Historia / NOVIEMBRE 08 DE 2020 / 2 meses antes

Los bares y cafés tradicionales y su regreso a la vida social

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

Los bares y cafés  tradicionales y su  regreso a la vida social

Club Social de billares de Circasia.

Tinteadero, café o tertuliadero. Palabras que, con un solo sentido, resumen la mejor historia de socialización y disfrute en el Eje Cafetero, desde un lugar de encuentro lleno de símbolos y de arraigo cultural. Cada estancia municipal o corregimental del Quindío tiene los suyos. Son los establecimientos que se convirtieron en los espacios preferidos por adultos mayores y, últimamente, por algunos jóvenes, para las actividades de ocio y conversación.

Algunos cafés ya desaparecieron por hechos fortuitos, como el Ganadero en Filandia, en  el incendio de 1995, o el café Quindío en Salento por razones de agotamiento sucesivo. En Armenia del pasado, una elegante y bien editada guía turística, los anunciaba como “cafés y cantinas” en 1936. Sus nombres variados evocan los 20 más destacados de la vida social de entonces. Entre ellos estaban el Caucayá, ubicado en una de las esquinas de la llamada Plaza del Libertador, el mejor situado y el más concurrido. También el café Ginebra, el más elegante; el Pielroja, más popular, y el que tenía el nombre más raro, el Cafe-Tal. Por su parte, y funcionando en los últimos años de esa década, pero omitidos sus nombres en la  guía turística, el cronista Saúl Robledo, en su libro titulado Armenia en sus primeros años —escrito en 2006—, menciona otros. Son el Central, el Salón Rojo y el Cincuentenario, con acentuado ambiente sórdido, y los 2 últimos de ingrata recordación, debido a los suicidios que allí sucedieron.

En épocas recientes, Armenia recuerda otros cafés. El Destapado, el de mayor trayectoria y donde se concentraban los comisionistas y comerciantes. Se aseguraba que “era punto de referencia para subir el precio del tinto en los cafés de la ciudad”. Tampoco se olvidan el Palatino, el Bengala y el Polo donde, a diferencia del Destapado, eran atendidos por las llamadas coperas, mujeres sencillas y trabajadoras, y quienes llevaban el servicio hasta las mesas. Ese oficio fue estigmatizado, sobre todo por las que trabajaban en los establecimientos de ambiente más privado de cafetín. Pero en general, dicha atención, la de un oficio digno más, y que algunos cafés tienen todavía, garantizó en el pasado la permanencia de los visitantes. Así se menciona en un artículo del Diario de Colombia, periódico que circuló en Armenia el 14 de octubre de 1996, en referencia a los sitios de encuentro: “...Llegaban las personas desde tempranas horas de la mañana y no salían hasta el amanecer... Solo al mediodía se dirigían a buscar qué comer y después retornaban...”.

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La pandemia paralizó durante algunos meses y esa sí fue una temporada aciaga para propietarios y clientes de los cafés. Estos espacios han sido los de la necesaria socialización, donde también se conversa saboreando un tinto, se juega tute, dominó, tresillo o ajedrez, se interpreta música de cuerda, se  escuchan las melodías del recuerdo y donde las mesas de billar no faltan en la gran mayoría de ellos, para ofrecer sana diversión. Se extrañaron las vejeces de sus estructuras físicas, pues corresponden, la mayoría, a casas de bahareque. Hizo falta el sonsonete de los bafles, cuando muchos cafés se convierten el fin de semana, o el día de feria ganadera, en concurridos espacios para beber cerveza, y ya esos boleros del transcurso de la semana son remplazados por los acordes arrabaleros.

En la mayoría de los municipios quindianos, con la aplicación de las medidas de bioseguridad, se ha regresado al café de la esquina, del marco de la plaza o de la mitad de la cuadra. Probar de nuevo el café de $500, $600 u $800, o el pintadito espumoso de $1000 era el momento más esperado de los parroquianos que asisten a estos establecimientos de la vida cotidiana, y  que no ha podido eliminar el influjo del turismo masivo. Aunque algunos se transformaron en años anteriores a la pandemia, por la invasión modernizante de nuevos dueños, el café que sobrevive, el que sigue siendo el escenario de la añoranza, de los negocios y de las tradiciones, no se ha valorado en toda su dimensión.

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En estos cafés, que han resistido el paso del tiempo, no se ha comprendido la carga simbolica que sus espacios poseen. Cada uno de ellos, y esa es su particularidad, tiene una marca y hasta su personalidad. Los hay pequeños y grandes, añejos por resistencia y renovados por comodidad; tristes y vacíos de estructura, pero también llenos y rebosantes de decoración. En la gran mayoría de ellos se comparten detalles en sus plantas físicas y en sus equipamentos. Son las puertas antiguas de hierro forjado, que dan luz natural a su interior y donde se aprecian diseños  diferentes. Baldosas y mosaicos de antaño en sus pisos, con colores multitono y con figuras que delinean zigzag y otros diseños geométricos, como supervivencias de la arquitectura vernácula. Espacios traseros, que conservan la penumbra de la complicidad para el juego de mesa o hasta para el romance furtivo. Cuadros y fotos antiguas del municipio que los acoge. Objetos de antaño en desuso que adornan sus paredes, testimonios de la vida comercial del pasado.Y lo que presenta a los cafés en un plano de su historia, mostrando o utilizando las grecas o máquinas cafeteras casi centenarias, que son joyas de lámina fina y resistente, hoy exhibidas ellas como un museo de cafetín.

Dentro de los cafés pequeños hay 2 que tienen marcas de la historia y el patrimonio inmaterial. El café El Troncal, en los bajos de la casa más conservada de Montenegro, el llamado edificio Cadavid, presenta los más bellos grabados de flores en su piso, plasmados con rodillo de madera hace 80 años. El Pescador, el café más tradicional del centro de Armenia, instalado en los bajos de  la única esquina de bahareque, tiene una greca famosa, llamada ‘La Josefina’. Pero allí están también las sillas de vaqueta más hermosas de mobiliario alguno de un café, pues presentan pinturas costumbristas en sus cuerpos delanteros.

2 cafés grandes son el Danubio de Salento y el de Arcadio en Circasia. Al Danubio se le recuerda por la relación tan estrecha y afectiva con su propietario, ya fallecido, don Ernesto Loaiza. Y también por sus añejas cerraduras y candados de sus puertas, por la amplitud de su espacio y por la barra tradicional del establecimiento. El de Arcadio, en una esquina del marco de la plaza de Circasia, en realidad se dividió en 2 espacios. El esquinero, donde la presencia de otro personaje marca su devenir y es inseparable de la existencia del café. Se trata de Nicasio, el más viejo embellecedor de calzado, de 83 años de edad y quien permanece en su interior, con su hermosa caja de embolar que lo acompaña desde sus 8 años de edad. Mientras tanto, enseguida, la música y el sonido de las mesas de billar donde se juega, suenan en el Salón Social de Billares.

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Otros municipios sobresalen también por la caracterización simbólica de sus cafés tradicionales. Menciono solo 3. El Aquilino en Córdoba, el Social en Pijao y el Monserrate en Quimbaya, todos depositarios de la historia de sus localidades y  donde también hay detalles patrimoniales de mucha valía, como corresponde a los espacios más populares de socialización del Paisaje Cultural Cafetero.
 



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