Región / OCTUBRE 25 DE 2020 / 1 mes antes

Anaqueles de palabras: las librerías en Armenia

Autor : Linkterna

Anaqueles de palabras:  las librerías en Armenia

Ilustración Carolina Jiménez

Por Maira Alejandra Ovalle Peñuela 

El contacto físico es nuestra primera experiencia. Las manos protagonizan la búsqueda incansable de lo otro. Sin embargo, en algún momento, el exterior resulta ajeno, incomprensible. Es necesario buscar algo más… Algo a lo que aferrarse cuando parece que no hay mucho. Entonces, las manos pasan sobre teclas de pianos, cinceles o se detienen en rectángulos coloridos de palabras. Ahora, repasan estantes habitados por el dolor, el amor, el odio y la muerte, estados que determinan la inevitable tragedia de la existencia humana.  

La soledad se hace transparente y el diálogo tibio. Las manos pasan páginas, buscan historias para contemplar. Sus ansias de descubrimiento han surgido en Armenia y este lugar les resulta agradable, lo cual es curioso pues se tiene la certeza de que en el Quindío la ignorancia no peligra. Suponemos que aquí interesa tan poco la lectura, que las librerías son negocios que sobreviven gracias a ideales quijotescos de sus dueños. La verdad está un poco lejos. Veamos. 

Panorama histórico actual 

Entre los 70 y 90, hubo en Armenia librerías como Distritécnicos, Colombia Fotoclub, Librería Quindío, Progreso y El Quijote. Las 3 primeras se dedicaban a la venta de libros técnicos y escolares; la última, es recordada porque allí se tomaba café. En aquella época, también hubo un intenso movimiento intelectual cuyo lugar de encuentro era la librería Universitaria, propiedad de Luis Fernando Medina. Juan Aurelio García, escritor, expresó que este era “una especie de no lugar, allí continuaban muchos debates que iniciaban en el Rufino José Cuervo, entonces un hervidero de ideas. Allí fue el gran centro para debatir”.  

En la Cámara de Comercio de Armenia y del Quindío hay registradas 13 librerías, algunas son: Árbol de Libros, Libélula, Pensamiento Escrito, Baldor, La Mancha, Magisterio, Universitaria y el Pasaje de Libreros Yanuba. Además, aparecen 434 papelerías, que por objeto tienen la venta de libros técnicos y escolares. Un panorama nada desalentador para las manos que buscan historias en una ciudad pequeña y llena de conflictos. Conversé con algunos de los propietarios de estas librerías sobre aspectos económicos, culturales y sociales. 

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Economía de la letra impresa 

Por el año 2007, y poco después, empezaron a llegar a Armenia varias de las librerías que hasta hoy permanecen. Lo que sorprende es que, en una ciudad con los índices de desempleo que registra, un número tan significativo de librerías logre sostenerse, resistir al tiempo y a los inexistentes apoyos del Estado a las pequeñas y medianas empresas.  

Juan Carlos Murcia, librero de Pensamiento Escrito, fundada hace 13 años, dijo: “Los índices de ventas en Armenia son elevados, según los ejecutivos. Además, tiene más librerías que Pereira, Ibagué, Neiva y Manizales”. Por su parte, Claudia Morales, periodista y propietaria de Árbol de Libros, fundada hace 2 años, manifestó: “Este es un negocio solitario, hay que tener un músculo financiero importante porque desde el Estado o la banca no se recibe ningún tipo de ayuda”. Además, agregó: “Desde el primer mes alcanzamos el equilibrio financiero, los ingresos fueron suficientes para poder pagar los gastos fijos y a las editoriales”.  

Otra es la realidad para los libreros del Yanuba, el pasaje ubicado desde hace casi 5 años en el Centro de Desarrollo Comunitario de la comuna 7. Allí hay 16 libreros, 13 son mujeres cabezas de familia. Sobre todo, se dedican a comercializar libros leídos y juegos didácticos, ya que muchos no tienen el respaldo financiero necesario para establecer convenios con las grandes editoriales. Francisco Valencia, expresidente y actual fiscal del pasaje, informó: “Antes de la pandemia se venía trabajando bien, lográbamos mantenernos. Ahora todo es muy complejo, conseguimos para medio vivir, realmente no se sostiene el negocio y muchos han tenido que endeudarse con prestamistas informales”. También resaltó: “Aquí hay personas que están en el lugar equivocado, no hay nadie que conozca verdaderamente de libros. Muchos llegamos al negocio por azar, por accidente”.

Cultura de la letra escrita 

Sigue preguntarse: ¿Cuál es la importancia de las librerías para la cultura? Sobre esto, y en ese orden, opinaron Jorge Iván Espinoza, secretario de Cultura del Quindío; Claudia Morales y Jhon Isaza, librero en Libélula.

— Son espacios de difusión de nuestros escritores; el supermercado de ideas, sueños, transformaciones de vida. Creo que aquí han sido poco promocionadas, esperamos que con los proyectos que tenemos, adquieran un mayor poder y posibiliten el incremento de los índices de lectura. 

 — Una librería es un lugar que posibilita un encuentro en el que nada puede salir mal. Una persona que entra a una librería siempre va a hallar la posibilidad del saber y la formación de criterio. 

— No creo que las librerías sean el alma de la ciudad ni que la cultura dependa de ellas. Hay una cantidad de clichés románticos que están lindos, los entiendo, es importante cargar de símbolos la realidad […], nos relacionan de manera distinta. En ese sentido, las librerías son valiosas como símbolos, como lugares para quedarse. 

