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Historia / DICIEMBRE 23 DE 2023 / 5 meses antes

Tradiciones navideñas, su origen y permanencia 

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

Tradiciones navideñas, su origen y permanencia 

Al llegar diciembre, y celebrar en familia, siempre es grato conocer las circunstancias históricas de las tradiciones navideñas en cuanto a su origen en el Viejo Continente y los actuales determinantes de ellas en los contextos nacional y regional. Es -y será siempre- la Navidad el motivo de reunificación familiar y comunitaria y así lo corroboran las fuentes de donde he tomado las informaciones cronológicas.  

Comienzo con las transcripciones de una interesante columna de prensa, consignadas en un amarillento recorte del diario capitalino El Tiempo que conservo. Se titula “Origen y desarrollo de las tradiciones navideñas”, escrito por Lynn Poole, y publicado el 24 de diciembre de 1961. Las dos primeras reseñas coinciden ambas en sus descripciones sobre la ideación que tuvieron sus artífices, al contemplar el firmamento iluminado de las noches de sus estancias.  

Canción de Belén, también  llamada “Noche de paz”  

Esta entonada melodía fue compuesta en una pequeña capilla europea en 1818, porque existían roedores en su interior y las simpáticas condiciones obligaron a su autor a crear lo que más se canta a nivel universal, difundido por todos los países del credo católico:  

“...Pocos días antes de la Navidad se escondieron unos ratones en el órgano de una iglesia en Arnsdorf, Austria, y destruyeron los fuelles. Con agujeros en los fuelles no había aire, y sin aire no podía haber música. Pensando en el desaliento de la congregación, el párroco, padre Josef Mohr, decidió que era mejor preparar algo especial para la Misa de Gallo...”  

Así fue como caminando alrededor del pequeño poblado, viendo la noche tranquila en lo alto de una colina, y sólo alumbrada por el brillo de las estrellas, se imaginó que así pudo ser la imagen nocturna de Belén de los tiempos bíblicos. Entonces, acudieron a su mente las palabras que se convirtieron en una de las tonadillas de la popular canción: “Noche de paz, noche de amor, ved qué bello resplandor”.  

Al regresar a su casa las escribió, junto con el resto de otras palabras que vinieron a su mente. Se las mostró al director del coro, Franz Gruber, y le pidió que compusiera la melodía. Aunque faltaba la fuente de la música, fue cantada por primera vez por los miembros de la feligresía de aquella población.  

El árbol  

“...Si bien no se conoce con precisión el origen de la costumbre del árbol de Navidad, numerosas autoridades consideran que Martín Lutero inició esta tradición en Alemania en el siglo XVI. Lutero cruzaba un pinar el día de Nochebuena y vio miles de estrellas que titilaban a través de las ramas. Se sintió tan conmovido que cortó un pequeño abeto, lo llevó a la casa y lo decoró con velas para que sus hijos pudieran disfrutar del espectáculo. Desde entonces el Árbol de Navidad se ha convertido en símbolo de esperanza, vida, paz y alegría. El uso de árboles de Navidad llegó a los Estados Unidos con los inmigrantes alemanes de la época colonial...”.  

Papá Noel  

“...Papá Noel? Él también ha estado sujeto a los cambios tradicionales. Cuando los holandeses trajeron a San Nicolás a los Estados Unidos se le representaba como a un anciano caballero con manto negro, montado en caballo gris que llegaba de visita, el 6 de diciembre. Sin embargo, en el decenio de 1820, el doctor Clement Moore escribió una poesía para sus cinco hijos que cambió la noción de la faz de San Nicolás:   

“Sus ojos, cómo brillaban. Sus mejillas como rosas, su nariz como cereza”.  

Thomas Nizst, el famoso caricaturista del siglo XIX, dibujó una figura basándose en esta descripción y desde entonces Papá Noel ha sido regordete, sonriente y con rojas mejillas...”.  

Lynn Poole se refiere por último a otra de las tradiciones navideñas que también llegó inesperadamente a América y que, en pleno siglo XXI, ya ha desaparecido del medio cotidiano por cuenta del avance tecnológico y el uso de internet. Se usa para comunicarse afectivamente, a través de los mensajes que se transmiten entre los amigos y allegados en el último mes del año. A continuación, la pequeña crónica sobre esa costumbre.  

Las tarjetas de Navidad  

“...Se inició en Inglaterra en 1843. Sir Henry Cole comisionó a John Horsley para que diseñara una tarjeta que pudiese enviar a sus amistades. La tarjeta mostraba a una familia feliz que brindaba por la estación con copas colmadas. Fueron las copas colmadas que probablemente iniciaron la tradición, porque muchas personas las criticaron duramente. Se ocasionó tal revuelo que la historia la publicaron en numerosos periódicos y pronto la gente adoptó la idea y comenzó a enviar sus propias tarjetas de Navidad...”.  

