Historia / ABRIL 18 DE 2021 / 3 semanas antes

Relatos de árboles, del cotidiano y la memoria

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

Relatos de árboles, del cotidiano  y la memoria

Los árboles y las palmas son, en todos los lugares habitados, eternos dadores de solaz y sombra. Además, son generadores de historias, relatos y creaciones populares. Son defendidos no solo por los ambientalistas, sino por los pobladores que se unen a su cuidado, debido al cúmulo de recuerdos que ellos encierran. Son ejemplo de fortaleza, tesón, crecimiento y perseverancia, pues su tronco, robusto o delgado, es resistente. Su génesis, desde una semilla o una simple mata, es la representación de la adultez, de la ancianidad y hasta de la muerte que sufrimos también los seres humanos. Su repentino deshoje, la floración y hasta la aparente agonía de su tronco ya envejecido, de pronto presenta signos de un revivir, como también nosotros lo experimentamos después de los momentos de adversidad. Palmas y árboles son los compañeros permanentes, son la paternidad de muchas generaciones y no sucumben tan fácil a la desgracia. Ellos crecieron con nuestros abuelos y serán el escenario de vida de nuestros bisnietos... cuando ya no estemos en este mundo. 

 Tanta emoción me ha llevado a recontar cinco relatos de árboles, de algunos con historia y leyenda y de otros que serán memoria. Algo los caracteriza en común. Fueron, y son todavía, escenarios de vida y muerte y de la cotidianidad.

El tronco legendario que ya es símbolo

Otro árbol -o mejor parte de lo que fue su corpulenta contextura- llama la atención en el parque de Los Fundadores de la capital del Quindío. Se convirtió en leyenda urbana y se le conoce popularmente como el ‘Tronco del Amor’. Es un ícono de la historia de esta ciudad, junto con otra escultura inspirada en lo vegetal, que se encuentra en la misma estancia, una de las zonas más neurálgicas del norte de Armenia. Me refiero, en esta última mención, al Monumento a Los Fundadores, una obra artística de Roberto Henao Buriticá, que representa un árbol talado, con el hacha clavada, el símbolo del descuaje de las montañas en la época de la fundación de estos pueblos del departamento. 

Volviendo al ‘Tronco del Amor’ su leyenda romántica, de estilo Romeo y Julieta, reproduce la versión inventada de una pareja de enamorados que se suicidó al interior de la oquedad de la base del árbol, cuando el gran caracolí permanecía en los predios de una hacienda del municipio de La Tebaida, antes de la década de los años 50. Lo que se conservaba de su gigante tronco fue cedido por la familia propietaria del paraje y se instaló en el extremo norte del parque, como ornato y símbolo. Incluso se le adornó con un complemento de cemento en su base que semeja las burdas raíces. Todo ello para que luciera, como se ve hoy, en su máxima figuración. La misma que generó, con la especie de cueva del tronco, una parodia legendaria del amorío y conflicto entre Capuletos y Montescos, pero con matiz cuyabro. 

Pero la historia real es otra. La magnificencia del árbol quedó evidenciada en una fotografía fabulosa que encontré en una de las páginas del libro titulado El reloj de mis recuerdos, escrito por José Jaramillo Vallejo (Imprenta Antares,1952). La inmensa abertura del árbol caracolí le dio el nombre a la hacienda originaria, propiedad del escritor. Muchos árboles corpulentos como este eran los testimonios de aquellos frondosos bosques del valle de Maravélez y de los terrenos circundantes de La Tebaida, desde hace siglos. El autor reseña así en la página 151 del libro: 

“…En abril de 1920 compré a don Santiago Vélez ‘El Arco’, con un área de trescientas cuadras..., El nombre de ‘El Arco’ lo trajo la naturaleza. Un árbol de poco follaje, que se conservó mucho tiempo, después de la tumba, ostentaba, formada por una raíz adventicia, un enorme arco, por donde cabía un hombre a caballo”.

