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Historia / ABRIL 28 DE 2024 / 1 mes antes

Patrimonio cultural y crónica periodística en la provincia del Quindío histórico

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

Patrimonio cultural y crónica periodística en la provincia del Quindío histórico

En provincia es como se ha gestado la crónica, sobre todo la cultural, esa mezcla de cuento-historia-ensayo, sin precisar a cuál se acerca más en descarte de las otras dos.

Se llama provincia al territorio pequeño, al correspondiente a un conjunto de localidades y sus estancias familiares, al de las casas de vecinos cercanos, a la más amable conjunción de pueblos, a esa denominación de parroquia. Los que nacimos y crecimos en provincia nos solazamos con el ambiente solariego porque cada uno de los acontecimientos le interesa al otro como que hacemos parte de una confraternidad.

En provincia es como se ha gestado la crónica, sobre todo la cultural, esa mezcla de cuento-historia-ensayo, sin precisar a cuál se acerca más en descarte de las otras dos. Es la crónica, como narración cronológica de los hechos, la que ha estado imperando en las estancias de nuestros ancestros. En esa condición, la crónica se constituyó en la primera forma de contar. Y, en consecuencia, “el cronista se convierte en el relator número 1 de los sucesos de la parroquia”.

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Voy a referirme a Caldas (como el Viejo Caldas o lo que hoy se conoce como el Eje Cafetero) porque muchos somos caldenses de nacimiento, aunque lo quindiano es de corazón. Por tal razón me permito transcribir lo que escribe Adalberto Agudelo Duque en su artículo ‘Historias alrededor del fogón’, fascículo 13 de la publicación titulada ‘Caldas, patrimonio y memoria cultural’, emitida por el periódico La Patria de Manizales en el mes de febrero de 1995:

“El relato empieza en Caldas como tradición oral, se desarrolla, evoluciona, adapta la forma del relato y la crónica, hasta llegar a la tradición escrita, ya alimentada por ejemplos universales, ismos y academias… El relato está más cerca de la leyenda y la crónica, puede ser al mismo tiempo relato o cuento… En ese sentido, el papel de los cronistas es recoger la tradición y transformarla en leyenda, es decir, en historias para ser leídas… La crónica es también historia, subjetiva, interpretada, pasada por el tamiz del intelecto, y en ese caso participa por igual de la condición de ensayo… La importancia de los cronistas se demuestra porque son la memoria viva del pueblo y han patentado una estructura y un estilo característico”.

Para los que nos dedicamos a escribir crónicas, la consideración es que ellas siempre fueron memorias de la colectividad, aunque hoy son despreciadas en importancia por gran parte de la crítica literaria. La realidad es que la hemos despreciado. Aún más, si bien ha estado allí como guarda del pasado, no la leemos por el bloqueo mental imaginario que hemos construido. Pretendo hacer un recorrido histórico de la escritura de la crónica en el Quindío. Comienzo por el periodo del contacto, mal llamado descubrimiento de América. Quién puede ignorar que algunos frailes, y hasta soldados, leyeron el paisaje circundante que los abrumaba y crearon el primer discurso escrito de fantasía, a través de las llamadas crónicas de la conquista. En la tierra que me vio nacer, se escribió sobre un primer personaje de leyenda, resultante de la inspiración de aquellos rudos cronistas ibéricos. En efecto, se escribió en el siglo XVI un trozo poético sobre el Río de la Vieja y se gestó así el nombre para esta corriente hídrica, porque el cronista encontró en sus riberas a una anciana que portaba en su cuerpo muchos aderezos de oro. Nació ese relato en el gran río, yéndose su tradición a las montañas, donde se habló de otros héroes históricos. Algún cronista, también del siglo XVI mencionó la voz “Batatabatí”, que quiere decir, según el español “Ea juguemos”. De todos es conocida la historia de Baltazar y Combeima, que dio luz a la leyenda histórica del Cacique Calarcá.

Observar e imaginar, primero. Luego, simplemente contar, y perseverar. Así funciona la tradición oral que llega hasta nuestros días, cuyos relatos son recogidos por los cronistas de hoy para contar sobre la vida de los pueblos en el pasado.

A través de la historia, han sido diversas las formas de abordar los temas culturales y de la cotidianidad en las publicaciones de la provincia. En lo que se relaciona con la época del contacto, además del relato del Río de la Vieja y la mención de “Batatabatí”, los cronistas españoles se refirieron a los eventos “demoníacos” de un personaje que llamaron Nabsacadas y de otro que nombraron Xixaraca, atribuyéndole a este último poderes maléficos, aunque otro cronista aseguró que era el Dios tutelar de uno de los grupos prehispánicos del valle medio del Río Cauca. También nos dejaron esos cronistas del siglo XVI, relatos y leyendas sobre personajes como Tukarma, Andica y Yanuba, entre otros. También se mencionó la voz Yaraví, que se refiere al contador de cuentos en algunos pueblos indígenas.  

