Historia / SEPTIEMBRE 13 DE 2020 / 1 mes antes

Luis Fernando Londoño y la historia de su Museo Gráfico

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

Luis Fernando Londoño y la historia de su Museo Gráfico

Luis Fernando Londoño.

El 13 de septiembre fue una fecha importante para el creador de un museo singular. En un día como hoy, dicho soñador inició la fantasía de su proyecto, en el año 2006, recreando la instalación museal y cuya compilación se hacía desde 1994.

Lo hizo en Calarcá, una ciudad que es también portento arquitectónico de Quindío. Algunas de sus casas, como la que es sede de este museo alucinante, son de un material que ya hace parte de la singularidad del Paisaje Cultural Cafetero de Colombia. Me refiero al bahareque, la argamasa de esterilla de guadua, tierra, estiércol de caballo llamado aquí boñiga, puntillas y alambre, y que constituye la pared —cubierta con estuco de cal— de estas viviendas centenarias.

Estuve en este recinto patrimonial con un grupo de estudiantes de sicología. En realidad, 2 motivaciones más nos llevaban a esta casa que alberga la utopía. Encontrar la relación entre lo antropológico y lo sicológico, a través de la fotografía antigua. Y permitirnos soñar, pero despiertos, ante la maravilla de lo gráfico y audiovisual, en el marco histórico de una colección museística que, sin duda alguna, es única en Colombia. Ello se debe, sobre todo, a la pertinaz labor de este personaje, que pudo reunir 400.000 imágenes en una quimera que, por fortuna, es ya sustancia del archivo fotográfico de este país. La primera impresión, al conocer este inmenso espejismo, es encontrarse con el pasado ilusorio. Es enfrentarse con máquinas fotográficas, proyectores, objetos, cámaras, fotos espectaculares y asombrosas y otros recursos de la memoria que allí se encuentran, para entender la historia personal de este retador, a quien el cineasta Álvaro Aldana Barón llamó ‘El hombre de las imágenes’, en su documental del año 2017. Es, como lo afirma en ese testimonio fílmico, “un homenaje a Luis Fernando Londoño, un tributo a la memoria, para que las imágenes pierdan el olvido”.

Ingresamos a este Museo del Ensueño, luego de realizar un recorrido por el patrimonio arquitectónico construido —y también en ruinas— de Calarcá. Andenes grabados, portones, ventanas, muros, arabescos como adornos, decorados relieves, detalles curiosos, rincones y mucha nostalgia del pasado con olor y color madera. No obstante, haber penetrado el pequeño zaguán de aquella casa, también antigua y con perforaciones de comején y deterioro en sus maderos, ella nos introducía en la aventura del recuento gráfico de la región. Era la unión del desvarío con la fantasía, que producían en cada uno de nosotros tantos objetos reunidos. Me preguntaba, mientras tanto, cuántos choques en la estructura mental de estos futuros sicólogos se producían, ante la maravilla que nos impactaba.

Difícil no dirigir nuestra mirada al piso del zaguán. La baldosa con diseños geométricos, la primera supervivencia de la estética de los viejos constructores de la casa.

Luego, al pasar al pequeño vestíbulo, Luis Fernando Londoño hace un recuento de su vida pasada en la producción audiovisual de este país y nos añade los detalles de compilación de esos objetos que nos obnubilan. Los estudiantes se confunden —y diría yo se dispersan— como reacción natural ante tanta locura museográfica. Difícil, otra vez, no concentrar la mirada en el conjunto de elementos allí exhibidos, mientras las palabras de Londoño se pierden en su discurso. Casi que la atención se diluía, pero a este gestor poco le importaba la dispersión. Sabía que, más adelante, vendrían las preguntas e inquietudes de cada curiosa prospección de los jóvenes.

Eso sí, ante el único llamado de atención de este guía especial, en el sentido de observar con detenimiento las 12 fotos antiguas de cada uno de los municipios de Quindío, ello nos hace notar la importancia de este museo, como reservorio de la memoria gráfica del departamento más pequeño de Colombia.

Comenzamos el recorrido en la primera habitación, no sin antes dirigir nuestra mirada al cieloraso decorado del vestíbulo, donde se ven ya las marcas del deterioro. Esto pasa a segundo plano con la vista general de muchos aparatos de radio, radiolas, televisores, equipos fonográficos exhibidos. Y también de las fotos antiguas de Calarcá en las paredes de este espacio que se ilumina con la luz del día, filtrada a través de los postigos abiertos de las ventanas que dan a la carrera 24. En el centro de la habitación, la primera sorpresa, un proyector de cine antiguo. Luis Fernando sabe que, prendiendo y dirigiendo el foco hacia la pared de la alcoba contigua, que ha sido oscurecida, los visitantes que deambulan en desorden en otros espacios de la casa, se concentran allí para ver algo único en sus vidas. Cine antiguo en blanco y negro, que se proyecta mágicamente en la pared blanca de cal, mostrándonos la fantasía. Nos cuenta, mientras los rollos de película giran, y en tanto suena el carreteo con su gorgojeo inolvidable, que su padre tuvo un teatro en el pueblo y que esta alucinación del cine de 35 milímetros fue y es común todavía en su recuerdo familiar.