El árbol consentido de la 19

A otra especie arbórea, que es todavía el escenario de la cotidianidad, pero de la manera más especial, la he llamado con merecimiento el ‘árbol consentido’ de Armenia. Se encuentra en el sector de la carrera 19, donde los buses urbanos que vienen del norte de la ciudad bajan por la calle que desemboca frente a su presencia. Desde la esquina donde se levanta, hasta el sector del antiguo Telecom, la constante visual no se topa con otros árboles, reflejando ello el árido panorama del recorrido de diez cuadras, sin arborización hacia el sur. La base del árbol consentido, con sus raíces salientes, ha sido encerrada y protegida por una reja de metal. No importa quiénes lo hicieron. Vecinos y dueños del establecimiento comercial contiguo, tal vez, por un acto de ecología y de humanidad. Por esta razón se le ha garantizado su permanencia esbelta. A su alrededor, el local automotriz y una venta callejera de comestibles reciben la sombra y bondades del árbol agradecido. Lo que configura todo ello en su contorno la vitalidad de otro sitio de encuentro citadino. El más curioso en su tipo. 

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La palma que se resiste a morir

Empiezo con el relato de un árbol viejo, orgulloso y altivo, que se quedó sin hojas y se resiste a desaparecer. Sabe que es el símbolo nacional y también se precia de ser la única palma de cera sobreviviente en un frío y brumoso sitio emblemático del Quindío, igualmente con nombre arbóreo, El Roble. Este es uno de los lugares que más se menciona en las crónicas históricas del Camino del Quindío, en el trayecto que corresponde a la jornada que cumplían los viajeros entre Boquía y Novilleros, hoy Filandia. Esta palma de cera solitaria, sin su follaje, aún se levanta en el alto, con la cordillera azulada al fondo, donde hace dos décadas estaba el restaurante El Roble. Ella se veía al lado izquierdo de la casita de una planta, que sirvió como sede del estadero más popular de la vía entre Armenia y Filandia. Así lo atestiguan dos fotos de la remembranza. La de la palma, en 1985, con sus hojas soberanas, y la del restaurante, tomada en la década de los años setenta.

 

El árbol del recuerdo que moldeó un edificio

En Armenia existió el único árbol de Colombia que moldeó la estructura de un gran bloque de apartamentos. Se llama Edificio El Bosque, al norte de la ciudad. El ingeniero constructor tuvo en cuenta un detalle histórico y familiar para conservarlo y levantar a su alrededor la mole de concreto. Para no lastimar la forma extensa de sus ramas, la construcción se diseñó y tornó en forma de redondel, el que todavía se aprecia con nitidez en sus primeros pisos. En alguno de mis cursos de docencia universitaria, refiriéndome a la importancia simbólica de los árboles, una de las inquietas estudiantes realizó varias entrevistas a los moradores del edificio. Además de ellos lamentarse por la inminente tala del árbol, que debía darse por una enfermedad detectada en su tronco, descubrió la estudiante lo que denominó “su historia oculta”. El viejo ejemplar había sido hace décadas uno de los arbustos de la arboleda existente cerca del camino que llevaba a Regivit, el preciso lugar donde se construiría el edificio. Fue testigo de una trágica historia familiar sucedida en ese entorno y se determinó que el árbol creciera guardando la memoria del funesto recuerdo.

 

La ceiba cultural

Además de la ceiba inclinada del parque El Bosque de Armenia, otro ejemplar de esta especie se yergue en un concurrido lugar de la ciudad, el parque Sucre. Allí, el más que centenario árbol, admirado por todos, ha sido testigo de varios sucesos históricos de Armenia. Pero lo que más ha marcado su existencia es el testimonio de las expresiones festivas y del patrimonio inmaterial. La ceiba, que habían plantado don Daniel Vélez y don Toto Rivera, creció en el lugar donde las retretas musicales de antaño se daban en un hermoso quiosco. En la última década, sigue siendo el escenario de otras manifestaciones artísticas. Por eso la he llamado la ‘ceiba cultural’. Lo más destacado es la ocurrencia de varios eventos del Festival del Performance. En el desarrollo de ellos, el árbol ha sido engalanado y decorado y ha quedado impresa en su monumental tronco la marca histórica de este singular festival. Un único evento en el país, que Armenia realiza en agosto de cada año y en homenaje a su artista, ya fallecida, María Teresa Hincapié. 



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