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Historia / NOVIEMBRE 11 DE 2022 / 1 año antes

¿Qué tienen en común un retablo, un juguete de cestería y un títere?, más de lo que se imagina

Autor : Roberto Restrepo Ramírez / Especial para LA CRÓNICA

¿Qué tienen en común un retablo, un juguete de cestería y un títere?, más de lo que se imagina

Mi encuentro afortunado con Sergio Herskovits Álvarez y Helena Zúñiga Romero, integrantes de la compañía “Payasíteres” de Chile, fue el momento más esperado de mucho tiempo en mi vida.

En el medio cultural se dan encuentros afortunados. Uno de ellos sucedió en tierras del Quindío, un departamento colombiano, cuya capital es la ciudad de Armenia. Soy antropólogo de formación y asisto a las funciones habituales de la compañía del Teatro Azul, donde conocí en el desarrollo del Festival Internacional de Teatro -en septiembre de 2022- a Helena y Sergio, 2 artistas que nos compartieron a los espectadores, en una de las presentaciones, el mundo fabuloso de los títeres. Pero fue en una conversación profunda con ellos, días después, cuando descubrí, a través del intercambio de experiencias mutuas, cómo se pueden identificar elementos comunes a partir de los objetos de las culturas arqueológicas y actuales del territorio habitado. 

Son 2 objetos que se convirtieron en nuestro punto de interés. El primero, llamado comúnmente “retablo”, ha sido materia de controversia en la interpretación relacionada con su función en los pueblos prehispánicos del Valle Medio del río Cauca en Colombia. Está elaborado de arcilla y parecería corresponder a la representación de los caciques o autoridades. Razón por la cual también así (caciques) se les llama. 

El segundo, hasta el momento del encuentro, era considerado por mí, simplemente, como un juguete de las comunidades indígenas actuales del Amazonas colombiano

La extensa región de donde provienen los retablos o “caciques” es la que está bañada por el Río Cauca, una de las 2 arterias fluviales más importantes de Colombia, y que recorre el país de sur a norte. Su amplio valle interandino, matizado por montañas fue el hábitat de muchos pueblos prehispánicos. Se les ha llamado genéricamente como Cultura Quimbaya, ante la imposibilidad de identificarlos a cada uno desde el plano arqueológico. Esto, debido al intenso saqueo, desde el siglo XIX, cuando los colonizadores, especialmente pobladores que migraron desde Antioquia, llegaron al sur del territorio y fundaron los municipios del hoy llamado Eje Cafetero. Actualmente es la región designada por Unesco como Paisaje Cultural Cafetero de Colombia (PCCC), Patrimonio de la Humanidad. 

Las escasas indagaciones del ámbito arqueológico ubican a los retablos o “caciques” en una época que puede datarse cronológicamente entre los siglos VllI D. C. hasta el siglo XVI, el momento del contacto con las tropas españolas que llegaron a esta región, en la gesta sangrienta del mal llamado Descubrimiento de América. Los objetos de cerámica son bellos, representan personajes masculinos y femeninos sentados en banquitos de chamanismo y que en la forma del objeto también se muestra como una prolongación de la pieza en su base. Son muy diferentes a las piezas de cerámica utilitarias, que fácilmente se identifican como vasijas para cocer sus alimentos, copas decoradas o pintadas, ánforas y otros recipientes, así como pequeñas piezas para el hilado del algodón (volantes de huso) y estampaderas cilíndricas y planas. 

Todos estos testimonios del pasado fueron encontrados en tumbas prehispánicas y han sido -lo son todavía- saqueados para el comercio ilegal de elementos arqueológicos. Se conoce en esta región, a esa actividad, con el nombre de huaquería o “guaquería” y ello ha sido el obstáculo para realizar investigación arqueológica, que permita -en el caso particular de los retablos o “caciques”- contextualizarlos y asignarles una función definida en aquellas sociedades. Simplemente se les atribuye una representación de sus líderes o chamanes, pero esto no es lo más aproximado a una interpretación de la cultura

Los objetos en mención presentan pequeños agujeros en la frente y eso podría indicar que allí se introdujeron plumas para caracterizarlos como caciques u oficiantes ceremoniales en fiesta. También presentan en su nariz la oquedad para insertar la nariguera circular o retorcida de oro o cobre, pues ello configura la decoración de su rostro. Pero otros agujeros se presentan en el cuerpo del retablo. Durante mucho tiempo ello se ha interpretado como los espacios donde se colocan otros aderezos de oro, como collares o pectorales. Algunos retablos representan mujeres con sus niños cargados a la espalda y la mayoría presentan las manos en actitud hablante, como si estuvieran contando historias.

