Historia / AGOSTO 30 DE 2020 / 1 mes antes

La historia íntima de la vivienda tradicional en la obra pictórica de Fernando Valencia Salgado

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

La historia íntima de la vivienda tradicional en la obra pictórica de Fernando Valencia Salgado

Fernando Valencia Salgado nos ha permitido, en la visualización de sus cuadros, revivir la historia íntima de una casa amorosa. Es un artista depositario de la herencia patrimonial de los colonos fundadores que vinieron de Antioquia y de otras regiones.

La obra pictórica del artista Fernando Valencia Salgado, nacido en Calarcá en 1960, se reúne en 2 adjetivos, primorosa y evocadora. El primer calificativo responde a la belleza de sus cuadros, donde la delicadeza y detalles de  los objetos figurados en los interiores y corredores de una casa tradicional de esta región, nos lleva al segundo atributo, el de recordar el pasado.

No es común encontrar, en el arte pictórico de la contemporaneidad, la remembranza de la cultura popular, con sus condiciones  de intimidad, en el espacio de una habitación doméstica. Más bien esos lugares de la privacidad, ya sean la pieza de matrimonio o el dormitorio colectivo de la familia extensa de una casa antigua, quedaron solo en el imaginario de los que nacimos, crecimos y jugamos en las habitaciones y corredores de aquellas construcciones de bahareque.

Si queremos despertar la conciencia —o el sentido de pertenencia—, hacia lo propio del Paisaje Cultural Cafetero, debemos ingresar en la esfera del  conocimiento de la cultura popular. Ella es el alma de las regiones. Si se desea construir identidad, en el seno de este patrimonio de la humanidad, es necesario sumergirse en el espacio íntimo de una vivienda o rural tradicional del PCC y que es, además, una de las fuentes donde se alimentan las tradiciones.

Fernando Valencia Salgado nos ha permitido, en la visualización de sus cuadros, revivir la historia íntima de una casa amorosa. Es un artista depositario de la herencia patrimonial de los colonos fundadores que vinieron de Antioquia y de otras regiones. La misma que a veces buscamos en los museos de artes y tradiciones, y que el turismo masivo arrasó, modificó y destruyó en la esencia de la vivienda, para reemplazarla por una representación estética de coleccionismo burdo y exótico en restaurantes y otros negocios comerciales de la oferta para los viajeros y visitantes.

Las exposiciones individuales y colectivas de este artista, desde 1994 y hasta el presente, se han dado en varias salas de Quindío y en otras ciudades capitales de Colombia. La distinción más recordada de su arte pictórico, con esta temática del interior de la vivienda, fue la de 1995, cuando se seleccionó para representar al departamento en el evento Crea una expedición por la cultura colombiana.

A Fernando Valencia Salgado lo aprendí a conocer a través de sus cuadros. Han sido solo 2 encuentros con él. El primero, en la dependencia departamental de Cultura, cuando participó en la exposición titulada Los 30 del arte en el Quindío, con motivo de la celebración de los 30 años del departamento, en 1996. La segunda vez fue en la premiación de la convocatoria departamental de estímulos de la secretaría de Cultura, en el año 2019. En esas 2 ocasiones encontré intacta la esencia del pintor que desea integrar su ternura humana y social al color y tranquilidad de interiores y corredores de casas, que se transparentan en sus cuadros. En otras palabras, conocer y decodificar su obra es acceder a la sencillez de un hombre que se ha dedicado a recuperar el espíritu de nuestros ancestros.

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A Valencia Salgado se  le puede endilgar, sin duda, la recuperación de la memoria histórica del interior de las casas, en la pintura.

La historia de aquella intimidad del Paisaje Cultural Cafetero en la pintura es de doble faz, a través de la presencia física y el significado simbólico de los objetos. En la obra de Valencia Salgado encontramos, entre otras, las siguientes remembranzas.

La pieza de matrimonio, con la cama doble de madera taponada, o la de bello metal, en estrechez con la cama pequeña de madera o también de lámina y, en el caso más humilde, el catre. Las camas tienen tendidos con sábana de cortesía, cubrelecho bordado o colcha de croché tejido con hilo o lana y a veces con colcha de retazos. Colgando en la baranda de la cama, la camándula para rezar el Rosario todas las noches.

En la pieza principal no podían faltar —y todavía hacen presencia en nuestras humildes casas— los mecheros de retazos en el piso a modo de pequeñas alfombras. Las repisas donde se ponen los floreros con las flores de plástico, los adornos de porcelana o de cristal y los libros y las novenas religiosas. En el piso de madera encerada, el caracol que se había conseguido en algún paseo de la familia al mar (1).

Los cuadros y vitelas con motivos religiosos, clásicos o de musas, el del Ángel de la Guarda que custodia la cuna del niño, también unida a la cama de matrimonio, los crucifijos y los percheros para el paraguas y los sombreros, y hasta la cuerda atravesada para colocar ropa colgada, todo ello está en las paredes. Estas son generalmente blanquecinas, por el baño de agua cal que cubre la capa de boñiga, o sea el estiércol de caballo que había entramado el albañil en añeja esterilla de guadua, en el corazón de la estructura de bahareque.

Otros objetos de la intimidad de la vivienda son el taburete de vaqueta. Los tocadores, los armarios con vidrio biselado, el cuadro matrimonial y retocado en foto de blanco y negro en la pared, los soportes para la palangana, la ponchera, los patos, las jarras y los tarros de peltre para el aseo personal.

Nada se escapa en el cuadro de Valencia Salgado. Los cojines sobre las colchas de las camas. Las cómodas donde se colocan las canastitas con hilos, las muñecas, las porcelanas finas que representan el elefante, el perro y el Buda, y otros cachivaches.

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Entre habitaciones, las cortinas coloridas y colgadas en una puntilla a un lado del marco de madera, o arremangadas, son el tránsito a los recintos más recordados de nuestra niñez, de las pilatunas y hasta de los primeros amoríos y besos furtivos. Todo eso se refleja en estos cuadros con su carga simbólica.

Junto con las intimidades de una casa, los corredores también son motivo  del artista. Se aprecian las mesas cuadradas de madera con sus manteles coloridos de hule, las sillas de mimbre, el embaldosado del piso, las matas de novios florecidos en los postes del enchambranado alrededor del patio. Todo hace parte de las facetas de la memoria popular, plasmada en los cuadros de un pintor que, como lo es Fernando Valencia Salgado, se ha convertido en el mejor retratista pictórico de interiores del Paisaje Cultural Cafetero.

1) Así decían los abuelos. Lucía Restrepo González. Tercera edición ampliada. Medellín. 1997.

 



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