Región / JULIO 20 DE 2021 / 2 semanas antes

Advertencias de la memoria

Autor : Linkterna

Advertencias de la memoria

Ilustración de Laura Inés Manrique Rivas.

Por Tatiana Velázquez Osorio

Ojeo la edición N° 150 de Arcadia, cuyo énfasis está en el trabajo fotográfico de Lunga, artista obstinado en retratar a Gaitán durante su vida política. Paso de largo títulos como Centro vs. Izquierda, El dolor y el consuelo, o Zama, de Lucrecia Martel. La historia de este país me confronta. Ya he hablado del asunto generacional: el hecho de que las personas de mi edad, y los que vinieron después, somos dueños de un vacío que nos deja la educación en todos losA campos, sobre todo en el de la historia. No es un vacío sino una fosa común con basura y unas muertes que no terminan de pudrirse, porque los jóvenes de ahora no despedimos a los próceres y tampoco los recordamos. La clave está en desaprender, me dijeron hace unos años en un foro. Sigo escarbando.  

Lunga proyecta en blanco y negro que Gaitán estaba por encima de todos nosotros. Más que leer el artículo, observar las fotografías, le busco al ángulo el símbolo. Imposible leer, estoy envuelta por una música urbana que retumba en el café y la voz del cura en la iglesia inconclusa de Circasia; habla de la muerte en Cristo, despide a Camilo Benavides, el bibliotecario. Hace poco más de un mes conversamos, sin preguntarle mostró su interés en los libros y los procesos que adelantaba en la biblioteca, alguien de sonrisa prolongada. El sol doblega a los transeúntes, se estiran bajo las sombrillas. Todavía me sorprende la muerte, la cuestión cultural de la muerte. Para nosotros no hay una ficción al respecto, no nos hemos inventado un relato penetrante que nos explique lo que ocurre después de los gusanos, lo tradicional es el duelo y las advertencias de la memoria, y aún más, los sueños, en los que los muertos hablan desde una serenidad que nos humilla; relatos con los que los familiares alumbran sus mañanas. Así que estoy bajo el sol, entre el café, surcada por unas flores en exceso delicadas, intentando descubrir a Lunga. 

 El ruido de las motos levanta las miradas. Los sábados las personas de los pueblos parecen suricatos, siempre a la espera de la novedad. Quienes salen de la iglesia se mezclan con los de la plaza y los que esperan el partido de fútbol en los cafés, Colombia frente a Venezuela, el debate por acercarse a la semifinal de la Copa América. Aumenta el murmullo. Las palomas se posan en las cuerdas de energía y en los balcones, diseños barrocos que circundan el parque; en realidad la popó de las palomas es una cuestión departamental. Me gusta el pujo gutural que emiten estos animales, hoy es un día para eso. El artículo de Arcadia intenta mostrar un fragmento de la historia fotográfica del país, y la similar mala suerte que tiene este respecto de las otras artes. En fin, lo que se ha denunciado de tantas formas sin resultados concretos. La mirada de soslayo a lecturas y representaciones de la sociedad: lo que nos incomoda lo convertimos en algo incomprensible, entonces esta perpetua crisis artística no es solo un abandono del gobierno. Sin embargo, parece que el trabajo de Lunga nos dejó una mirada del hecho histórico de Gaitán. Mediante la irrefutabilidad de la fotografía este autor nos contó que dicho personaje parecía una verdadera promesa, una oportunidad que no podía ser más acertada en el contexto de la fiebre patriótica, ahora extinta. Lo único que los candidatos a liderar el estado —emergentes de Gaitán— imitaron de este, fue la manera de posar frente a las cámaras, aunque también el puño levantado es un gesto vencido. 

 De las fotos sabemos, de los autores no. La imagen del Ché Guevara nos saluda desde los muros de las universidades, ha sido estampada en camisetas, adaptada a todo tipo de productos comerciales, pero de Alberto Korda, quien disparara en el momento exacto desde la lente de su cámara… nada. Ver la aglomeración que captó Lunga me hace pensar en la enfermedad innombrable que hoy nos amenaza, digo innombrable porque nadie quiere hablar de ella. En sus inicios nos mostró tan vulnerables como las tribus primitivas, eliminadas por las plagas hace tantos siglos. Palabras vetustas alzaron vuelo: reinvención, nueva normalidad… La “reinvención” consiste en aceptar que no somos invencibles y aun así parecerlo, cada vez hay más gente bajo las sombrillas de este parque. 

 Termino de ojear la revista. Un viejo amigo se acerca a saludarme, estira el puño para que yo le conteste con el mío. Trae el rostro desencajado, viene de la iglesia. Me miró fijamente a los ojos mientras me saludaba. Me pareció que buscaba algo de solidaridad a lo que intuí “su dolor”. Le dije hola y le sonreí mientras estiraba el brazo. No se saluda así a alguien que llora a otro, pero la nueva normalidad afirma las distancias, también mi natural falta de empatía y estas fórmulas de cordialidad que no aprendí, como no aprendí a vestirme de negro en los lutos ni a guardar silencio durante las oraciones ajenas, por eso no voy a las iglesias. Del bibliotecario solo conocí su amabilidad. Hay actitudes de algunas personas que aplanan la densidad natural del ambiente, sobre todo por estos días en los que nos irritamos, como las víboras, por detalles. Tan poquito fue suficiente para que, ante su fallecimiento, me viniera el sobresalto: el Covid-19 cobra la vida de gente que conoces, y, aun así, logras sacarle ventaja al pánico, continuas, ¿continuar qué? Rondan esas voces, las imágenes, la pregunta por la historia, la vulgaridad del pueblo, el lenguaje de la masa, la vida a cuadros y la muerte tan certera. Adiós a Camilo, a unas horas de distancia, y a Gaitán, allá en la historia en blanco y negro. 




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