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Por Ejemplo / OCTUBRE 25 DE 2014 / 9 años antes

...Vamos a la milonga

...Vamos a la milonga

… Comprenderemos con claridad el porqué de la vigencia de ese ritual llamado La Milonga. Un ritual en el que sus oficiantes, los bailarines que concurren con puntualidad militante, tienen un código de comportamiento y un protocolo.

Con afortunada periodicidad este, como centenares de medios colombianos, registra la realización de una modalidad de evento cultural que la memez y futilidad del consumismo no han podido abatir: las milongas.

La cuna de este término, dicen los expertos, se encuentra en un idioma hablado en África Central, antes de que el colonialismo condenara a la esclavitud a la población negra. El kimbundú todavía se habla en Angola y Zimbawe. Tenemos entonces que la milonga, como tantos y tantos ritmos, tiene una misma raíz e igual coloración racial.

Algunos ritmos, como nuestro bambuco, de similar procedencia, no lograron pelechar ni expandirse por el globo como otros. Quiero decir, el jazz, la música caribe con sus boleros, sones o cumbias, sin olvidar la evolucionada samba y el bossanova brasileño. La milonga tomó varias vertientes: una, campera y lenta en el interior argentino, y otra, alegrísima, en Montevideo y Buenos Aires.

Refiere la centenaria historia del tango (palabra africana) que por allá en los albores del siglo veinte 'problemático y febril' este género ya había transpuesto los patios de los conventillos y las baldosas de los bailongos y comenzaba a deslumbrar a la refinada ciudad luz de París. Fácil de entender, porque Buenos Aires fue un París incrustado en América del Sur desde finales del siglo XIX.

Es esencial establecer la diferencia entre la milonga como ritmo y la milonga como sitio o acontecimiento social y cultural; igual que rumba, ritmo y rumba, azote de baldosa. Pero volvamos a París, donde un acaudalado estanciero argentino, además de escritor y bailarín, cierta noche de 1910 bailó tango en una tertulia ante aristócratas y banqueros parisinos. Dizque causó tal impacto en la concurrencia, que se tiene esa noche como el Big Bang del 2X4 en Europa, y a Ricardo Guiraldes como su adalid.

Si consideramos que la dediparada burguesía que estrenaba siglo, en pleno umbral de la Gran Guerra del 14, en ciudades como Berlín tenía en el tango uno de los temas predilectos de conversación; si la palabra tango comenzó a usarse con tal profusión que nada escapaba a su influjo; si desde calzones y corsés hasta lámparas y cigarrillos ostentaban el nombre comercial de 'tango', comprenderemos con claridad el por qué de la vigencia de ese ritual llamado la milonga. Un ritual en el que sus oficiantes, los bailarines que concurren con puntualidad militante tienen un código de comportamiento y un protocolo que oscila entre el respeto entre prójimos y la poesía que destila la danza, que arroba a los danzantes y, compruébenlo, no da lugar a demostraciones de erotismo de pareja porque el baile mismo impone una concentración y una sincronía absorbente. El erotismo pertenece al tango de escenario.

Apareada con la expansión del tango, la economía argentina ocupaba el sexto lugar mundial. Incluso en el Japón el Barón Megatar abrió en 1926 una escuela de baile para la aristocracia. Nunca perdió su calidad artística aunque los realineamientos del mundo y el galope de las crisis económicas lo neutralizaron un tanto frente a otros fenómenos musicales sembrados por las artimañas de la publicidad. El tango como canción donde la poesía navega con todo el viento a su favor y el baile del tango, como danza que exige algo más que el simple deseo y el goce, volvieron a la escena mundial en un segundo boom que se registró cierto día de noviembre de 1983. Esta vez también en París, con el estreno de una revista musical: “Tango Argentino”. El debut disparó los comentarios y la admiración de la crítica. Luego fue toda Europa y después Estados Unidos y Broadway.

Las milongas llegaron en 1990 a Bogotá y a otras ciudades con pasado tanguero. En las milongas domingueras la muchachada actual recibió las primeras lecciones de baile y entre alegrías y asombros ha aprendido también a entender el porqué de la importancia del gotán argentino, esa música que obtuvo el reconocimiento de la ONU como patrimonio intangible de la humanidad. La institución de la milonga nació a la par con el tango. Nunca murió. Tampoco en Colombia, como prueba la supervivencia de los bailaderos de Manizales, Medellín y las incomparables viejotecas de Cali. El Quindío, desde hace unos años, comenzó a retomar la pista. Existen varias milongas pero también existe un pionero: Se llama Víctor Hugo López y con Marta, su luminosa mujer, la Corporación Cultural Danzar y Los Muchachos de Antes, estarán en Calarcá en el restaurante Chachafruto, en la Plaza de Bolívar, este sábado por la noche.

 

Por Libaniel Marulanda

libaniel@gmail.com


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