En los pueblos de Colombia otras situaciones especiales se presentan alrededor de las cuatro tradiciones anteriormente transcritas. Si bien la canción “Noche de Paz” se escucha como llamado comercial e institucional, otros temas musicales se han desarrollado en los espacios donde se rezan las novenas. Son éstas las conmemoraciones tradicionales del país, y en especial de Antioquia, región de donde también arribaron -con la colonización multirregional del Eje Cafetero-las costumbres de celebrar la fecha navideña. Y tal cual las describe Lucía Restrepo González en la tercera edición de su libro titulado “Así decían los abuelos... 1920 - 1945” (Impresión Editorial Jaime Sánchez Ángel, Medellín,2001), refiriéndose a lo que acontecía en Antioquia.  

El pesebre y los villancicos  

“...En diciembre, en la iglesia, hacían el pesebre sobre armazones de madera cubierta con tela encerada. Un coro de pastores cantaba villancicos todos los días de la novena, acompañados con pitos de celuloide en forma de pajarito y llenos de agua y con panderetas, hechas en tablas con tapas de cerveza aplanadas. Al Niño Dios lo descolgaban del techo por una cuerda hasta la cuna en la misa de gallo del 24 de diciembre a las 12 de la noche...”  

La reseña cronológica del pesebre es relatada por Elisa Mújica en un artículo de la Revista Credencial Historia, fascículo correspondiente a la edición 12 del mes de diciembre de 1990:  

“De la historia del pesebre sabemos, y no sobra repetirlo, que San Francisco de Asís inició en Greccio, en el siglo XII, la costumbre de reproducir a lo vivo el nacimiento de Cristo, cada año, el 24 de diciembre. La práctica se propagó en Italia. En ocasiones, las personas y los animales verdaderos se reemplazarían por imágenes. Poco a poco éstas se reducirían de tamaño, para hacerlas más fácilmente transportables y que su precio no excediera las posibilidades de los simples fieles. Ya adelantada la centuria del siglo XVIII, una mujer, María Amalia de Sajonia, esposa de Carlos III de España, anteriormente rey de Nápoles, que había adquirido allí la devoción franciscana, aprovechó la industria de porcelana Capo di Monte, para que se elaboraran en ese material las figuras queridas. De ese modo, su papel en la celebración se popularizó aún más y, al trasladarse los reyes a España, donde establecieron cerca de Madrid otra fábrica de porcelana -la de La Granja-, María Amalia consiguió que los conjuntos navideños se regaran por la península, de donde pasaron rápidamente a América”.  

La misma autora aclara que, en ese tiempo español, al pesebre se le llamaba diferente. Era el “nacimiento” o “belén “ y fue finalmente en Colombia donde el término “pesebre” se adoptó posteriormente, aceptado también por la Real Academia de la Lengua.  

Se refiere también Elisa Mujica a la vigencia del árbol:  

“Entre un pesebre y un árbol de Navidad, que solo requiere un gajo de pino y unas luces -olvidado el sentido religioso que lo caracterizó en su origen- hay mucha distancia. El pesebre es cada año el mismo y sin embargo distinto”.  

Caso especial -en cuanto tiene que ver con este recuento histórico y simbólico de la Navidad- y en lo que atiene a nuestra región, el Quindío, es el que se presenta en la singular prosa que un cronista y miembro honorario de la Academia de Historia del Quindío, John Jaramillo Ramírez, utilizó en su simpática obra titulada “”Pieza del reblujo” (Alcaldía de Armenia, 2006), con respecto al pesebre más singular de la ciudad de Armenia, su tierra natal. Valga la pena mencionar que este académico, ya fallecido, también tenía en su casa una de las colecciones de pesebres más bellas de la capital. Lo del pesebre especial se lee en la página 213 de su capítulo titulado “Aquellos diciembres”, escrito en un estilo bien coloquial:  

