Historia / MARZO 07 DE 2021 / 1 mes antes

La importancia de llamarse; Fabiolita, Cobaco y Repollito

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

La importancia de llamarse; Fabiolita, Cobaco y Repollito

Muchos de nosotros, en el trajín de la existencia, hemos deseado estar en la galería de las vanidades. Hemos sugerido al amigo pintor que plasme nuestro perfil en un lienzo, para alcanzar la inmortalidad de vernos en la expresión artística. Y hasta hemos modelado para conservar el retrato maquillado de la juventud y la lozanía. También intentamos, muchas veces, rejuvenecer nuestra figura y ese pecado de hacernos visibles en la foto retocada, que ponemos en el lugar más íntimo de nuestro estudio —dicen los especialistas— es bueno para la autoestima.

Pero hay personajes que lograron ello sin acudir a muchos ruegos y súplicas. No se lo propusieron y captaron siempre el interés de los demás, solo con sus miñocos, sus ocurrencias y chascarrillos. No eran famosos por talento histriónico o belleza estética, lo consiguieron por su gracia, su ternura y humildad. En Filandia acabamos de despedir a uno de esos seres. Se llamaba Fabiola Murillo y a pocos les importó que su fecha de nacimiento rayara en los años 30 del siglo XX. Porque no era una adulta mayor más, ya que tenía porte de infante y siempre fue la niña de nuestros ojos. Era la mujer de las arruguitas más bellas de rostro alguno y la que portaba las candongas más grandes para sus pequeñas orejitas. Era diminuta, para querer significar su baja estatura. Se tornaba furiosa cuando le hablaban de baño y por eso la llamaban Gallinita. O se enojaba cuando le decían que el dinero recogido, en sus recorridos por las calles del pueblo, era para llevárselo al párroco.

Fabiolita, la Gallinita o la Repollito de Filandia —su mote más curioso— volvió a congregar el sentimiento colectivo de los filandeños, para despedirla en su viaje a la eternidad, tal cual se manifestó en la ceremonia religiosa y de homenaje a su memoria, que se cumplió en  el templo principal, este sábado 6 de marzo. Una situación similar de congregación masiva, alreded or de su cuerpo inerte en velación, la tuvo hace una década, desde el 26 hasta el 28 de febrero de 2011, otro gracioso y bello personaje de Filandia. Le llamábamos Cobaco o cariñosamente Cobaquito. Fue simpático en vida, inolvidable por su contoneo al caminar, pero más que todo por su ritual elemental de limpieza, pues barría las calles del pueblo en las noches, con su escobita de fibra de iraca, tan pequeña como él.

Tan pintorescos fenómenos de la cultura popular dejaron perennes recuerdos en el imaginario. Ella, Fabiolita, por los besos que repartía a diestra y siniestra a cambio de una moneda. Era el precio para no estamparlos en las esquivas mejillas de los asustados destinatarios. Nos recordaba aquello a otra mujer del cotidiano humorístico llamada Agripina, la esposa de Robertico, y a quien los muchachos traviesos le regalaban monedas para que besara a los acosados visitantes del pueblo. Mientras tanto, a Cobaquito se le añora por ese halo de curioso ecologismo que reflejaba, cuando lo veíamos limpiando las calles. Y hasta refunfuñando cuando notaba que alguien arrojaba basura, la que recogía para llevarla a su derruida casa de la Calle de la Cruz, donde la acumulaba a montones al lado de su cama.

Hechos de la cotidianidad desbarajustada que motivaron a muchos —y a una artista de Filandia— a manifestar el gesto de gratitud hacia esos personajes de la risa y la alegría pueblerina. Escribiendo estas sentidas líneas, orgullosamente filandeño, también yo me uno al sentimiento de admiración por Cobaquito, como que tantas fotografías ocasionales que procuraba me fueron tomadas en compañía de tan singular hombrecito.

