donde está el radio transistor del zaguán. Las fotos recientes del resto de la familia, en las paredes del corredor, el que bordea el patio y solo separado por los postes y chambranas de madera fina. En el piso del patio, todavía se aprecia un diseño grabado de rodillo de hace 80 años, la edad estimada de la casa. La ropa colgada,”oreandose” en las cuerdas colgadas del borde del patio. Las materas con flores en la parte superior de los postes. Una piedra que “tranca” la puerta de otra habitación. La sencillez del dormitorio. El tesoro arquitectónico más preciado, la puerta del comedor, con sus alas plegables que presentan un hermoso calado en la madera, con forma iridiscente. Y por último, el detalle de la ocupación diaria de doña Mélida, el carbón que se amontona en bultos, en una esquina cubierta del patio, el que ofrece el fulgor de las brasas para las arepas, que son y han sido el sustento para una familia que creció con amor. 

Mí perspectiva del mundo se impactó profundamente. Así lo corroboran las imágenes fotográficas que logré, y que días después de aquella visita, me recuerdan que la casa encierra todavía el afecto de los antepasados. Y que en cada rincón se respira el sentido de morar en ella, aquel que se está perdiendo con el maremagnum del turismo masivo. El mismo que llevó a derrumbar, aún desde antes del 25 de junio de 2011, a tantas viviendas amorosas, como esta. Ello ocurre, irónicamente, en la región que hoy muestra un alto grado de desafecto hacia ellas, pero que se ofrece turísticamente como Patrimonio de la Humanidad. 
 


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