Región / ENERO 03 DE 2021 / 3 meses antes

Don David, un andariego guiado por el café

Autor : Natalia Delgado Arango

Don David,  un andariego guiado por el café

Los dedos del niño David estaban tan entumidos que apenas si podía desabotonarse para orinar.   El hombre que lo acompañaba le había advertido que en el Alto de la Línea se andaba de prisa. — ¡No se quede…no se quede! — gritaba el compañero, mientras David lo veía alejarse con su mula entre la niebla. 

Eran más de las cinco de la mañana y faltaban doce horas de caminata. Mientras subía la montaña, el niño observó un calvario sobre una peña y le gritó a su compañero: 

—¡Señor! ¿y aquí a quién mataron? 

 A lo que el hombre respondió: —No, mijo. Ahí no mataron a nadie, era un viajero que no caminaba ligero y lo mató el frío. 

“Con ese cuento, el hombre me puso a correr todo el día detrás de él”, narró don David, hoy a sus 77 años de edad. 

La partida

Aquel viaje por la cordillera Central inició en Salento, Quindío, en el llamado Camino Nacional.  

Con 10 años de vida y una caja de cartón, David partió con la intención de trabajar en una finca en el Tolima, donde le darían vivienda, trabajo y buen trato.  

Meses atrás había llegado a Salento luego de abandonar la finca en donde vivía con su familia en Calarcá.  “Me volé de la casa por miedo a una ‘juetera’ que ya estaba anunciadita por una cosa que había dañado”, explicó. 

“¿Y cómo era la pela pues?” —Le pregunté—.  “¡Jummm, santo Dios! Eso era con lo que hubiera. Eso le acababan una tabla en la espalda o lo agarraban del mechoncito de pelo que tenía uno en la frente”, detalló.  

La huida de casa estaba lejos de ser una rabieta momentánea.  David regresaría seis años después. 

Su primer destino fue Salento. Allí trabajó en dos fincas ayudando en diversas labores como las de “enrejador” (quien arrea el ganado) y recolector de café.

—Mijo, y usted qué sabe hacer—, le preguntaban los patrones antes de contratarlo. 

 El niño con firmeza respondía: —Yo sé trabajar.

 A su corta edad confiaba en la experiencia adquirida en casa, donde aprendió las labores del campo. “Yo trabajaba ‘garitiando’, que es cargar alimentos al ‘tajo’ para los trabajadores. También, ayudaba a traer cafecito y a descerezar. Por eso me pagaban cien pesos, que era un platal espantoso. Así entraba la comidita a la casa”, contó don David.

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Trabajando en Salento, un hombre percibió el empeño que el niño le ponía a cada tarea asignada y le dijo: —Mijo, usted le sirve a mi hijo en la finca del Tolima.   

Sin pensarlo dos veces, el niño, su acompañante y la mula emprendieron un viaje de doce horas por las montañas del Quindío. “Llegamos a la finca a 5:30 de la tarde. Nos recibieron con leche recién ordeñada, una arepa y un pedazo de panela. Ese recibimiento lo recuerdo siempre”, expresó.

El regreso

La familia de aquella finca en el Tolima acogió a David como a otro hijo. Allí vivió y trabajó durante un tiempo.  Después, su espíritu aventurero lo llevaría a conocer otras tierras y a aprender de cultivos, animales, limpias y café.

A los dieciséis años de edad decidió regresar al Quindío. “Cuando volví, mi mamá ya tenía otro esposo porque al anterior lo mataron en Calarcá, en medio de la guerra bipartidista. Él era liberal”, indicó.

Estuvo sus primeros años de vida al lado de su abuela, a su madre la conoció cuando tenía cuatro años y de su padre solo conoce el nombre.  Sobre la crianza que tuvo, afirma: “Me fue muy bien en la vida, porque con respecto a ese régimen castrense uno aprende a trabajar y a respetar”. 

Un régimen similar al militar y quizá el que impulsó su deseo de ser soldado, pero que no pudo cumplir por no haber cursado básica primaria. “Escasamente firmaba, sino habría entrado al Ejército. Pero, pa´ coger café no me piden libreta”, subrayó.

Siendo un adolescente, trabajó como “patiero”, nombre con el que se conoce a quien se encarga del beneficio del café, es decir, de pelar, lavar y secar el grano. “Fui patiero allá en ese filo y sí que se trasnochaba uno con el café”, dice, señalando la vereda Guayaquil de Córdoba, que reconoce desde la finca que administra en Quebrada Negra, Calarcá.  

En la década de los setenta, el dinero que ganaba como patiero o recolector le alcanzaba para el mercado, para ayudarle a sus hermanos y para “echarse una que otra parrandita”.

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Regresó al Tolima en 1975, allí se casó. Luego, viajó de nuevo al Quindío, su verdadera casa. “Aquí he pasado la mayor parte de mi vida y aquí nacieron mis hijos. Esta tierra me ha dado muchas oportunidades, me considero más quindiano que tolimense”, confesó.

Hace cuatro años, una pérdida agitó como nunca la vida de don David. Su hijo mayor murió, asediado por el cáncer. “Papá no se ponga triste, yo estoy en paz con Dios y con mi familia. A mí me toco así, papá”, Fue lo último que le dijo.

