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Historia / MARZO 03 DE 2024 / 1 mes antes

La uchuva y otras frutas de supervivencia prehispánica

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

La uchuva y otras frutas de supervivencia prehispánica

Uchuvas en venta en las calles de Armenia.

Son las frutas, con su sinfonía de matices, colores, formas y sabores. Ignoramos, con su presencia, que son las delicias que también alimentaron, la mayoría de ellas, a los pueblos prehispánicos.

El recorrido citadino por las calles de Armenia —la capital del Quindío— se torna caótico, en la medida que se ha invadido el espacio público con toda clase de ventas ambulantes sin control. Es una problemática de años atrás, y agravada desde 1999, el año del terremoto del Eje Cafetero, que dejó a la deriva a cientos de comerciantes, cuando vieron cómo su lugar de concentración de ventas, la plaza de mercado o galería, era demolida. 

Pero unos productos alegran la vista del transeúnte, como quiera ellos reflejan las cosechas estacionales de las sementeras del territorio. Son las frutas, con su sinfonía de matices, colores, formas y sabores. Ignoramos, con su presencia, que son las delicias que también alimentaron, la mayoría de ellas, a los pueblos prehispánicos. Y que, entonces, cargan el trayecto de la historia milenaria de aquí y de todas partes del continente americano, donde ellas se cosechan y se expenden. Son la herencia frugal de nuestros ancestros. 

Los relatos escritos de los cronistas que arribaron a América en el siglo XVI, y en las décadas que siguieron al contacto, son los testimonios más claros del impacto que causó en ellos, y en los invasores, la observación de las costumbres culinarias y alimentarias de los pueblos amerindios. Y, por supuesto, ese encuentro con las frutas del medio impactó profundamente a los ibéricos. La descripción de características, sabores, y hasta de propiedades terapéuticas, fueron descritas por aquellos escribientes de ocasión, algunos pertenecientes a las tropas en su condición de soldados y otros que eran frailes. Por ejemplo, uno de ellos, citado por la autora del libro titulado ‘Cocina Prehispánica’ (Editorial Voluntad S.A., Santafé de Bogotá, 1994), se refiere así a las guayabas: 

 “…son por fuera amarillas o verdinegras. De dentro unas blancas y otras coloradas. Tienen muchos granitos dentro, son muy buenas de comer. Estancan las cámaras…”. 

 Las anteriores líneas —y en especial la última palabra (cámaras, que significaba diarreas)— son explicadas a renglón seguido por la autora de tal publicación, la antropóloga colombiana Lucía Rojas de Perdomo, quien aborda los aspectos alimentarios de los incas, aztecas y muiscas. Se refiere ella a la mención que, sobre la sabrosa guayaba, hace el minucioso cronista Fray Bernardino de Sahagún en ese texto, y en referencia al territorio mexicano de los aztecas. Así lo acota ella, y citando a otro de los cronistas, Bernal Díaz del Castillo, en las páginas 42 y 43:   

“...La guayaba abundó mucho en la zona mejicana y en general, en todas las Indias. Bernal Díaz relata que proliferaban en la isla de Santa Cruz y que por eso llamaron Guayabal a la bahía. La fruta tiene propiedades medicinales que siempre se han resaltado. El médico Cárdenas (se refiere a Juan de Cárdenas, autor de ‘Problemas y secretos maravillosos de las Indias’, Alianza Editorial, Madrid, 1988) anotaba: “La guayaba tiene propiedades que producen estreñimiento contra la diarrea”. El padre Enrique Pérez Arbeláez (en referencia al botánico autor de la obra “Plantas útiles de Colombia”, Editorial Víctor Hugo, Bogotá, 1990) ratifica tal característica antidiarreica...”. 