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El segundo objeto es elaborado de cestería, específicamente trenzado en uno o dos cogollos de palma, y pertenece al plano de la etnografía indígena de la región amazónica de Colombia. Se ha identificado como un juguete de niños. En la década de los años 80 del siglo XX, mi interés por este campo de la antropología me llevó a trabajar con el gobierno colombiano como jefe de Asuntos Indígenas del Vaupés. Este es un departamento selvático, en la frontera con Brasil, donde habitan alrededor de 20 comunidades indígenas, cuya característica más destacada es el multilingüismo, pues se hablan varias lenguas que identifican a cada pueblo. Me llamó poderosamente la atención encontrar en sus ceremonias de yagé a los oficiantes chamanes sentados en sus banquitos de madera, relatando la gesta mítica, en la madrugada de la fiesta, donde todos los hombres bailan con sus coronas de plumas. Recordé inmediatamente a los retablos o “caciques” de cerámica del Quindío y, también, a los poporos de oro, recipientes donde se guarda la cal para revolverla con las hojas de coca tostadas y que, en la región amazónica, se conoce con el nombre de  mambeo. Los poporos de oro son de una época anterior a la de los retablos, en un tiempo que va desde 600 años Antes de Cristo, hasta el siglo VI o VII de nuestra era, y que la arqueología lo ubica simplemente como el Periodo Temprano. Mientras que los retablos y otras vasijas posteriores corresponden al Periodo Tardío, en esta región del Valle Medio del Río Cauca. Pero lo que más maravilla al Periodo Temprano son las representaciones antropomorfas de oro (o sea los llamados poporos), cuya mejor y más conocida figuración aparece en las piezas del Tesoro Quimbaya, un conjunto de objetos que fueron guaqueados en el Quindío, en 1890, y que el presidente colombiano de la época obsequió a España en 1893. Actualmente, esas piezas se exhiben en el Museo de América de Madrid. 

Poporos del Periodo Temprano y retablos del Periodo Tardío, que en mi interés como antropólogo me han conectado durante 4 décadas con el tema del chamanismo. Porque ambas piezas parecen configurar el asunto de la transmisión de sus mitos e historias, a través del retrato (en arcilla y oro) de sus seres espirituales. A falta de investigación arqueológica esos objetos se han quedado en el plano de la interpretación que cada espectador hace de ellos en un ejercicio de tipo hermenéutico

En esa bella región del Vaupés de los años 80, en medio de las correrías por la selva, me topé un día con un niño indígena que elaboraba lo que parecía ser un juguete. Terminado, el objeto se movía gracias a un pequeño dispositivo (una ramita delgada que va internamente) y que se hala para hacerlo enroscar como un gusanito. Lo conservo desde aquel año de 1986, cuando, de forma atrevida, le dije a aquel niño que me lo regalara. Hoy, después de tanto tiempo, entendí que aquello, afortunadamente debió ocurrir, para relatar la historia de la pérdida de un objeto etnográfico, en el maremágnum del proceso de aculturación que han sufrido los pueblos amazónicos.
 

Entro a detallar ese hecho lamentable

A finales de 2018 visité por última vez el Vaupés. Lo hice, acompañando a unas estudiantes universitarias en la terminación de su trabajo de grado. En charla con algunas mujeres indígenas que se cruzaron en el desarrollo de las entrevistas de las estudiantes, les conté la historia de aquel niño que me regaló su juguete. Pero, ¡Oh sorpresa! no atinaron a identificarlo y, con mucha pena, me dijeron que esos objetos trenzados ya no se elaboraban fácil y cotidianamente. El influjo negativo de nuestros juguetes de la sociedad invasora había hecho perder ese detalle. Así comprendí, entonces, que tenía en mi custodia casi que un testimonio del pasado (de más de 3 décadas atrás) y que ya podría configurarse en una pieza arqueológica. 

Entendí plenamente lo anterior cuando, por mi ruego insistente, les pedí a las mujeres que hicieran lo posible por elaborar juguetes similares. Al otro día, también con mucha vergüenza, me entregaron varios, rústicamente fabricados (y muy diferentes en terminado al que conservo), que por fortuna tienen todavía el mecanismo interno para que se muevan y se enrosquen como un gusanito. 

