Historia / JUNIO 27 DE 2021 / 2 meses antes

La partida definitiva de dos notables calarqueños

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

La partida definitiva de dos notables calarqueños

Luis Fernando Londoño Aristizábal.

El escritor y el artista son seres notables. Parten al viaje sin regreso y no sentiremos su ausencia, porque nos dejan sus ejecutorias en forma de prosa, poesía y manifestación plástica y pictórica. Se van en silencio y la trascendencia de sus obras harán parte de nuestro transcurrir por este mundo, lo que nos permitirá conocerlos a profundidad.

Me referiré a dos seres maravillosos que compartieron en algún momento con nosotros. Demostraron que su paso terrenal fue también el del servicio desinteresado y la entrega hacia sus familias y los demás. Los dos eran oriundos de Calarcá, la tierra de otro notable cultor ya desaparecido, don Luis Fernando Londoño Aristizábal, y quien anticipó su partida a la eternidad el 6 de septiembre de 2019.

Uriel Salazar Ceballos, el humanista, el filósofo, el hombre respetuoso

Se nos fue el domingo 30 de mayo de 2021. Nos dejó sus escritos, compilados en un libro de obligada consulta, y en 622 artículos de opinión del diario LA CRÓNICA DEL QUINDÍO. Esto último representó que fuera posicionado como el segundo columnista más constante del periódico, tan sólo superado por Alberto Arce Londoño, con 885 columnas escritas. La última publicación de Salazar Ceballos, un día antes de su muerte, irónicamente, es un presagio a lo que ocurriría con su existencia. Su título, “El podio de la inmortalidad”, también hace referencia al ámbito del deporte y al horizonte del deportista, quien abraza el deseo de “perennizarse, trascender, superar la condición de NN y pasar a la historia con nombre propio”. Pero también se relaciona la columna con “la razón por la cual muchos seres humanos han tenido el deseo de vivir para siempre”.

Su único libro publicado es un compendio de ensayos y artículos de finales del siglo XX, titulado Pájaros cautivos –Fudesco, Armenia,2000–. En ellos, este conferencista nos regaló muchas reflexiones profundas sobre diferentes temas. Tampoco faltó en ellos el abordaje filosófico de la muerte, sobre todo el del intento de sobreponerse, con la vida, sobre el destino luctuoso. Es interesante encontrar, en la prosa de un filósofo, aquella conceptualización,la que generalmente solo trata la antropología tanatológica. Me refiero a la “pedagogía de la muerte”, la temática que el etnógrafo francés Louis Vincent Thomas menciona en su obra famosa, de 640 páginas, editada en español por el Fondo de Cultura Económica de México desde el año 1983, y que lleva por título Antropología de la muerte.

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Thomas –página 628– resume que la “pedagogía de la muerte” es una actitud permanente, desde los primeros años de vida, en las sociedades tradicionales africanas. Pero no existe en la dinámica de nuestra cultura. En su reflexión, Salazar Ceballos –página 85– acota lo siguiente: “...Se hace necesaria una pedagogía de la muerte que permita asumirla como condición inherente dialécticamente a la vida”.

La obra escrita de Uriel Salazar Ceballos me permitió acceder al humanista sencillo de esta tierra quindiana. Leí sus capítulos con avidez desde la fecha de publicación de aquel libro fundamental de 189 páginas. Motivado por conocer su singular estilo de disertación, asistí solo a una conferencia taller por él dirigida, en el transcurso de ese año 2000, cuando los estragos del terremoto apenas se soliviaban con las acciones desplegadas en el proceso de reconstrucción. No conversé personalmente con él, pero esas lecturas, en la prensa esperada de cada sábado, fueron suficientes para conocerlo en su dimensión espiritual.

Hernando Jiménez Sánchez, el acuarelista, arquitecto y excelente ser humano. Partió al viaje definitivo 17 días antes del deceso de Salazar Ceballos. Falleció en Bogotá, tras penosa enfermedad, el 13 de mayo de 2021. En sus acuarelas, llenas de color y de formas figurativas y esplendorosas, quedó plasmada la arquitectura tradicional del Paisaje Cultural Cafetero, reconocimiento que acaba de cumplir 10 años de su inclusión en la lista privilegiada de Patrimonio Mundial de Unesco.

Con su muerte desaparece “uno de los íconos de la acuarela y el continente”, como lo calificara alguna vez la crítica artística del departamento. Sus obras se plasmaron en varios libros. En la Antología del arte en el Viejo Caldas –1990–. En el contenido de Sonetos y acuarelas, libro que resume la obra poética de Noel Estrada Roldán, así como en la portada de Camino sin metas, del mismo poeta –1996–. Aparecen también en tres portadas de otras obras. Ellas son el libro Diálogo intermitente –1986– de Gabriel Echeverri González, la revista Voces –1996– de la Universidad del Quindío y el libro Concejo de Calarcá 100 años en la historia –2005–. Fue además el autor del afiche Armenia 100 años en 1989.

A Hernando Jiménez Sánchez tuve el placer de conocerlo y platicar con él. El sentido de pertenencia a su natal Calarcá y el reflejo del aprecio por la técnica constructiva de nuestra arquitectura de la colonización quedaron evidentes en cada trazo de sus acuarelas. Cuando conversábamos, sobresalían su calidez, afabilidad, simpatía y nobleza.

Adquirí uno de sus cuadros en el marco del XIX Congreso Colombiano de Historia, realizado en 2019 en Armenia. Llegó a mis manos la excelente pintura figurativa de una cocina campesina, donde cada uno de sus detalles reflejan esa esencia del Paisaje Cultural Cafetero,la que se resiste a destacar la institucionalidad y que tampoco apropian los ciudadanos.

Por fortuna, esos aspectos son revelados por tres artistas quindianos, entre los que se encuentra Hernando Jiménez Sánchez. Junto con la filandeña Olga de Chica y el calarqueño Fernando Valencia Salgado, las singularidades del Paisaje Cultural Cafetero, los detalles, la intimidad de la vivienda y otros sentidos de la cultura popular, serán de presencia perenne. Y es que el Patrimonio Cultural Inmaterial –PCI– tiene representatividad artística en cada una de las obras de estos tres artistas de nuestro departamento, pues ello lo cultivaron desde niños en sus hogares y en las vivencias de su cotidianidad.

En las columnas de prensa de Uriel Salazar Ceballos y en las acuarelas de Hernando Jiménez Sánchez, el Quindío literario y artístico vivió la denominada quindianidad, cuando no se hablaba todavía del Paisaje Cultural Cafetero. Ahora, que han desaparecido los artífices, y que otros valores vinculados al turismo sobresalen, esa condición de perennidad del modo de ser quindiano debe continuar con la vitalidad de sus realizaciones del espíritu y del arte. Es esa la paradoja de la trascendencia de los escritores y artífices: morir físicamente, pero trascender con sus obras, como que son el legado de la historia personal proyectado a las sociedades.


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