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2 elementos museales más son enseñados con orgullo. La gráfica del árbol genealógico de su segundo apellido, Aristizábal, y el libro gordo de la ramificación familiar, reconstruida para dar información sobre más de 1.500 personas de su vínculo parental, desde principios del siglo XIX.

Pasamos a la segunda habitación, no sin antes apreciar el proyector de acetatos y escuchar la sintonía de una emisora en un pequeño radio de tubos que rescató, con su historia sórdida, en un hospedaje de Bogotá. Cientos de teléfonos, cámaras y equipos siguen maravillándonos. Sorprenden mucho más cuando él cuenta que la mayoría funciona a pesar del paso del tiempo. Otras fotos de costumbres, gestos, modas, grupos escolares y familiares y otros detalles etnográficos del pasado, que están en las paredes, son testimonios para estos espectadores inquietos, que ya van resolviendo sus inquietudes sobre la importancia de las imágenes para la retrospectiva del análisis sicológico. En otras palabras, que dichas fotos reflejan el comportamiento social y la personalidad de esos personajes.

En las 2 siguientes habitaciones continúa el mosaico audiovisual, el cual se observa con asombro. Cientos de fotos de los municipios, computadores antiguos, máquinas de escribir —entre ellas una para la elaboración de hojas extensas del periódico y de las nóminas— y lo más abundante de sus colecciones, cientos de discos de vinilo de 33 revoluciones por minuto, con temas musicales variados.

Salimos al corredor que bordeaba el patio, ya cubierto, donde no falta el espacio para las macetas con flores. Nuestro anfitrión nos enseña el mayor tesoro. Lo enseña con cariño. La colección de 23.011 cédulas de ciudadanía antiguas, que van desde la número 1, a partir del año 1934. Allí están, en cada una, las pequeñas fotos de sus poseedores, todos varones, que se residenciaron en Calarcá. Una pregunta a los visitantes forma el revuelo. Si alguien tiene un abuelo que tenga sus raíces o residencia pasada en Calarcá, allí reposa su memoria visual en aquella cédula, que solo los hombres portaban. Hasta 1954, cuando las mujeres adquirieron el derecho a esa identificación. Nos asombra la historia oculta de esta colección, única en Colombia. Fue adquirida, como otras piezas y documentos, gracias al rescate en los depósitos de basura. O porque algún reciclador las encontró entre los desechos, incluyendo muchos álbumes familiares.

La visita a un museo que nos envuelve con la magia de la imagen y los recuerdos. Que nos ayuda a descubrir el tono de la música de antaño, como sorpresas que salen de una caja fonográfica, o el brillo de la historia fotográfica, con sus cámaras de todos los estilos y modelos.

Termina la alucinación cuando regresamos a la calle, el escenario de nuestra cotidianidad.

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Quienes me acompañaron aprecian que todo fue la experiencia de una quimera. Que las puertas de aquella casa —como la canción— llevan un año cerradas y ya no vive nadie en ella, solo los objetos museales y las imágenes, en desamparo total. De la historia de 13 años de aquel espacio solo queda un pequeño aviso patrimonial que nos descubre su nombre institucional, Museo Gráfico y Audiovisual.

Aquella fue una visita ilusoria que se tornó así gracias a la magia de la remembranza. Acabamos de recordar el espacio escondido y resguardado de la memoria de Calarcá y de Quindío. Esta visita que describí no fue masiva y ni siquiera presencial. La llegada a ese espacio fue, en cada uno de nosotros, solo una recordación. Porque hace un año, el 6 de septiembre de 2019, Luis Fernando Londoño Aristizábal murió, dejándonos ese legado que nuestros recuerdos solo pueden revivir con la magia de la retrospección. Podemos acceder otra vez a ese espacio de la memoria, a ese museo de las sensaciones visuales, auditivas y mentales, con una sola condición. Tener en nuestro haber la valoración de esta colección patrimonial en toda su dimensión. Es una postura personal. Porque lo público y oficial se olvidó de ella y hoy corre el peligro de desaparecer por la ignominia del desprecio y por la falta de gestión para su conservación. Por eso se llama también el Museo del Ensueño.



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