Mi encuentro afortunado, en Armenia (Quindío) con Sergio Herskovits Álvarez y Helena Zúñiga Romero, integrantes de la compañía “Payasíteres” de Chile, fue el momento más esperado de mucho tiempo en mi vida. Ellos son dos artistas y gestores culturales del país del sur del continente, que me han abierto el panorama de interpretación nuevo, alrededor de estos 2 objetos de la cultura. Sergio y Helena están, apasionadamente inmersos, en el mundo fantástico de los títeres y esas figuras en movimiento ya hacen parte de su vida

En visita que hicimos a la colección orfebre precolombina que exhibe el Banco de la República en el centro de Armenia, la visualización de los retablos del Periodo Tardío del Cauca Medio resultó ser para ellos el camino a una nueva conclusión sobre la utilización que pudo hacerse de esas figuras de cerámica en las épocas pasadas. 

Igualmente, al compartir con ellos el movimiento del “ juguete” de cestería del Vaupés, su movimiento y el mecanismo para inducirlo en un objeto de la cotidianidad, nos introdujeron a los 3 en una novedosa e interesante interpretación de la pieza etnográfica

La fabulosa ideación nos ha llevado a contemplar algunos interrogantes. ¿Los agujeros centrales de los retablos o “caciques” serían manipulables, desde la introducción de mecanismos (varillas de madera) en los agujeros para darles movimiento? 

¿Sería ese hermoso y supuesto juguete del Vaupés un conjunto de los elementos de lúdica, para incorporarlos al recuento de historias, a través de su movimiento inducido?

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Dos preguntas que se conectan con la posibilidad de encontrar sus respuestas en la práctica cotidiana del chamanismo. En el caso de los retablos, ellos pueden hacer parte de una configuración simbólica que significa la transmisión de los relatos del pasado, lo que deviene en otra pregunta: ¿Serán los retablos las figuras que ayudaron a construir el escenario contado de las historias de sus antepasados? 

Y en cuanto a los “juguetes” indígenas de la selva, algunas alusiones a su posible utilización, dentro de las malocas, nos las trae el siguiente aparte de la obra escrita del etnógrafo alemán Theodor Koch Grunberg en su libro titulado “Dos años entre los indios”, escrito en la primera década del siglo XX, cuando precisamente recorría el territorio de los cubeo en el Vaupés colombiano, adjuntando además fotografías de artefactos, similar uno de ellos al juguete de cestería que poseo. Transcribo de las páginas 231 y 232 del segundo volumen de ese libro, publicado por la Universidad Nacional de Colombia, en primera edición, año 1995: 

... Finalmente, en varias malokas de los uanana y los kobeua encontré encantadores adornos para la casa, figuras elaboradas en tusas de maíz y las hojas que las envuelven (Foto 169), o trenzadas artísticamente con tiras de hojas de palma (Foto 168, figuras a y b). Representan hombres, animales, golondrinas, otros pájaros y culebras, y por lo común cuelgan de una cuerda, unas al lado de otras, entre los contrafuertes principales del medio. Por lo general, se balancean de las vigas de aquí para allá, desde los cabríos hasta la fachada de la casa. En la mayoría de estos pájaros se reconoce sin esfuerzo a un carará volando. 

Una mazorca gruesa con envoltura constituye el cuerpo, el tallo largo y ligeramente curvo, el flexible cuello y la cabeza de pico puntudo del pájaro. En dos palos colocados horizontalmente a través del “cuerpo”, cuelgan hojas de la envoltura que se acortan cada vez más hacia los extremos y que representan las anchas alas. Al final de la mazorca se coloca una hoja de envoltura cortada al través, que imita hábilmente la cola del pájaro, el cual la despliega al volar en forma de abanico. Las plumas remeras, la cola y el cuerpo se pintan en parte de color negro (Foto 169). 

 En una maloka vi ejecutada en el mismo material una cigüeña yaburú, muy fiel a la realidad, colgada tan artísticamente del techo, que estaba erguida sobre sus largas piernas en los travesaños de la casa. Algunas de estas figuras estaban llenas de flechitas de cerbatanas sin veneno. Los muchachos las cogían para entrenarse. 

Vemos así que a la vida doméstica de los indios no les falta de ninguna manera poesía, y que su casa no significa para ellos solamente un refugio, sino un hogar en el verdadero sentido de la palabra, que construyen, equipan y adornan según sus fuerzas”. 

Tomando la esencia del anterior párrafo de la obra de Koch Grunberg -y resaltando la hermosura prosaica del texto- me atrevo a afirmar que esos objetos no son simples adornos. Fueron -y posiblemente son todavía- en el interior de malocas escondidas de la selva amazónica, los títeres de su parafernalia ritual

Gracias, Helena y Sergio, por su aporte, y su guía para seguir soñando. 


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