El testimonio artístico no podía faltar en el homenaje a la vida rudimentaria de los 2 coterráneos. Hace algunos años, la joven pintora Adriana Cuartas decidió hacer sus retratos y hoy esos óleos hermosos se exhiben en la oficina principal de la casa de la cultura de Filandia. No pidieron ser célebres pero tampoco posaron para la historia, simplemente están en ella. Y sus figuras perdurarán en ese sitial de la fama, el que muchos conocidos han deseado con ahínco y hasta han perseguido con insistencia. Lo curioso es que en otras estancias del país, además de Filandia, se ensalza el mundo pintoresco del llamado ‘personaje típico’. En varios recintos administrativos y culturales de municipios y corregimientos se exhiben y lucen los retratos, pinturas, caricaturas y bocetos de tan  graciosos y humildes parroquianos. Cuántas veces se ha criticado la exhibición de tales expresiones visuales, como si no se entendiera que solo se está colmando el pedido comunitario y del ciudadano, que  se sienten con ello representados.

En Armenia, la capital del Quindío, otra pequeña mujer entró igualmente a la inmortalidad de la expresión artística. Se llamaba Lilia Pérez, pero todos la recordamos como Repollito. Su figura quedó dibujada en el mural más grande del departamento, en la pared interior de fondo, en el primer piso de la  gobernación. Dicen, quienes conocieron a su artífice, el famoso pintor y escultor Antonio Valencia Mejía, que en el centro de su obra La epopeya del Quindío, quedaron plasmados los rostros y figuras de sus entrañables parientes, conocidos y amigos. Los del sentimiento verdadero de este artista de Circasia. No obstante, haber recorrido el mundo, donde cosechó amistades y entabló relaciones con otros artistas, conservó a esos amigos de la tierra quindiana en el alma, en el corazón y en su pincel. 

Allí, en el gran mural, están ellos con su marca afectiva y artística. Y como no podía quedar por fuera el sentimiento de quindianidad, el maestro Valencia también dibujó a Lilia Pérez, Repollito.

Fue Repollito el mayor exponente y símbolo humano de la identidad cuyabra, desde el punto de vista de los personajes de la alegría. ¿Quién no la conoció y se asombró con su diminuta estatura? Y si no disfrutó su presencia graciosa o no escuchó sus madrazos e improperios, podemos decir que se privó del gozo del  disparate y la impertinencia y de las situaciones más jocosas de la cotidianidad citadina.

La importancia de los personajes populares, encarnados en las 2 pequeñas mujeres aquí mencionadas  y  en el tierno Cobaquito, también se manifiesta en la tradición escrita y en la prosa de 2 autores filandeños. 

En un artículo  del periódico titulado Diario del Quindío, de agosto de 1986, el ensayista y abogado Helio Martínez Márquez se refiere a Repollito, destacando la ventaja de las personas pequeñas, basado en un texto bíblico:

“.... Siempre que veo a Repollito, disputándose el lugar más alto y visible, recuerdo el emotivo pasaje de Zaqueo, un hombre rico, como que era recaudador de impuestos, pero de muy baja estatura, que para poder ver a Jesús, que llegaba a Jericó y la multitud le impedía, se adelantó a ella y subió a un árbol sicomoro. Al pasar Jesús lo vio y le dijo que se diera prisa y bajara porque tenía que hospedarse en su casa”.

En referencia a Cobaco, una oración fúnebre leída por el sicólogo Danilo Gómez Marín  en su sepelio  arrancó lágrimas y congojas:“... Cobaco, de Filandia, el amigo cordial, el hombre cívico y sonriente, el caballero de las buenas relaciones humanas. 

... Cobaco, el profesor de la calle que madrugaba a recoger papeles y basuras.

... Cobaco fue el maestro de la cívica que hemos olvidado, el amigo que saludaba a todos cuando ya se nos olvidó saludar. Saludo significa desear el bien del otro, al que pasa por nuestro camino”.

Y de forma alegórica, Gómez Marín pronunció una frase que a todos impactó:

“...Cobaco fue sin saberlo el primer ministro del medio ambiente de Filandia”.

La historia ejemplar de Fabiolita apenas comienza, con el recuento de sus anécdotas, muchas para recordar. 

 


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