Historia / ENERO 03 DE 2021 / 3 meses antes

Los muñecos de año viejo y el registro histórico de 4 municipios quindianos

Autor : Roberto Restrepo Ramírez [email protected]

Los muñecos de año viejo y el registro  histórico de 4 municipios quindianos

Archivo fotográfico de Eduardo Franco.

Las tradiciones de diciembre, desde el primero hasta el último día, concitan el fervor festivo por la Navidad. Pero también el entusiasmo de la quema del año viejo, un muñeco pajizo o de trapo, en el que se acumula una especie de catarsis para eliminar el halo negativo de los 12 meses transcurridos. Esa ‘purificación’ también se persigue a través de las acciones de carácter mágico y agorero. O creyendo y llevando a la práctica las supersticiones más comunes, como son el cambio de ropa interior de color amarillo, la ingesta de 12 uvas, la compra de la espiga de trigo y regalar lentejas, entre otras. Pero los más frecuentes rituales son aquellos del rechazo simbólico que se encarna en la incineración purificatoria del muñeco, que significa el despido del viejo año negativo.

Se cree que la imagen representativa del año que agoniza puede tener su origen en las fiestas ‘saturnales’ de los antiguos romanos, en los remotos ritos celtas y hasta en la  ‘quema de Judas’. En los 2 primeros hechos, la historia no registra quema de efigies o figuras, aunque aquellas celebraciones se realizaban como fiestas de purificación o para propiciar buenas cosechas y mejores augurios, tal cual es en esencia lo que caracteriza la quema de los atados de trapo u otros materiales combustibles de la actualidad.

La costumbre de la ‘quema de Judas’ llegó con los españoles a América y originó variantes en varios países. En el Eje Cafetero, por ejemplo, 2 poblaciones la practicaron el Domingo de Resurrección de la Semana Santa, cuando la figura del apóstol traidor era incendiada ante la multitud agolpada en los parques principales de Neira, Caldas, y Filandia, Quindío. En este municipio, la última vez que se realizó fue en el año 2008.

La lectura de un testamento —o de un memorial de deseos por cumplir— conformado por coplas y versos satíricos, configuraba un jocoso texto de la ‘quema de Judas’, que retrataba la cotidianidad. Este sentido pudo ser trasladado a los muñecos de año viejo, en algún momento del siglo XIX, ya que los de hoy lucen leyendas alusivas a los hechos o personajes estigmatizados por el colectivo y porque en sus textos también se plasma el deseo de un feliz año venidero. En diciembre de 2019, las representaciones del poder político imperaron, y el muñeco que más ardió en el país entero fue el que ridiculizaba a  la senadora Aída Merlano.

Es natural que, en la última noche del año 2020, el muñeco que llevaba la figura molecular del coronavirus, fuera el más quemado en muchas ciudades del continente americano, matizado ese hecho por la nostalgia, rabia, desesperación e incertidumbre que despertaron los recuerdos de la pandemia que paralizó a la humanidad.

La quema de muñecos más asociada a la remembranza trágica de muertes colectivas, causadas por una enfermedad, sucedió en Guayaquil, Ecuador, en la época de la conquista, cuando una epidemia de fiebre amarilla diezmó a la población. Sucedió entonces que fueron quemados muchos atados de paja y ropa de los contagiados que habían fallecido, como una representación para ahuyentar la peste. Luego, la costumbre de hacer los muñecos se extendió masivamente por países vecinos, lo que pudo suceder desde finales del siglo XVIII.

 

 

Años antes del fatídico año 2020 ya las quemas del año viejo se habían venido a menos en Colombia y el Quindio. Causa principal, la prohibición oficial de la pólvora que se introducía en la estructura interna del monigote, entre la madera que constituye el esqueleto y el relleno de paja y algodón que va debajo de las prendas de vestir.

En el registro histórico del Quindio, sobre los muñecos de año viejo, se recuerdan 4 municipios en especial. Aunque esa tradición es una de las manifestaciones más afirmadas del patrimonio cultural inmaterial de los colombianos, solo en algunas poblaciones se destaca por sus criterios singulares, que van desde los concursos y desfiles de los muñecos, montados y exhibidos en automotores en marcha, lo que ocurre en la tarde del 31 de diciembre. Pasando por variantes y especialidades en su fabricación, por los rasgos idiosincráticos plasmados  en los muñecos o por los registros fotográficos de ellos, que constituyen importantes testimonios de la antropología visual.