“...El pesebre que a mí me encantaba, por el mundo de contrasentidos que lo poblaba, era el de Matilde Mejía de Botero. De pieza entera, del encielado chilinguiaban multitud de muñecos que Matilde había convertido en ángeles añadiéndoles alas de cartulina, y que como los colgaba con hilo Calandria anudado al cuello, parecían ahorcados, acompañados de aviones, avionetas y helicópteros. A una muñeca de trapo le amarraba en la mano un hilo un pito, de los que venían en forma de pistola, la ponía a apuntarle a un león de celuloide encaramado en las alturas de Belén y quedaba convertida en cazadora. Los Reyes Magos se desplazaban por los caminos montados en un camión de lata, un jeep y un carro de bomberos, respectivamente. Como era tan “invencionera”, recortaba de las revistas Life y Cromos todas las láminas que le parecían apropiadas para su pesebre, las pegaba sobre cartón y las proveía de soporte para poderlas parar. Entonces veíamos ente las aguadoras, a orillas del lago formado con un espejo, a Evita Perón, en traje negro de ceremonia, en su visita a la corte pontificia. Gandhi, sentado a la usanza india y envuelto en su blanco dhoti, fungía como vendedor de ollitas de barro en el mercado. Un soldado americano de la guerra de Corea, armado hasta los dientes, prestaba guardia en el portal. Miryam Sojo, en vestido de coronación, acompañaba a Baltasar en el carro de bomberos y los esquiadores acuáticos de Cypress Gardens lo hacían sobre el río de papel celofán. También acudía a las láminas que traían los almanaques que imprimía en Barranquilla Espriellabé, casi siempre reproducciones de las manolas y tipos populares andaluces de los cuadros de Jesús Helguera, que, con sus atavíos de vestido de faralaes, peineta de teja y mantilla de madroños, se convertían en pastoras”.  

Tres tradiciones más del plano regional, no se podrán obviar en este recuento:  

Las apuestas de aguinaldos  

Esta costumbre navideña, que se practica en los días de la novena, consiste en apostar a ser sorprendidos por un contrincante, ya pactado en acciones que llevarían, en el caso del perdedor, a pagar un aguinaldo. Esta es una forma simbólica de dar, recibir y atraer en abundancia, que se remonta a la época cristiana de los tiempos bíblicos. En este caso, se apuesta a los siguientes juegos de darse o recibirse regalos, como ocurre especialmente en el Eje Cafetero:  

Al sí y al no. Pajita en la boca. Tres pies. Preguntar y no responder. El grito a las 6. El beso robado. Esconder al Niño Jesús.  

Esta última apuesta se juega el 24 de diciembre. Uno de los participantes esconde la imagen del Niño Jesús y los demás la buscan. Si a las 12 de la noche (cuando tradicionalmente se coloca la imagen en el pesebre familiar) nadie la ha encontrado, gana el que la escondió.  

En todos los casos, con la palabra “aguinaldo” se pronuncia quien se considera ganador y los demás se disponen a entregarle sus presentes.  

  El aguinaldo boyacense  

Es la tradición decembrina más importante de Tunja, la capital de Boyacá. Se celebra cada año del 16 al 22 del último mes del año. Fue iniciada por el sargento de la Policía Nacional Julio Umaña Torres en 1955. Se ha convertido en toda una festividad de corte artístico y cultural, con despliegue de comparsas alusivas a la celebración navideña.  

Fiesta de los Matachines de Mongua  

Procedente de una simbiosis de aspectos triétnicos y que data de los siglos XVI y XVII, en la población de Mongua (Boyacá) se celebra hace más de 200 años, y durante el aguinaldo decembrino, la fiesta de los matachines. Los habitantes se disfrazan de animales, personajes de la farándula, actores de la política local, departamental y nacional, haciendo una sátira de la sociedad, al igual que una crítica constructiva de la misma. Esa tradición fue heredada de los españoles quienes la impusieron en México y Colombia.  

Valga la pena anotar que otras poblaciones de Colombia tienen sus fiestas de matachines, aunque no con tanta fuerza como se presenta en el aguinaldo monguano, que se celebra en plena novena de navidad, del 16 al 24 de diciembre. Esos municipios son Contratación (Santander), lo mismo que Guamo, Natagaima y Prado en el Tolima.  

No pueden faltar las costumbres alimentarias. Son todas las golosinas, viandas y dulces que se degustan con profusión. Así lo menciona Aída Martínez Carreño en su artículo titulado “Gastronomía y devoción”(Revista Credencial Historia, edición 12, diciembre de 1990:  

“Obviamente, también llegaba a las cocinas el piadoso frenesí, que disminuía con la Misa de Gallo en el amanecer del 25 de diciembre, pero sólo se consideraba cancelado el 6 de enero con la llegada de los Reyes Magos. En la región antioqueña se acostumbraban el cerdo y las natillas. En el Cauca, la torta de pastores, el dulce de limón y las rosquillas. Hacia 1840, el ajiaco de “papas con gallina” ya era de rigor para las cenas de la novena de aguinaldos y de la Nochebuena, según consta en el artículo publicado en “El Bien Social”, No. 38 (Bogotá, 1880). También, según lo informa en 1872 la revista “El Rocío”, eran imprescindibles el arroz de leche, manjar blanco, caspiroletas y huevos chimbos”.  

Caso especial, para el disfrute de toda la época navideña, lo constituyen los buñuelos. Martínez Carreño nos recuerda en el artículo referenciado: “Según un librito publicado en Bogotá en 1869, titulado “Lenguaje gastronómico con un oráculo”, buñuelo significa “dulces recuerdos”.  


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