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 Citando bastantes menciones de los cronistas españoles que acompañaron a los conquistadores en el siglo XVI, la antropóloga se refiere a las descripciones de esos españoles, sobre otras frutas entre los aztecas. Además de la guayaba tenían la piña, el nopal, el zapote, la ciruela, los aguacates, las cerezas y el mamey. Anota, además, que aquellos cronistas confundieron en sus menciones lo expresado con frutas, que eran en realidad anones, chirimoyas y guanábanas. Y que no hay reseñas sobre la pitahaya. O que no se identificó bien a la papaya. 

En cuanto tiene que ver con el pueblo Inca del Perú, la autora menciona, entre varios frutales, a la apincoya o granadilla, de la cual transcribe una extensa referencia, basada en la descripción que de ella hiciera el fraile Cobo, pues este cronista hizo una analogía “entre la bella flor de la planta y la Pasión de Cristo, de la que proviene su nombre de Pasionaria”. 

Entre los antiguos peruanos se consumían también la badea, la piña o achupalla, los lulos o naranjillas, las paltas o aguacates, las guayabas (en variedades muy diferentes a las de México), la guama o pacay, el cacao, el mamey, la guanábana, el anón, variadas frutas de palmeras, la uchuva, el tomate de árbol, la chirimoya y la pitahaya. 

Llama la atención la mención de la papaya que hace el fraile Cobo, en la cual se hace más claridad, si tenemos en cuenta lo escasamente descrito sobre ella en México y otras regiones del continente: 

“...Es la mayor de las frutas indianas... es la papaya fruta silvestre, no tan apetitosa ni estimada... dentro tiene pepitas negras, redondas y tiernas, que también se comen y tienen sabor a mastuerzo. La papaya es el nombre que le daban en la Nueva España. En la tierra templada de la sierra del Perú...es muy olorosa y de mejor sabor...”. 

Otras frutas de la región incaica son las siguientes, relacionadas con sus nombres en quechua y aymará:. Algarrobo (guarango). Pepino morado (cachun). Piñuela (timbirichi). 

Pasando al territorio colombiano, entre los antiguos pueblos del altiplano cundiboyacense, así anota la autora del libro ‘Cocina Prehispánica’, en relación a la investigación documental que hizo sobre este tópico: 

“ Las frutas, uba-oba en chibcha, formaban parte importante de la dieta de los muiscas y se obtenían de las zonas cálidas por intercambio en sus mercados. De acuerdo con los datos de los cronistas, las más apreciadas fueron las guanábanas, caimitos, la papayuela o papayo de altura, madroño, guayabas, guamas, piñas, aguacates y pitahaya. De esta última aparece su nombre en chibcha como nimsuque. Es probable que degustaran otra clase de frutas, pero no fue posible verificarlo con documentos. Por ejemplo, la curuba, abundante en el altiplano, el tomate de árbol y la uchuva que proliferaba silvestre. En un comienzo, los indígenas intentaron halagar a los hispanos con frutas y así lo reseñó Lucas Fernández de Piedrahita: 

 “...Les llevaron presentes de guamas, aguacates y algún oro, que es el mejor tercero de voluntades...”. 

En relación a la zona del valle medio del río Cauca, tradicionalmente conocida como el área arqueológica Quimbaya, el cronista Pedro Cieza de León escribió lo siguiente, en 1542, refiriéndose a los guaduales (o cañaverales), la cera de abejas angelitas, los grandes árboles y los frutales: 

“...Como estos cañaverales que he dicho sean tan cerrados y espesos; tanto que si un hombre no supiese la tierra se perdería por ellos, porque no atinaría a salir, según son grandes; entre ellos hay muchas y muy altas ceibas, no poco anchas y de muchas ramas, y otros árboles de diversas maneras, que por no saber los nombres no los pongo. En el interior de los o de algunos hay grandes cuevas y concavidades, donde crían dentro abejas, y formando el panal, se saca tan singular miel como la de España... Hay en esta provincia, sin las frutas dichas, otra que se llama caimito, tan grande como durazno, negro de dentro; tienen unos cuexquecitos muy pequeños, y una leche que se apega a las barbas y manos, que se tarda harto en tirar; otra fruta hay que se llama ciruelas, muy sabrosa; hay también aguacates, guabas y guayabas, algunas tan agrias como limones, de buen olor y sabor...”( En : “Los quimbayas”, por Luis Duque Gómez. Imprenta Nacional, Bogotá, 1970).   