El rostro de don David es, en apariencia, serio. Pero, su alegría contagia desde el primer saludo. Sus chistes son constantes, al igual que sus sonrisas. En esta ocasión, las remplazaron las lágrimas: “Uno entierra a la mamá, al papá, a un hermano, ¡uyyy! pero a los hijos eso solo lo sabe el que le toca”, expresó. 

Un David líder

Hoy don David Pineda es el representante legal de la asociación Cordilleranos del Quindío. En 2009 se organizó con un grupo de personas, apoyadas por la alcaldía de Calarcá, mediante un proyecto de Buenas Prácticas Agrícolas. Fue así como nació la asociación y una marca que hoy agrupa a 109 familias de la Cordillera, productoras de café de especialidad. 

No era fácil dejar de vender el café en pergamino para apostarle a la venta directa con un producto transformado. “Es un trabajo desgastante, pero insistí en el tema de tostar el café porque veía futuro en eso. Ahora es un logro para nosotros tostar cerca de 20 arrobas y, poco a poco, llegar a mercados internacionales gracias a nuestros aliados comerciales”. 

A don David siempre lo reciben con sonrisas cuando visita a los asociados en sus fincas. Florinda Molano, de la vereda las Palmas, en Calarcá, agradece la colaboración que le ha dado a ella y a su familia para sacar adelante la producción de café. 

Los retos de don David han sido varios desde que se estableció la asociación. Por un lado, ha debido transmitir su visión de campo sostenible, mediante la producción responsable, la dignidad del campesino y el valor agregado. 

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Por otro, tuvo que reevaluar sus conocimientos previos y aprender de café de especialidad y catación. “Vi en un canal regional que un café salía con sabor a mandarina. Yo decía “¡sí son ‘güevones’ de la cabeza!”. Yo eso no lo creía porque nosotros toda la vida vivimos al lado del café, pero teníamos los ojos vendados. Aún estamos aprendiendo de ese tema”, reveló.

Cuenta don David que en una capacitación con una catadora profesional le pasaron una galleta y él se la comió al instante. “Desde ahí me pusieron galletica”, confiesa a carcajadas porque el dulce era para reconocer sus olores y diferenciarlos de otros.

 

 

El campo olvidado

La tranquilidad de la montaña, los cantos de los pájaros, el aire fresco y la abundancia en la mesa son las razones por las que don David le encuentra gracia al campo. 

Mientras hacíamos un recorrido por los cafetales de doña Olma y don Hernando Beltrán en la vereda Santo Domingo (Calarcá), don David reflexionó: “Al estar aquí, uno olvida las deudas, los problemas. Esto es un relajo espiritual.”

En la finca que administra en la vereda Quebrada Negra, él está sembrando maíz, fríjol y plátano, además del café. Siempre ha creído que un buen manejo del sector rural es la solución para muchos problemas que aquejan a Colombia. Sin embargo, piensa que el Estado colombiano ha abandonado al campesino. “Dicen que el cambio es el campo, pero eso es en el papel. En la práctica está abandonado o sino miren las carreteras, empecemos por ahí. Es que los impuestos que se pagan de la finca no se ven reflejados”, manifestó.

Así mismo, considera que la producción del campesino no compensa los gastos que implica y “por eso la gente se desanima”. Por ejemplo, comenta que, en ocasiones, diez arrobas de café están por debajo de los ochocientos mil pesos, lo que considera “muy cruel” para un trabajo tan demandante, en el que la mayoría de casos los trabajadores no pueden acceder a la seguridad social. “Mientras el gobierno y las administraciones locales no le inyecten recursos al sector rural, es muy difícil que las cosas cambien”, advirtió. 

Señalando sus plantaciones, don David recuerda que en la niñez era poco lo que se compraba para el consumo, porque todo estaba en la finca. “Pero, ahora todo se trae del pueblo, hasta el fríjol y el maíz”, añadió.

Ese cambio cultural, según él, se debe a la Federación Nacional de Cafeteros.  “Por el año 71, en la fiebre del caturro, recuerdo que todo el mundo tenía su vaquita en el Quindío. Pero, llego la federación y dijo: ‘ahí te caben tantos árboles de café, eso le da tanta plata’. Así, acabaron hasta con el sombrío y se deterioraron los suelos. Y ahora, ellos mismos están enseñando dizque sobre seguridad alimentaria cuando ya se perdió esa costumbre. Llegó la televisión, las telenovelas, el internet y ahora son pocos los que se van a arrancar hierba. Estamos generando pobreza”, opinó.   

Sin embargo, don David cree que la esperanza está en los jóvenes, que guiados por el ejemplo de sus antecesores y un buen plan de incentivos que el gobierno proponga, verán el campo como una oportunidad rentable. “Si un joven se va a Europa a recoger frutos secos y demás, ¿por qué no recolecta café aquí?”, se pregunta. 

Ese optimismo que caracteriza a don David le ha hecho conservar la fuerza que ha cargado a lo largo de su vida. Aquella que lo hizo escapar de casa, atravesar a pie la Cordillera, soportar la pérdida de su hijo, continuar escalando árboles y emprendiendo travesías cafeteras entre las imponentes montañas del Quindío.

 


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