Vendría luego de la conquista (o el contacto) una época de silencio y de falta de información sobre estas tierras del centro de Colombia, sin saber si fueron exterminados o extintos algunos pueblos, aunque los embera chamí del Quindío aseguran que muchas culturas prefirieron emigrar para resguardarse en los bosques y montañas de los alrededores. Casi dos siglos estas tierras fueron cubiertas nuevamente por la vegetación frondosa, naciendo así un mito que se conoce en la referencia antropológica como el del Bosque Primario, que pretende mostrar cómo nuevos pobladores vendrían a colonizar esas tierras “vírgenes”. Y en esa secuencia vendrían los viajeros de los siglos XVIII y XIX, porque ellos recorren el Camino o Paso del Quindío. Así fue como el barón Alejandro von Humboldt, Isaac Holton, Eduard André, Ernesto Rothlisberger y Rufino Gutiérrez, entre varios, nos dejaron sendas crónicas de viaje sobre esta vía histórica. Encontramos muchas referencias anecdóticas sobre el carguero o sillero, sobre las especies botánicas y animales,   sobre los objetos antiguos como el molinillo de copachí (la fruta del árbol Magnolia) o hasta de la nigua, ese animalito casi microscópico que se incrusta en los dedos de los pies y que ha dejado historias curiosas como la analogía con el cuadro de la Niña Niguatera y otros aspectos identitarios.  

En 1890, en pleno auge de la época de guaquería (saqueo de tumbas indígenas), se encuentra en Filandia el llamado Tesoro Quimbaya. La noticia fabulosa aparece en varios periódicos, que informaban sobre los pormenores del hallazgo y la posterior compra que de él hizo el Gobierno colombiano en agosto de 1891. Las noticias (a manera de crónicas sobre las piezas de oro) fueron escritas para periódicos de Pereira, Bogotá y hasta uno de Quibdó. Lo más alentador de esto fue que por primera vez se mencionaba el nombre de mi pueblo, Filandia, aunque las menciones de muchos registros aparecían como Finlandia, el país europeo. Ello ocurrió por la incidencia de la toponimia extranjerizante que tendía a asignarle nombres de otros países a los pueblos recién fundados. Fue tal el auge de la guaquería que aparecieron otras leyendas como la del Tesoro de Pipintá o la Totuma de oro que flotaba en las aguas de la Laguna de Maravélez.

En la primera década del siglo XX, aparecen los primeros periódicos escritos en el Quindío. Se da aquí y en otras regiones, el paso de la crónica al periodismo, así fue como se destacaron el periódico Ecos del Ruiz de Manizales (1880) o El Quindío (1903) de Nicolás Macías. En las décadas posteriores del siglo XX, periódicos como La Patria de Manizales, El Quindiano (prensa impresa) o el semanario Satanás, dedican sus páginas a crónicas de los municipios. Ya habían aparecido libros como el de Heliodoro Peña (1894) sobre la historia y geografía en la llamada por él provincia del Quindío.

En 1924 Luis Arango Cardona escribe “Recuerdos de la guaquería en el Quindío” y los relatos que en él se encuentran se refieren a la destrucción del patrimonio arqueológico. De todas formas son escritos que no se pueden olvidar porque son la referencia al pasado guaquero.  

Vendrían las crónicas de las llamadas épocas de los arrieros, inspiradas en los cuentos que se escucharon en las reuniones alrededor del fogón campesino. Otra vez, Adalberto Agudelo Duque, anota que esos relatos son “culto a la palabra, que se combinó con el culto a la música, pues las veladas siempre iniciaban con coplas, tiples y guitarras” (en:   “ Caldas Cien Años. Historia y Cultura”, Gobernación de Caldas, Manizales, 2005). Esos cuentos se referían a personas legendarios como son Cosiaca, Pedro Rimales o Sebastián de las Gracias. También hablaban de brujas, duendes, aparecidos y se contaban fantásticas historias sobre entierros de joyas y tesoros, así como de amores furtivos y personajes típicos de los pueblos.  

En los años 30 del Quindío, aparecen relatos anecdóticos. En mi tierra, Filandia, la gran cometa de Chun. En Armenia, las noticias sobre el Club de los Suicidas. En Montenegro,   los chispazos sobre el Doctor Cuajada o Conde del Jardín, un personaje estrambótico que se inspiró en el Conde de Cuchicute, el estrafalario caballero del que habla en su libro “Biografía del Disparate”, el mejor cronista que tuvo Bogotá, Pedro Claver Téllez.  

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La leyenda hispanoantioqueña y las tradiciones tolimenses nos trajeron la Madremonte, la Llorona, el Patetarro, el Mohán o el Hojarasquín del Monte, entre otros relatos agrarios y fantásticos.  

En el transcurso del siglo XX, estos son los cronistas que han descollado en el Quindío: Fernando Arias Ramírez, Adel López Gómez, los hermanos Rodolfo y Humberto Jaramillo Ángel, Antonio Cardona, Blanca Isaza de Jaramillo Meza, Euclides Jaramillo Arango, José Jaramillo Mejía y Carlos Ariel Castro Gil. De todos ellos el más popular es Euclides Jaramillo, de quien la Biblioteca de Autores Quindianos acaba de reeditar su libro “Los Cuentos del Pícaro Tío Conejo”.

No podemos olvidar al cronista por excelencia de los años 50 y 60, el autor de “Quindío Histórico”, el libro que se editó varias veces y que destacó los sucesos de las municipalidades, escritos de manera sencilla. Y tampoco a John Jaramillo Ramirez, quien escribió las crónicas de su querida ciudad de Armenia.  

Hoy podemos decir, lamentablemente, parafraseando a uno de los cronistas del Antiguo Caldas, que “no existe crisis del libro, sino de la palabra”. Será entonces la crónica escrita, la periodística y cultural, la que contribuya a recuperar las tradiciones a través de la resignificación del relato y a poner en valor el Patrimonio Cultural de los pueblos.


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