De tan interesante descripción del soldado cronista Cieza de León se pueden colegir varias cosas: 

La inmensa biodiversidad de la región llamada entonces la Provincia Quimbaya. La más expedita descripción de una fruta que hoy ya es historia en el Quindío —el caimo— un árbol abundante en épocas pasadas, de donde provino el topónimo que dio vida al nombre colocado a El Caimo, corregimiento de la ciudad de Armenia. Además, ese relato provoca gracia al entender que la fruta del caimo se pegaba a las barbas de los españoles y, por ende, risotadas entre los indígenas. Y el tercer punto, el testimonio arqueológico representado en las vasijas y las piezas orfebres de los pueblos antiguos, que quisieron rendirle homenaje a sus frutas. Me refiero a la cerámica fitomorfa, que se exhibe en varios museos y que evoca los frutales de los pueblos precolombinos.   

La supervivencia del pasado indígena se seguirá evidenciando en las calles y mercados de las ciudades y poblaciones del Eje Cafetero, donde sobresalen tres manjares, la guanábana, la pitahaya y la uchuva. Esta última es, indudablemente, la reina de las frutas. 

  En varias partes de la ciudad de Armenia, esta fruta, que se vende en algunas esquinas, resalta por su singularidad. Es la maravilla de la naturaleza, conservada admirablemente dentro de su capacho. Como lo afirmó una crónica publicada en el periódico El Tiempo, del domingo 20 de junio de 1990, la uchuva representa todavía “el menosprecio de un tesoro”, titular con el cual se le describió en esa publicación. Y, aparece en esa página, algo más sorprendente, en la siguiente afirmación: 

“...Por el desconocimiento de su valor tradicional es despreciada en Colombia”.   

En las líneas siguientes, del artículo periodístico, la autora de la crónica, la redactora Ivonne Malaver, hace otra revelación, en los términos económicos de la época: 

“.... Por una sola uchuva cubierta con chocolate los suizos pagan unos mil pesos. Y, en general, los europeos dan lo que sea por deleitarse con esta fruta silvestre en ensaladas, salsas, jugos, cobertura de tortas, helados, mermeladas, que sirven en los mejores restaurantes y hoteles del viejo continente”.   

No obstante ser exaltadas las bondades y méritos de esta agridulce fruta, la uchuva sigue siendo desplazada del consumo nacional. Ni siquiera su consideración de ser, “después del banano, la fruta colombiana qué más se exporta”, la uchuva está ausente de la mesa y la dieta de los colombianos. 

  Parece ser procedente la uchuva del territorio peruano. Por eso se le llama “physalis peruviana”. Es un pequeño arbusto que, irónicamente, crece como rastrojo. En tierras de Norteamérica, la golden berry. En Bolivia, chipito, capulí y ponga ponga.   

En Costa Rica se le llama la “fruta del amor” y la versión popular le atribuye propiedades afrodisíacas. En Colombia también se llama guchavo, guchuva, ochuva, uchua, uvilla y vejigón. En Chile, fruta de oro. En España, fisalis. En México, cereza del Perú. En Perú, aguaymanto, capulí y mullaka. En Venezuela se conoce como topotopo, chuchuva o yuchua. Y en Hawai, se llama pidgen hawaiano. 