En cuanto a eventos, Pensamiento Escrito ha organizado 3 Fiestas del Libro, las cuales tenían un fin comercial. Por su parte, Libélula Libros, que llegó a la ciudad hace 7 años, organizó en 2016 y 2017 la Feria del Libro de Armenia. Isaza dijo: “La experiencia financiera fue desafortunada en ambos casos. La segunda versión fue con la Universidad del Quindío, pero su participación vició todo, resultó poco favorable el escenario cultural porque los espectáculos no sirven de nada […], los eventos deberían pensarse para causar un impacto social y cultural, un poco lo que hace el Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales, que no pudimos lograr”. Por lo señalado, además del gran esfuerzo que implicaba, desistieron y el proyecto murió. 

Inquieta por esto último, le pregunté al secretario de Cultura sobre la agenda para estas actividades, comentó: “Para 2021, dentro de la proyección del área de lectura y bibliotecas, queremos hacer una Fiesta del Libro donde participen todas las bibliotecas públicas y privadas, para expandir la cultura del libro”.

Sorprende que haya pocas editoriales, pocas bibliotecas, muchas librerías y al parecer muchos lectores. Vimos que hay 2 grupos de librerías: las de libros nuevos y las de libros leídos. De las primeras, sus propietarios estuvieron de acuerdo con que el negocio se sostiene, alcanza rápidamente el equilibrio. Sobre las segundas, el panorama es distinto: no están vendiendo. Esto conduce a preguntarse ¿cuáles son los sectores que consumen cultura? ¿Qué revela esto sobre la población? La investigación parece indicar que la gente acomodada sigue comprando libros mientras que las personas de estrato medio y bajo, las más afectadas por la pandemia y quienes generalmente compran allí, no lo hacen.  

Haría falta una red que posibilite el diálogo y fortalezca el sector, tarea de la Cámara Colombiana del Libro. Así mismo, otros actores de la cadena del libro —editoriales, distribuidores, autores—, deberían repensar las dinámicas que se dan en el país ya que muchas veces no están a favor de las librerías independientes. Es compleja la situación de algunos sectores del libro y amplio camino para que las manos continúen sus búsquedas, tentativas por entender eso que llamamos condición humana y que llega a través de los libros, los rastros, los testigos de otras vidas.  

Invitados a escuchar el podcast 


*Los textos, la ilustración y el podcast de esta entrega hacen parte del proyecto Linkterna, periodismo joven cultural y ciudadano, apoyado por el programa Comparte lo que somos, del ministerio de Cultura. 

 

Sin sangre no hay rating 

Por: Estefanía Mosca Torres 

Acaece el día, Christine Chubbuck llega a su casa después de una extensa jornada laboral y se sienta en la máquina de escribir para desahogar, en vano, su depresión. Al otro día se dirige al medio televisivo donde su jefe la presiona para que busque noticias sangrientas con el objetivo de mantener altas las cifras de audiencia. La película Christine, del director Antonio Campos —2016—, retoma las vivencias de una reportera estadounidense entregada al oficio periodístico, que se ve enjaulada en el lado oscuro del amarillismo y de un medio de comunicación que desborda las fronteras de la humanidad para explotar imágenes que producen morbo. 

 La soledad, los estigmas sociales, la competencia laboral para seguir las dinámicas del capitalismo, la baja autoestima, la ansiedad provocada por una profesión demandante y los contenidos violentos creados para no perder el trabajo, provocaron que la periodista terminara con su vida. Al ingresar a la cabina para presentar las noticias que había investigado el día anterior, un problema técnico se cruza con el montaje de un vídeo. Christine, agobiada, aprovecha la situación, dirige la mirada hacia el bolso, busca el arma de fuego, la sostiene en la sien y dice: “De acuerdo con la política del Canal 40, que busca brindarles lo último en sangre y entrañas a todo color, están a punto de ver otra primicia: un intento de suicidio”.  

Ver también: "Periodismo regional y violencia contra la mujer"

 La reportera se sentía hastiada de presentar información sensacionalista, ya que, para ella, el periodismo es una profesión dirigida a construir una sociedad más humana. La vida laboral de Chubbuck —y la del periodismo colombiano— es un buen ejemplo para comprender que la ética de los medios de comunicación se ha desdibujado por intereses económicos, la demanda de la tiranía de masas y la competencia por la información. Kapuscinski, en Los cínicos no sirven para este oficio, afirma: “Los medios no están interesados en reflejar la realidad del mundo, sino en competir entre ellos. Una cadena televisiva o un periódico, no pueden permitirse carecer de la noticia que posee su rival directo. De esta manera, todos ellos acaban observando no la vida real, sino la competencia”. La decadencia es clara: la pérdida del compromiso social del periodismo, que reemplaza la calidad de la información por contenido cruel y degradante, es una muestra de ello.  

 Las palabras de Christine permiten inferir críticas que conducen a posibles reflexiones: los contenidos amarillistas que consume la sociedad desmesuradamente; la ética de los periodistas frente al tratamiento de la información; los problemas emocionales a los que se ve enfrentado el periodista bajo presión y la obsesión del medio por mantener un rating elevado. Entonces, ¿qué protagonismo cumplen las cadenas informativas en la sociedad y qué tipo de periodismo estamos consumiendo? Quizá sea brindarle al individuo lo que desea ver y no información veraz que le permita discernir la realidad. No podemos negar que la tendencia apunta hacia fines mercantiles y que son pocos a los que les interesa producir historias humanas.
 


 



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