En Salento, varios testimonios gráficos, propiedad de una de sus familias, dan cuenta de uno de los desfiles de años viejos más recordados. El ánimo festivo, el acompañamiento de sus habitantes, los muñecos arrastrados en carretas metálicas y de madera, montados sobre caballos o hasta en el carro de bomberos; las representaciones de los muñecos como paisanos ataviados con trajes montañeros, portando sus sombreros,  sosteniendo los cigarros y sentados en taburetes. Son  los detalles que se reflejan en varias tomas logradas por el fotógrafo Eduardo Franco y que corresponden a su archivo fotográfico, el que hoy sus hijos han heredado y manejan con mucho cuidado para su preservación.

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Es ésta, tal vez, la colección de fotos más valiosa del patrimonio gráfico de Salento, donde ha quedado registrado uno de los desfiles de esta naturaleza, en los años 80. La riqueza etnográfica que allí aparece alcanza a mostrar otros aspectos. Los avisos que identifican a los muñecos, con sus nombres y apodos escritos en prosa curiosa. Las leyendas que reflejan las motivaciones sociales de su época. Una de ellas reza “La droga nos destruye”, mientras ilustra un muñeco famélico que simboliza el deterioro físico del personaje. Otra foto muestra el nombre gracioso del representado, Porciúnculo Moreno. Se alcanzan a apreciar también, en las fotos, los rasgos de los alrededores del recorrido, como son, por ejemplo, los rasgos arquitectónicos de la Calle Real y de la plaza principal, con los colores originales de puertas y ventanas de sus casas tradicionales.

En los 90, en Armenia, otro desfile fue famoso. Por lo extenso de su recorrido, los muñecos iban en automotores. Llevaban sus nombres en carteles y también aparecían las menciones de oficios antañones. Como el que textualmente decía “Remontadora de zapatos El Viejo Hediondo”. En una de las fotos testimoniales se alcanza a leer una leyenda alusiva al proceso de paz que buscaba el país en 1998. El gran desfile de muñecos de año viejo de la capital del Quindío fue organizado, en sus distintas versiones, por el promotor cultural Luis Elías Trujillo Arenas. Se inscribían y participaban en categoría libre, prohibiéndose terminantemente el arrojo de maizena y de agua, que pudieran alterar el orden. Se salía del parque Uribe y se recorrían muchos barrios de la ciudad, en una manifestación de calor ciudadano que no se ha olvidado en el imaginario de los cuyabros.

En cuanto a la elaboración, el municipio de Quimbaya ha quedado en el recuerdo de los quindianos por 2 procesos, los faroles del 7 y 8 de diciembre y los muñecos de año viejo de la familia Ospina. Doña Delia, la última sobreviviente mayor de este grupo parental, recorre actualmente las calles de Quimbaya, rumiando los recuerdos sobre su fabricación  de ‘los más bellos muñecos de año viejo de Colombia’. Su estética, producto de una bien terminada manufactura, combinada con arte y la selección de lustrosos trajes para vestirlos, los impulsó maravillosamente. Todos queríamos poseer uno de ellos y muchos, como quien escribe este artículo, hubiéramos preferido conservarlo como pieza de museo. Eran muñecos perfectos, cada uno tenía su nombre elegante y hasta reconocíamos impresa en ellos la personalidad de cada personaje atribuido.

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Filandia, la población vecina, no se quedó atrás en la buena apariencia de sus muñecos. En el portón de cada casa, sentado en un banco, o recostado en la pared exterior de una humilde casa de bahareque, se veía su figura provinciana, ataviado con traje campesino o con la infaltable ruana de antaño, usada en estos pueblos de fría temperatura. A la mayoría de ellos se les colocaba una botella de cerveza y un gran tabaco. El recorrido obligado, desde el 29 de diciembre, para apreciarlos a la luz del día, es algo de nunca olvidar. Por fortuna algunos se registraron fotográficamente en el año 1987 y eso ha quedado para el recuento de una tradición, que todavía no había comenzado a plasmar en ellos la sorna política o la picaresca del personaje corrupto. O al político odiado y al actor o actriz de la farándula que hoy se representan. Sólo se veía en ellos el retrato de hombres y mujeres de la raigambre popular.


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