Historia / SEPTIEMBRE 06 DE 2020 / 1 mes antes

La Línea de las esperas, del drama humano y de sus recorridos

Autor : Fernando Jaramillo Botero y Roberto Restrepo Ramírez

La Línea de las esperas, del drama humano y de sus recorridos

En la remembranza de la carretera de La Línea —antes del túnel— hay vivencias que los colombianos viajeros siempre tendremos en cuenta. Las largas esperas al interior de un vehículo automotor, mientras se superaba la contingencia del trancón, del camión atravesado o del derrumbe. Y los recorridos, algunos agobiantes y otros muy gratos. Ya por la parsimonia de la fila de carros, que salvaban los obstáculos en su lento recorrido. Ya por el viaje normal, muy escaso por cierto, divisando los paisajes esplendorosos.

Desde que se construyó la carretera de La Línea, hace más de 70 años, la ingeniería era consciente de las dificultades que enfrentaba. Una cadena montañosa imponente, que se debía alcanzar en su cima y un trazado de su camino, para franquear los abismos. No se alejaba ello de las peripecias que debieron sufrir los antiguos caminantes de esos pasos cordilleranos. En especial los silleros y los extranjeros que trasegaron esas trochas en el siglo XIX. Luego vendrían los colonos fundadores de pueblos y por último los arrieros con sus bueyes y mulas.

En las crónicas de viaje, que describían el Camino del Quindío, así como en los grabados de los dibujantes que los acompañaban, se alcanzan a leer los relatos sobre las travesías. Y ver las bestias de carga, silleros y caminantes desafiando estrechos pasajes, al borde de profundos acantilados.

 

 

El zigzag era la mejor opción para lograr la altura montañosa y luego, con el aporte ingenieril, las curvas trazadas, y tediosas en su recorrido, fueron la opción que debieron escoger los constructores para domar la vía. La que hoy sigue interconectando al centro de Colombia con el Pacífico.

Con la inauguración de las obras del paso por la cordillera Central, el imaginario del eterno viaje entre Armenia e Ibagué, por cuenta de las esperas y por el rigor del recorrido, entra en el plano del recuerdo. Se convirtió ello en anécdotas y situaciones para contar. El túnel —o mejor los túneles y  los viaductos— serán en adelante el nuevo marcador de la historia de esta carretera.

Quienes escribimos este artículo tenemos, como miles de compatriotas, mucho qué relatar sobre lo sucedido en La Línea. Desde la angustia de permanecer en interminable vigilia, en lo alto o cerca de la mayor altura, al interior del medio de transporte, hasta el reinicio del viaje, con alegría. Es un lugar colonizado sólo por la niebla, el frío, la llovizna y la soledad. Ya como conductor del vehículo personal, ya como pasajero del bus intermunicipal, pasamos muchas horas, en las madrugadas, en silencio, resguardados del frío y del viento inclemente que golpeaba con fuerza la carrocería. Se interrumpía el tedio cuando los carros prendían de nuevo sus motores, con júbilo y con el estruendo de bocinas. Era el momento más esperado.

En nuestro caso, 2 situaciones inolvidables vivimos. La primera, en el caso mío, Roberto Restrepo Ramírez: permanecer detenido como pasajero, dentro del bus que se dirigía a Bogotá, desde las 11 de la noche del 26 de agosto de 1982. En la cima nos sorprendió el trancón, debido al desbancamiento de un barranco. A las 8 de la mañana del 27, cuando la maquinaria despejó, el bus retomó su rumbo. Pero la angustia me invadía, porque esa tarde, a las 3, recibía mi diploma universitario. Por fortuna llegué a tiempo a tan ansiada ceremonia.

La otra historia es muy reciente y la comparto con alegría, sucedió el viernes 4 de septiembre de 2020. A mí, Fernando Jaramillo Botero, me fue permitido ser el primer colombiano en ingresar con su vehículo al nuevo Túnel de La Línea. A las 5 de la tarde, tuve el honor de atravesar los casi 9 kilómetros de cruce por la cordillera de los Andes colombianos, la obra de ingeniería más importante de los últimos tiempos.

Alegría en este caso. Pero incertidumbre y enojo en tantos otros momentos del pasado cuando La Línea, ese gigante carreteable, nos imponía su lógica del revés en nuestros viajes e itinerarios.

La Línea, en su recorrido, también dejó ver el drama humano, derivado de la miseria en las casuchas de los habitantes de la vera de la carretera, y donde se veía correr y retozar a los niños, en medio del peligro de la vía. Lo más patético fue el traslado —o el juego— de estos infantes en los carritos de balineras, rodando desafiantemente, pero también colinchados en la parte trasera de los camiones que subían. Los calvarios, representados en cruces blancas, colocadas en las orillas por los dolientes, nos recuerdan a las víctimas de accidentes. Y contemplar la tragedia andante de familias que cruzan —por  siempre  los nacionales y ahora  los  venezolanos— nos pone de presente que en esta vía también se reflejan el desplazamiento y la migración transnacional. Las varadas, los afanes mecánicos y hasta la supervivencia demostrada con las ventas de comestibles de los cambuches  ocasionales, también nos enseñan el sufrimiento de usuarios, conductores y otros compatriotas. Hace muchos años, por demás, el oficio de los enganchadores de grúas que auxiliaban a los varados, era otra de las características de esta carretera singular.

Las otras facetas de La Línea se evidenciaron con las esperas que se asumían con humor y paciencia. O la de otear el paisaje maravilloso, cuando el trancón nos sorprendía de día y apreciábamos las palmas de cera lejanas, los verdes multitonos de las colinas, la profundidad pasmosa del abismo, el avance de la niebla y hasta la extensa fila de vehículos, semejando una culebra motorizada. O cuando saboreábamos el tinto montañero, preparado con aguapanela y en fogón de leña, caliente y humeante, y que vendían las humildes mujeres de las casas aledañas al trancón.

Cuando no existía la posibilidad de someter a la rebelde vía, La Línea  bloqueada al extremo obligaba a los viajeros a utilizar  una vía alterna. Debían retornar a Ibagué y Armenia, para ascender por otra carretera idílica y bella de Colombia, la que pasa por el páramo de Letras.

La Línea nos regaló también los mejores momentos de travesía. Desde Calarcá, en el parador de Versalles, pasando por el calvario de la Virgen Negra, deteniéndose en  los tinteaderos del camino o en el parador La Paloma, bajando a Cajamarca, esta vía nos mostró el país de la niebla y la montaña. Y también varios detalles entraron al inventario de las curiosidades. Como el que descubrió uno de nosotros, cuando se puso en la tarea de contar las curvas, 520, lo que muestra otra lógica de la geografía de Colombia, como un mosaico de siluetas montañosas, riscos y picachos que son y deben ser bordeados  por los trazos curvos de asfalto de la ingeniería.

Sin embargo, hoy, el túnel ha roto ese determinante geográfico, en aras del progreso. No por penetrar al corazón de los Andes, buscando una recta, se ha perdido el sentido. Cuando se vuelve a salir a la luz, al otro extremo del túnel, La Línea se redescubre y seguirá siendo para todos la carretera curvada más famosa de Colombia.

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