De tan popular fruta, como se puede comprobar con la relación anterior, irónicamente, no se conocen reseñas regionales, pero sí comentarios técnicos y científicos. Una de las anotaciones, tal vez la más curiosa sobre la uchuva, la escribió el folclorólogo Euclides Jaramillo Arango, escrita en lenguaje popular, en su interesante obra titulada ‘Un extraño diccionario’ (Editorial Befout, Medellín, 1960):   

“Ochuva de capachito, le dicen los paisas para distinguirla de otras, como la “tapaculos” que también tiene capacho, pero tunoso, la yerbamora y demás uvillas. La ochuva de capachito es una herbácea que se ha considerado maleza y que apenas ahora en Medellín y otras ciudades se está cultivando comercialmente con buenos rendimientos económicos. Se come en dulce, conserva o mermelada y también se acostumbra como pasante de aguardiente. En el Ecuador se le llama topotopo o “cereza de Jesús” y se conocen cuarenta y cinco especies de ella. El pueblo le atribuye a la ochuva de capachito muchos buenos atributos, entre estos: Posee en abundancia vitamina C; purifica la sangre de quien la come; alivia los males del riñón; estimula la buena vista, pues es alimento de los ojos; ayuda a curar las enfermedades de la garganta; calcifica el organismo; y, por último, comiéndola, como sucede con el afrechero, pinche o copetón, estimula el habla en los niños retardados o gagos”. 

Es una fruta hermosa. Lo que más sorprende de las uchuvas - y sobre todo a los europeos - “es el cáliz, ese delicado y natural vestido que las protege de las plagas, las enfermedades, la contaminación, la lluvia y la luz directa del sol en el cultivo, también de los pájaros, pues este recubrimiento las hace menos vistosas y apetecibles”, como acota la publicación del periódico El Tiempo. 

La importancia de la uchuva en las poblaciones prehispánicas debió ser de carácter simbólico y ritual, aunque no quedan representaciones sobre ella en la cerámica o la orfebrería. Como sí aparece en la iconografía de la cultura Malagana, en la región de Palmira, Valle del Cauca, con las especies florales. Sus hombres y mujeres representaron en oro las flores y zarcillos de la granadilla (la fruta del género passiflora) y de la palmera, siendo esos testimonios los únicos que se rescataron de la infame guaquería del año 1992. Lo que denota el simbolismo religioso de las plantas y frutas, generalmente con carácter chamánico. 

El resguardo de la uchuva dentro de su hermoso capacho debió despertar en los indígenas prehispánicos la reverencia, por su analogía con el “fruto humano” dentro del vientre femenino. Un simbolismo que sí quedó evidente en las otras dos frutas del recorrido de Armenia. Me refiero a la pitahaya y la guanábana. 

En la Sala de Exhibición Arqueológica de la Universidad del Quindío, desde hace más de 50 años, se exhibe una vasija fitomorfa, con su superficie en forma de guanábana. Es la representación más hermosa de colección alguna en el Quindío. Además, en su base, los artífices rompieron intencionalmente para colocar, en la base de la vasija, una pequeña representación antropomorfa. Sin duda, un cerámico de carácter ceremonial, para hacerle honor a la guanábana, fruta que el naturalista Jaenke llamó “obra maestra de la naturaleza”. Además, entre los mochicas preincaicos, esa fruta fue representada en bellas alcarrazas. Lo mismo sucedió en otras piezas de alfarería de la cultura Calima.   

Sobre estas últimas vasijas de cerámica —las alcarrazas— en el primer piso de la Gobernación del Quindío, en lo alto de la vitrina que guarda la colección de cerámica del Cauca Medio, se exhibe una alcarraza zoomorfa, que representa un ave. Presenta también rasgos fitomorfos en su parte inferior. 

¿Será acaso la simbolización de las protuberancias de la pitahaya, la otra fruta de supervivencia prehispánica en el Quindío? 

Porque, igualmente en otras alcarrazas encontradas en el Quindío, esas protuberancias, propias de las pitahayas, se representan en esos objetos (que son igualmente ocarinas o vasos silbantes) con mucha profusión. 

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